El ALCA y el asalto a la democracia latinoamericana
Atilio A. Boron
CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales
En este trabajo quisiéramos examinar un aspecto no demasiado tenido
en cuenta cuando se discute el ALCA: sus implicaciones para los laboriosos,
difíciles e incompletos procesos de construcción de un orden democrático en
América Latina. Como es sabido, el ALCA es, por una parte, la culminación
de un proyecto imperial, la "constitucionalización" de la dependencia y la
dominación colonial que de facto los Estados Unidos ejercen sobre gran
parte de América Latina. Por eso mismo se trata de algo que va más allá de
la economía o los asuntos meramente comerciales. Que los negociadores
norteamericanos y sus aliados en la región lo presenten de esa manera es
bien comprensible, porque de ese modo ocultan lo esencial, lo inconfesable:
el proyecto de dominación imperial. Sería imperdonable, pero, que los
críticos latinoamericanos no denuncien esa maniobra y que acoten sus
cuestionamientos a los asuntos más específicamente comerciales de la
propuesta, perdiendo de vista su significado más profundo. Lo peor que
podría ocurrirnos es caer en la trampa de una discusión "economicista" del
ALCA; o suponer que se podría "negociar mejor" una iniciativa que,
cualesquiera sean sus formas de manifestación, jamás dejará de ser la
tentativa de legalizar irreversiblemente el orden neocolonial que oprime a
nuestros pueblos y ante la cual es absurdo pensar que se puede llegar a un
"buen arreglo" o a un "compromiso razonable" entre los intereses de ambas
partes, la potencia imperialista y los pueblos sometidos.
Pero el ALCA no sólo es la cristalización del proyecto de dominación
de los Estados Unidos a comienzos del siglo veintiuno. También es el
instrumento diseñado para tal fin y, en cuanto tal, reviste un carácter
utilitario y coyuntural. Esto quiere decir que para el logro de los
objetivos globales del imperialismo en esta parte del mundo -inscriptos en
su "destino manifiesto" y consagrados desde hace casi dos siglos por la
Doctrina Monroe- el ALCA es un dispositivo más. Si funciona, la Casa Blanca
lo utilizará hasta sacarle el máximo provecho coagulando las asimetrías
estructurales que caracterizan las relaciones hemisféricas. Si, por el
contrario, comprueba que es inservible, lo desechará con la fulminante
rapidez conque los estadounidenses dejan de lado aquello que no les es útil
y rápidamente buscarán algo que lo reemplaze. Conviene tener en cuenta
esta observación porque, por lo que estamos viendo en la región, ante los
crecientes obstáculos y resistencias con que tropieza el ALCA Washington ha
optado por una estrategia flexible que tiene dos componentes: por un lado,
avanzar hasta donde se pueda con la propuesta original del ALCA y si esto
resultara inviable, avanzar en la concreción de un ALCA más acotado, el
llamado "ALCA light." Pero si estas negociaciones se estancan el
imperialismo avanza mediante la firma de una serie de tratados de libre
comercio binacionales (Chile, por ejemplo, que fue quien primero se ofreció
para cerrar un tratado de ese tipo ante las vacilaciones y resistencias de
los países de la región ante el ALCA); o tratando de firmar tratados
regionales (con Centroamérica y República Dominicana, o con los países
andinos: Colombia, Perú y Ecuador). Es preciso pues evitar caer en
actitudes triunfalistas que a partir de la comprobación de que el ALCA no
se inició en la fecha señalada, el 1° de Enero del 2005, lleguen a la
errónea conclusión de que el proyecto está archivado. Nada de eso: lo que
fracasó fue un instrumento, pero el proyecto sigue su curso, sólo que por
otras vías. El imperialismo jamás se llama a descanso.
Una ojeada a nuestra experiencia democrática
Hechas esas aclaraciones veamos entonces lo que el ALCA comporta para el
futuro de las democracias latinoamericanas. Una aproximación al tema, por
somera que sea, revela que a más de veinte años de reconstrucción
democrática el panorama de la región no podría ser más desolador, lo que
demuestra inapelablemente la irreconciliable contradicción existente entre
capitalismo y democracia. Contradicción que, si bien se suaviza un tanto en
tierras europeas, adquiere entre nosotros una virulencia muy especial. Y
esto es así puesto que la situación de subordinación estructural en que la
sociedad capitalista coloca a la abrumadora mayoría de la población -que
debe (mal)vender su fuerza de trabajo para (sobre)vivir- es incompatible
con el principio de igualdad sobre el cual se funda la doctrina
democrática. Por ello una genuina democracia sólo puede construirse sobre
el terreno de un modo de producción post-capitalista. Mientras haya
capitalismo estas serán las democracias que tendremos, las que producen
"líderes" como Reagan, Bush Jr., Berlusconi, Aznar, Blair y, entre
nosotros, Moscoso, Menem, Flores, Carlos Andrés Pérez, Salinas de Gortari y
algunos otros que, pese a su más cuidada apariencia y a los artificios de
los mercaderes de imágenes, en el fondo son casi lo mismo.
[i]
El precio de la resolución de esta contradicción entre capitalismo y
democracia ha sido la degradación de nuestras aspiraciones democráticas a
un mínimo absoluto: el montaje de un mecanismo formal, fuertemente
condicionado por los lobbies de las clases dominantes y el imperialismo, y
que apenas permite la elección de un funcionario que pese a su pomposo
nombre, "presidente de la república", asume su cargo privado casi por
completo de poderes, atribuciones y prerrogativas para cumplir con la
fórmula que según Abraham Lincoln definía a la democracia: gobierno del
pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Esta minusvalía tiene orígenes bien
precisos: la persuasión que carcome a la dirigencia política
latinoamericana de que sólo se podrá "gobernar bien" si se cosecha el
aplauso de los ricos y poderosos, la sonriente complacencia de los
"expertos" del FMI y el Banco Mundial, la lisonja de la prensa económica
internacional y la clamorosa ovación en Davos. El reverso de esta
deplorable medalla es la acendrada "demofobia" que caracteriza a ese
liderazgo, el pánico que les infunde la participación, movilización y
organización de los sectores populares. Se trata por eso mismo de
"democracias de bajísima intensidad", secuestradas por los grandes
intereses económicos, sometidas a los caprichos de Washington y que
conciben al buen gobierno como la "gobernanza", neologismo creado por los
epígonos del Banco Mundial para designar a las prácticas de los gobiernos
que actúan exclusivamente movidos por su aspiración de servir a los
mercados. Es obvio que, bajo estas condiciones, las perspectivas de tener
un gobierno decente son completamente ilusorias. Veamos entonces, en primer
lugar, la imagen pública, la percepción social de lo que ha logrado la
democracia en nuestra región, para luego internarnos en un análisis más
estructural.
Vox populi, vox Dei
Conviene meditar sobre este viejo aforismo de la república romana, que
tanta importancia le asignaba a la opinión de la plebe. Mediciones hechas
por Latinobarómetro (sobre una muestra de algo más de 19.000 personas en
dieciocho países de América Latina) aportan algunos datos interesantes que
permiten calibrar los alcances de la frustración de las expectativas
populares en relación a la democracia. En el año 1997 el 41 % de la
población de la región declaraba sentirse satisfecha con el funcionamiento
de la democracia, pero a partir de entonces dicha proporción comienza a
descender hasta llegar, en el 2001, a un 25 % de la población. A partir de
ese momento se insinúa una leve recuperación hasta llegar, en el 2004, a un
29 % de satisfechos. Esto representa, para el período 1997-2004, una
disminución de doce puntos percentuales en el índice de satisfacción con la
democracia. En este mismo período hubo sólo tres países en los cuales esta
tendencia no se verificó: Venezuela, Brasil y Chile que, en ese orden,
experimentaron un crecimiento en la proporción de satisfechos del 7, 5 y 3
porciento respectivamente. Por el contrario, quienes sufrieron una caída
más abrupta fueron el México foxista y Nicaragua, con una pérdida cercana a
los treinta puntos.
Vistas las cosas desde otra perspectiva, si en 1997 había sólo dos países
en donde más de la mitad de la población expresaba su satisfacción con el
funcionamiento de la democracia (Costa Rica, con 68 % y Uruguay, con 64 %),
en el 2004 ya no quedaba ninguno. El desencanto con las democracias "de
baja intensidad" hizo que la proporción de satisfechos costarricenses
descendiera al 48 %, veinte puntos menos que en 1997, al paso que en el
Uruguay de Jorge Batlle, de tan infausta memoria, la caída fue de
diecinueve puntos porcentuales, para quedar en un 45 % de la población. En
el México foxista (que tantas esperanzas había despertado en un confundido
sector de la intelectualidad de izquierda que creyó que con el advenimiento
del PAN se produciría el dichoso "cambio de régimen" que, finalmente,
abriría las puertas a la democracia política) sólo el 17 % de la población
compartía tan bellas expectativas, una vertical caída desde el 36 % que
existía cuando, en el 2000, Vicente Fox inauguraba su mandato. Chile, a su
vez, exhibe una desconcertante paradoja: el país considerado el modelo por
antonomasia de lo que debe ser la democracia registra una elevada
proporción de gentes ingratas y disconformes, que no encuentran en las
prédicas de los organismos financieros internacionales y la prensa
económica mundial razones suficientes para sentirse satisfechos con su
democracia: en 1997 sólo un 37 % lo estaba con las políticas de "la
izquierda racional y responsable" de la Concertación tan alabada por
aquellos. Luego de un brusco descenso al 23 %, registrado en al año 2001,
se produjo una recuperación que, para el 2004, había elevado la proporción
de los satisfechos al 40 %, de todos modos una cifra bastante inferior a la
mitad de la población. En el Brasil de Fernando H. Cardoso, un verdadero
campeón del discurso democrático, la proporción de los satisfechos fluctuó
entre el 20 y el 27 por ciento durante sus dos mandatos presidenciales, una
marca que no puede alimentar demasiado orgullo que digamos. Luego de dos
años de gobierno de Lula la cifra de los satisfechos se estabilizó muy
levemente por encima, en el 28 %. En 1998, cuando todavía no se despejaban
los vapores embriagantes que impedían visualizar los tenebrosos contornos
del "milagro económico" argentino -proclamado urbi et orbi or Michel
Camdessus en su fatídico discurso de despedida como Director Gerente del
Fondo Monetario Internacional- los satisfechos con el funcionamiento de la
democracia eran un 49 % de la población. Esa cifra luego descendería al 20
% en el 2001 y a un raquítico 8 % en el 2002, luego de las jornadas del 19
y 20 de Diciembre del 2001.
[ii]
Dados tales antecedentes no sorprende entonces comprobar que el apoyo al
régimen democrático, no ya la satisfacción con su funcionamiento, haya
también descendido en esos mismos años: si en 1997 quienes creían que la
democracia era preferible a cualquier otra forma de gobierno constituían el
62 % de la población latinoamericana hacia el 2004 este guarismo se había
reducido al 53 %. No obstante, el mismo informe de Latinobarómetro observa
que un 55 % de la muestra latinoamericana manifestó estar dispuesta a
aceptar un gobierno no democrático si es que éste demostraba ser capaz de
resolver los problemas económicos del país. En este marco de declinante
legitimidad democrática, producto de las políticas reaccionarias
implementadas por gobiernos supuestamente democráticos, debe destacarse que
sólo tres países registraron un aumento en el apoyo a la democracia. El
caso más destacado fue Venezuela, donde esta proporción pasó del 64 al 74 %
entre 1997 y el 2004. Este notable desempeño, que coloca a este país a la
cabeza de sus vecinos latinoamericanos, contrasta llamativamente con las
reiteradas denuncias de la administración norteamericana acerca de la
debilidad institucional de la democracia en Venezuela, la naturaleza
ilegítima del poder presidencial y otras descalificaciones por el estilo.
¿Qué habría que decir entonces de gobiernos como el de Alejandro Toledo, en
el Perú, en donde sólo el 7 % de la población se manifiesta satisfecho en
relación al funcionamiento de la democracia? ¿O el del ex-presidente Lucio
Gutiérrez, en donde sólo el 14 % de la población manifestaba estar
satisfecho con el funcionamiento de la democracia en Ecuador? Sin embargo,
sería vana cualquier tentativa de encontrar en declaraciones de la Sra.
Condoleeza Rice mención alguna acerca de la debilidad del impulso
democrático en dos países cuyos gobiernos dieron reiteradas muestras de
sumisión ante el amo imperial. El famoso doble standard inaugurado como
política de estado por Franklin Delano Roosevelt cuando dijera, de
Anastasio Somoza padre: "es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta"
perpetúa su vigencia a lo largo de los años y reaparece con más fuerza que
nunca durante el gobierno de George W. Bush Jr.
Recapitulando: la desilusión democrática que prevalece en nuestros pueblos
está lejos de ser un rasgo "autoritario" de poblaciones visceralmente
adictas a formas políticas despóticas y caciquiles, como lo asegura el
discurso de una antropología de fuerte impronta colonialista. En realidad,
se trata de la respuesta lógica y racional ante un régimen político que, al
menos en su concreción latinoamericana, dio muestras más que evidentes de
estar mucho más preocupado por el bienestar de los ricos y los poderosos
que por la suerte de los pobres y oprimidos. Los datos recogidos en la
misma encuesta a la que nos estamos refiriendo permiten corroborar esto más
allá de toda duda. Cuando se le preguntó a los entrevistados si estaban
satisfechos con el funcionamiento de la economía de mercado quienes
respondieron afirmativamente constituían apenas el 19 % de la muestra. Es
decir, menos de uno de cada cinco latinoamericanos manifiesta su
satisfacción ante la economía de mercado. Si se toman los datos a nivel
nacional se observa que en ningún país de la región esta cifra incluye a la
mayoría de la población, pese a lo cual los gobiernos se cuidan de someter
el asunto a discusión o de pretender indagar las razones de tanto
descontento. En el país donde se registra mayor número de satisfechos,
Chile, la proporción de los que así opinan apenas alcanza el 36 %, una
clara minoría frente a quienes manifiestan una opinión en contrario. En la
medida en que las democracias latinoamericanas tienen como objetivo supremo
garantizar la "gobernabilidad del sistema político", esto es, gobernar en
consonancia con los dictados del mercado, nadie puede sorprenderse que ante
las críticas que suscita el funcionamiento de estos últimos se produzca un
"efecto contagio" que termine deslegitimando también a nuestras
"democracias de bajísima intensidad."
Consenso de Washington y democracia
Si pasamos del análisis de la opinión pública al estudio de las cuestiones
más estructurales de las democracias latinoamericanas fácil es comprobar el
alarmante debilitamiento sufrido por éstas a causa del efecto corrosivo de
las políticas del Consenso de Washington. Lejos de haber consolidado
nuestras nacientes democracias, aquéllas operaron en un sentido exactamente
inverso, y las consecuencias se sienten todavía hoy. Es por eso que luego
de un período de más de dos décadas los logros de los capitalismos
democráticos latinoamericanos no lucen como demasiado excitantes ni
atractivos. La sociedad actual es más desigual e injusta que la que le
precediera. Si entre 1945 y 1980 los países latinoamericanos experimentaron
un módico progreso en dirección de una cierta mayor igualdad social, y si
en ese mismo período experiencias de distinto tipo, desde variantes del
populismo hasta algunas modalidades del desarrollismo, se las ingeniaron
para sentar las bases de una política que en algunos países fue fuertemente
"inclusionista" y tendiente a "ciudadanizar" a grandes sectores de nuestras
sociedades otrora privados de todo derecho, el período que se inicia a
partir de la crisis de la deuda y la reinauguración de la democracia tiene
un signo manifiestamente contrario, casi diríamos que resueltamente
reaccionario. Y esta es la gran paradoja: Latinoamérica entre por este
sendero de regresión social de la mano de la democracia. En esta nueva
fase, celebrada por los publicistas neoliberales como la definitiva
reconciliación de nuestros países con los inexorables imperativos del
mercado y la globalización, viejos derechos -como la salud, la educación,
la vivienda, la seguridad social- fueron abruptamente "mercantilizados" y
convertidos en inalcanzables mercancías, lanzando a grandes masas de
nuestras sociedades a la pobreza y la indigencia. Al mismo tiempo, las
precarias redes de solidaridad social fueron demolidas al compás de la
precarización laboral y la fragmentación social ocasionada por las
políticas económicas ortodoxas y, por otro lado, por el desenfrenado
individualismo promovido por los nuevos valores dominantes que proyectaban
los amos del mercado tanto como la dirigencia política que comandaba estos
procesos. Como si lo anterior fuera poco los actores colectivos y las
fuerzas sociales que en el pasado canalizaron las aspiraciones y las
demandas de las clases y capas populares -los sindicatos, los partidos
populistas y de izquierda, las asociaciones populares, etc.- fueron
debilitados o simplemente satanizados y barridos de la escena pública. De
este modo los ciudadanos de nuestras democracias se vieron atrapados por
una situación paradojal: mientras que en el "cielo" ideológico de las
nacientes democracias se exaltaba la soberanía popular y el amplio
repertorio de derechos consagrados por la nueva institucionalidad, en la
prosaica "tierra" del mercado y la sociedad civil los ciudadanos eran
despojados prolijamente de todos y cada uno de esos derechos por medio de
crueles y acelerados procesos de "desciudadanización" que los excluían de
los beneficios del progreso económico y la democracia y los condenaban a la
pobreza y la indigencia.
En nuestros países, en suma, la democracia se ha convertido en ese
"cascarón vacío" del que tantas veces ha hablado Nelson Mandela, en donde
medra una clase política cada vez más irresponsable y corrupta, indiferente
ante la suerte de la ciudadanía y dócil sirviente de los designios del
mercado. Que esto ya es así lo demuestran hasta el cansancio las cifras
presentadas más arriba, que hablan de la inconformidad pública ante el
funcionamiento de la democracia y la enorme desconfianza popular ante la
clase política, los partidos y los parlamentos, fenómenos éstos que se
registran en cada uno de los países de la región si bien en no todos los
casos con similar intensidad.
En términos más generales podría decirse que lo que ocurre es que, en el
nuevo contexto ideológico signado por el primado del neoliberalismo, la
participación ciudadana en la cosa pública fue sistemática y sutilmente
desalentada. La "norteamericanización" de la política latinoamericana es ya
claramente visible en las insulsas campañas electorales; el papel decisivo
ocupado ya no por las ideas y propuestas políticas sino por "la imagen" del
candidatos -y ahí aparecen los hechiceros de la imagen, que "venden"
candidatos presidenciales apelando a las mismas técnicas con que se vende
pasta dental-; la dilución ideológica de la competencia electoral; la
obsesión de los grandes partidos por ocupar el "centro" del espectro
ideológico, y el primado de la video-política, con sus insípidos discursos
y sus rebuscados estilos publicitarios, todo lo cual no puede sino promover
la indiferencia y la apatía políticas.
Estas últimas son típicas de la vida pública de Estados Unidos, y lejos de
ser rasgos circunstanciales, obedecen al diseño constitucional forjado por
los padres fundadores de la constitución norteamericana que no ahorraron
argumentos para desalentar, o impedir, la participación de la plebe en los
asuntos públicos. Así, Estados Unidos es el único país del mundo en el que
las elecciones -presidenciales, legislativas o de gobernadores- se realizan
en días laborales. No hay feriado que facilite la participación ciudadana
en el acto electoral. El supuesto es que la obligación de votar sólo
corresponde a quienes no están sujetos a una relación de dependencia
laboral. En otras palabras, no hay el menor interés en que el pueblo acuda
masivamente a las urnas. Más que un derecho se trata de una obligación de
la clase dirigente y sus grupos y sectores sociales aliados, que por
definición no están sujetos a los rígidos horarios de los asalariados. Son
ellos los que deben votar, no los otros. En el caso latinoamericano, el
desaliento a la participación política tiene que ver en primer lugar con la
satanización experimentada por el estado y, junto a él, por todo lo
perteneciente a la esfera pública. La propaganda neoliberal ha cosechado un
gran éxito al hacer que la esfera pública sea percibida como un ámbito en
donde prevalecen la corrupción, la venalidad, la irresponsabilidad y la
demagogia. Un lugar, en síntesis, en el que ninguna persona honesta debería
preocuparse por estar. Este proceso contrasta vivamente con la simétrica
exaltación de las virtudes del mercado y, posteriormente, de la "sociedad
civil", concebida ésta sin ninguna de las diferenciaciones clasistas,
sexistas y racistas que la marcan indeleblemente en los capitalismos
contemporáneos.
A lo anterior habría que agregar dos consideraciones adicionales: el hecho
de que las estrategias colectivistas de intervención política hayan caído
igualmente en desgracia en favor del acérrimo individualismo que prevalece
en los mercados y la banalización de la política y de las instancias
participativas de la ciudadanía -ejemplificados en la dictadura de los
mercados y en el hecho de que éstos, como lo recordaba George Soros en
vísperas de la última elección presidencial en Brasil, "votan todos los
días"- terminó por ahuyentar a los ciudadanos de los comicios y promover la
"privatización" de sus actividades. Si todos los partidos elaboran un mismo
discurso, si todos pretenden captar un supuesto "centro" político e
ideológico, si nadie quiere diferenciarse y exponerse a la condena de los
dueños del dinero, y si todos se empeñan en gobernar en función de los
dictados del mercado, ¿para qué molestarse en buscar información,
registrarse e ir a votar?
La mercantilización universal y la destrucción de las democracias
En suma: difícilmente podría sostenerse que un "paraíso neoliberal" de las
características que conocemos en nuestra región, y que sin duda se vería
extraordinariamente reforzado por el ALCA, sea demasiado propenso al
desarrollo de una sociedad integrada y sin exclusiones, o al sostenimiento
de la democracia política y la participación ciudadana en la vida pública.
Más bien parecería ser el escenario propicio para el resurgimiento de
nuevas formas de despotismo político. En consecuencia, las insustanciales
democracias de América Latina están sufriendo los embates no ya de las
"reformas orientadas al mercado", como eufemísticamente se las llama, sino
de una auténtica contrarreforma social dispuesta a llegar a cualquier
extremo con tal de preservar y reproducir las estructuras de la desigualdad
social y económica de nuestra región, con todos los privilegios que ellas
representan para los grupos dominantes. Esta contrarreforma tiene por
objetivo declarado hacer que los rigores del mercado actúen como incentivos
para motivar conductas supuestamente más racionales e innovadoras de los
agentes económicos. Esta es la línea fundamental de los razonamientos de
Friedrich von Hayek, y su intransigente prédica en contra del igualitarismo
y el colectivismo. En sus propias palabras: "la desigualdad, insoportable
para tantos, ha sido necesaria para lograr el nivel de rentas relativamente
alto de que hoy disfrutan en Occidente la mayoría de las personas."
[iii]
Por eso no cabe la menor duda de que, tal como lo ha observado Gosta Esping-
Andersen en repetidas ocasiones, un buen indicador de la mayor o menor
justicia social existente en un país está dado por el grado de
"desmercantilización" de la oferta de bienes y servicios básicos requeridos
para satisfacer las necesidades de los hombres y mujeres concretos que
constituyen una comunidad. La "desmercantilización" significa que una
persona puede sobrevivir sin depender de los caprichosos movimientos del
mercado. Ella "fortalece al trabajador y debilita la autoridad absoluta de
los empleadores. Esta es, exactamente, la razón por la cual los empleadores
siempre se opusieron a ella."
[iv] Allí donde la provisión de la
educación, la salud, la vivienda, la recreación y la seguridad social -para
citar las instancias más corrientes- se encuentre liberada de los sesgos
clasistas y excluyentes introducidos por el mercado, será posible
contemplar los contornos de una sociedad más justa y de una democracia más
robusta. La otra cara de la mercantilización, que es la esencia de la
propuesta del ALCA, es la exclusión, porque ella significa que sólo quienes
tienen dinero suficiente podrán adquirir bienes y servicios que en otras
sociedades son inherentes a la condición ciudadana. Por el contrario, allí
donde aquellos dependan del desigual acceso de sus habitantes en función de
sus recursos económicos -es decir, ya no más concebidos como derechos
ciudadanos de universal adjudicación- tropezaremos con la injusticia y todo
el repertorio de sus aberrantes manifestaciones: indigencia y pobreza,
desintegración social y anomia, ignorancia, enfermedad, las múltiples
formas de la opresión y sus deplorables secuelas. Los países escandinavos y
América Latina muestran los contrastantes alcances de esta dicotomía: por
una parte, una ciudadanía política efectiva que se asienta sobre la
universalidad del acceso a bienes y servicios básicos concebidos como una
suerte de innegociable "salario del ciudadano" ya incorporado al "contrato
social" de los países nórdicos y, de manera un tanto más diluida, al de las
formaciones sociales europeas en general. El "salario del ciudadano"
significa, en buenas cuentas, un certificado en contra de la exclusión
social porque garantiza por la vía política e institucional el disfrute de
ciertos bienes y servicios que, ante la ausencia de tal instituto, deben
adquirir en el mercado aquellos sectores cuyos ingresos los facultan a
ello. Por el contrario, las "nuevas democracias latinoamericanas", con su
mezcla de inconsecuentes procesos de ciudadanización política cabalgando
sobre una creciente "desciudadanización económica y social", culminan en
una ciudadanía formal y fetichizada, vaciada de contenido sustantivo y
segura fuente de futuros despotismos. De ahí que al cabo de tantos años de
transiciones democráticas tengamos democracias sin ciudadanos, o
democracias de libre mercado, cuyo objetivo supremo es garantizar la
ganancia de las clases dominantes y no el bienestar de la ciudadanía.
El tiro de gracia: los "Tribunales especiales" y la liquidación de la
soberanía nacional
Si algo demuestra el análisis volcado en las páginas anteriores es la
verdadera defraudación a la que ha sido sometida la voluntad popular y las
expectativas que nuestras poblaciones tenían en el advenimiento
democrático. Una democracia sin ciudadanos, ni soberanía popular, ni
autodeterminación nacional. Una democracia que no redistribuye la riqueza
ni atiende a las necesidades de los más pobres, de los oprimidos, de los
explotados, de los excluidos. Un régimen político que, por lo tanto, no
merece ser llamado democrático. Porque, según lo escribía Jean-Jacques
Rousseau hace más de doscientos años, la democracia es aquel régimen "en el
que nadie está tan desprotegido como para tener que venderse, y nadie tiene
tanto dinero como para poder comprarlo." En realidad, lo que tenemos en
América Latina, con las contadas excepciones de Cuba y Venezuela, son
plutocracias, gobierno de los ricos en provecho propio. Esa es la raíz
profunda de la apatía y desafección política que impregnan nuestra vida
política.
Con el ALCA, las enclenques democracias de la región verán aún más
disminuidas su capacidad de actuar en defensa del bienestar público y los
intereses generales de la nación, para no hablar de la promoción de las
clases y grupos sociales oprimidos por la dictadura de los mercados. Un
ejemplo de los alcances de esta capitulación de las democracias ante el
ALCA, o los TLCs, está dado por la exigencia de que cualquier disputa entre
los países que firmen el acuerdo o entre alguno de éstos y las firmas
transnacionales deberá ser resuelto apelando a un tribunal especial de
mediación. Con esto se corona el proceso de vaciamiento del estado
democrático y se le inflige la estocada final a los restos de la soberanía
nacional, ya bastante maltrechos luego de veinte años de políticas
neoliberales, puesto que ni siquiera se va a poder administrar justicia en
el terreno económico.
En preparación del ALCA, en los años noventa los Estados Unidos promovieron
la firma de una serie de tratados, "Tratados Bilaterales de Promoción y
Protección de las Inversiones Extranjeras." Estos tratados cristalizaban un
acuerdo entre estados, normalmente un estado rico y otro pobre, débil y
dependiente, por el cual "los inversores de cualquiera de los países
signatarios pueden recurrir a tribunales internacionales para la resolución
de diferendos o controversias con el estado receptor de sus capitales."
Esto fue recibido por algunos espíritus inocentes como un dato positivo,
habida cuenta de la tradicional reticencia de Washington a someterse a
tribunal alguno situado fuera del territorio de los Estados Unidos, por
ejemplo, la Corte Penal Internacional. Sin embargo, a poco andar se develó
la naturaleza de estos tribunales y se pudo comprender las razones por las
que los negociadores norteamericanos insistían tanto en su aprobación.
Observando de cerca la propuesta se comprueba que mediante la misma el
inversor extranjero adquiere, por el solo hecho de ser originario de una de
las partes firmantes del tratado, un status jurídico equivalente al del
país receptor, pudiendo por eso mismo demandarlo ante tribunales arbitrales
internacionales. Por consiguiente, la cesión de competencia y jurisdicción
nacional del estado receptor de la inversión extranjera, un estado
supuestamente democrático, convierte al agente privado, al inversor
extranjero en un nuevo sujeto del derecho público internacional, consumando
de este modo una verdadera contrarrevolución en el derecho moderno al
igualar un estado con un actor privado y, para más señas, extranjero.
Las cláusulas fundamentales incorporadas en los diversos tratados firmados
por los países latinoamericanos son, sucintamente, las siguientes:
"asegurar un trato justo y equitativo" a las inversiones extranjeras, es
decir, un tratamiento igual al otorgado a las empresas de capital nacional.
Lo contrario sería introducir un criterio no-mercantil y político de
carácter discriminatorio completamente inaceptable ante las reglas del
juego de la mundialización neoliberal.
Asegurar "un trato idéntico" al acordado a la nación más favorecida. Esto
implica que el estado anfitrión deberá abstenerse de promover, con
estímulos especiales, inversiones de un tercer país so pena de tener que
extender esos alicientes a todos los demás inversionistas.
"Estabilización normativa", esto es, garantizar el derecho a rechazar la
aplicación de una nueva ley, norma o reglamento que pueda ser considerado
atentatorio contra los intereses de un inversor extranjero. En tal caso, la
firma afectada podrá exigir la aplicación de la norma vigente a la firma
del tratado o del contrato firmado en su momento con el estado receptor.
Por lo tanto, el gobierno democrático debe comprometerse a no revisar la
legislación existente, no importa cuales pudieran ser las motivaciones para
ello.
Garantizar la libre disponibilidad y remesa de divisas.
Asegurar que el gobierno del país anfitrión abonará compensaciones
específicas por decisiones que afecten a las inversiones extranjeras
(expropiaciones, nacionalizaciones, etc.) o por desórdenes sociales y
políticos que perjudiquen el normal desempeño de sus negocios.
Garantizar la inaplicabilidad de restricciones al funcionamiento de las
firmas extranjeras asociadas a políticas de fijación de cuotas de
exportación, adquisición de insumos locales (previstos o no por una ley),
"compre nacional" para el sector público, etc.
En todos estos casos las empresas internacionales podrán recurrir a
tribunales arbitrales internacionales en absoluta igualdad de condiciones
con el estado receptor. De lo anterior se desprende que se consagra una
desigualdad radical entre inversionistas nacionales y extranjeros, dado que
éstos gozan de dos privilegios decisivos que les otorgan una ventaja
considerable en su competencia con los empresarios locales: primero, pueden
abstenerse "legalmente" de cumplir con la legislación nacional vigente.
Segundo, pueden dirimir su controversias con el estado anfitrión en el
exterior, liberándose de las restricciones jurisdiccionales o legales que
rigen para sus competidores locales. En consecuencia, la pérdida de
soberanía económica deja de ser una cuestión de hecho y adquiere rango
constitucional.
Ahora bien, ¿cuáles son las características de los Tribunales Arbitrales
Internacionales? Se trata por lo general tribunales de "expertos",
reclutados entre consultores económicos internacionales, asesores de
grandes empresas y académicos vinculados al mundo de los negocios cuya
visión sobre la vida económica no es de sobras conocida. Pero sin duda el
más importante de esos tribunales, de lejos, es el CIADI, Centro
Internacional sobre Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones). El
CIADI fue creado en 1965 en el ámbito del Banco Mundial con el propósito de
"despolitizar" las diferencias entre inversionistas y estados a través de
la conciliación o, si ésta fracasara, del arbitraje del propio organismo.
Lo interesante del caso es que los laudos arbitrales del CIADI son
obligatorios para todas las partes involucradas, tienen una fuerza
ejecutoria inmediata y son inapelables. Tales sentencias no pueden ser
revisadas por ningún tribunal local o nacional, de cualquier estado. Los
miembros del tribunal suele reclutarse entre altos funcionarios y asesores
del Banco Mundial, casualmente los mismos que, en la mayoría de los casos,
asesoraron a los gobiernos en la implementación de sus políticas
neoliberales. Se trata, en suma, de una absoluta subrogación de la
jurisdicción nacional y de la legislación surgida de un estado democrático
a manos de un organismo dependiente del Banco Mundial.
En la actualidad el CIADI tiene entre sus manos 86 casos pendientes de
resolución, 35 de los cuales son reclamos de empresas extranjeras que se
apoderaron de los servicios públicos de la Argentina y que plantearon
demandas por la pesificación que tuviera lugar con el derrumbe de la
convertibilidad en diciembre del 2001. El monto de los reclamos actualmente
radicados en el CIADI asciende a 17.000 millones de dólares, pero se estima
que las demandas empresariales podrían crecer hasta alcanzar una cifra
cercana a los 80.000 millones de dólares.
[v] Ese organismo espera que ante
la creciente movilización popular en contra de las empresas privatizadas en
toda América Latina (recordemos la guerra del agua en Cochabamba, las
protestas contra las compañías de electricidad en Arequipa y tantas
acciones similares escenificadas en los más diversos países de América
Latina) el número de litigios pueda crecer vertiginosamente. Por otra
parte, la actitud de algunos gobiernos de desconocer la jurisdicción del
CIADI augura nuevos y más enconados enfrentamientos.
La pregunta, inevitable, del final es: ¿qué clase de democracia puede
convivir con un orden económico como el que se pretende instaurar con el
ALCA, en cualquiera de sus variantes? Respuesta: un simulacro de
democracia, un régimen fraudulento basado en el engaño la manipulación.
Esta es, por lo tanto, una razón más por la cual el ALCA, en todas sus
posibles metamorfosis, debe ser rechazado.
[i] Hemos examinado este asunto en detalle en otra parte. Por ello
remitimos al lector a Estado, Capitalismo y Democracia en América Latina
(Buenos Aires: CLACSO, 2003, Cuarta Edición) y Tras el búho de Minerva.
Mercado contra democracia en el capitalismo de fin de siglo (Buenos Aires:
Fondo de Cultura Económica, 2000)
[ii] Todas estas cifras han sido tomadas de los estudios que regularmente
Latinobarómetro realiza en los países de la región. Cf.
www.latinobarometro.org
[iii] Cf. The road to serfdom (Chicago: Chicago University Press, 1944)
[iv] Esping-Andersen, Gosta The Three Worlds of Welfare Capitalism
(Princeton: Princeton University Press, 1990)
[v] "El gobierno vuelve a criticar al CIADI", en Clarín (Buenos Aires), 6
de Marzo de 2005, p. 19