REBELIONES Y  PUEBLADAS

 

                                                                                                               diciembre de 2001 y enero de 2002

           viejOS y NUEVOS DESPOSEIDOS EN aRGENTINA

           Julio Gambina, Beatriz Rajland, Daniel Campione, Pablo Imen, Gonzalo Rodríguez

           Ariel Wilkis y Oscar  Sotolano

  Indice  

Julio Gambina

Pueblada, fines de 2001

3

 

Antecedentes cercanos de la pueblada

5

 

La alternativa como asignatura pendiente

7

Beatriz Rajland

Algo ocurre en Argentina

7

 

Un poco de historia

8

 

¿Dónde estamos? ¿Qué nos está pasando?

8

 

Un poco sobre la política y los políticos. ¿A quien conviene el apoliticismo?

9

 

Prácticas democráticas populares

10

 

Unas palabras sobre la política de los políticos del sistema

10

 

Volviendo a las asambleas

11

Daniel Campione

Notas de fin de época. Los caminos abiertos de la crisis

12

 

De triunfos y usurpaciones

12

 

La protesta social ya no perdona

13

 

Sudor frío sobre las espaldas del poder

14

 

La fragilidad que amenaza (El “abajo que se mueve” y la impotencia del poder)

15

 

A modo de (muy provisorias) conclusiones

17

Pablo Imen

Notas de urgencia para la reflexión y la acción: algunas cuestiones relevantes alrededor de la Batalla de Plaza Mayo

 

19

 

Continuidades y rupturas: ecos del pasado, urgencias del presente, llamados del futuro

 

19

 

Notas para pensar

20

Gonzalo Rodríguez

Crisis, estallido social y tres momentos de ruptura con la democracia representativa en la argentina. ¿Hacia una nueva democracia?

 

22

 

1. Introducción

22

 

2. Los tres momentos de ruptura con la democracia representativa

23

 

2.1 El primer momento de ruptura

23

 

2.2 El segundo momento de ruptura

24

 

2.3 El tercer momento de ruptura

25

 

3. Hipótesis y desafíos teórico políticos

26

Ariel Wilkis

Apuntes desde (y sobre) la Argentina

27

Oscar Sotolano

Tres notas acerca del presente, o sea, acerca del futuro

29

 

 

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REBELIONES Y PUEBLADAS

                                                                                                                                                      DICIEMBRE DE 2001 Y ENERO DE 2002

viejos y NUEVOS DESPOSEIDOS EN aRGENTINA

Por: Julio C. Gambina*

Es histórico. Una pueblada volteó al gobierno constitucional. Antes era una tarea de los militares, o producto de un golpe económico del gran capital. Claro, siempre era una combinación de esos factores: militares y poder económico, o mejor, de los primeros al servicio de los segundos. Ahora no, el pueblo movilizado los desalojó del gobierno. Es cierto que la pueblada tiene un serio límite por la ausencia de alternativa política, pero ello no le quita mérito. Los gobiernos constituidos a posteriori lo hicieron legalmente, pero con menor legitimidad. El régimen político está jaqueado por el pueblo.

“¿Qué va a pasar ahora?”, me pregunta una amiga progre. “¿Qué?, le dejamos el gobierno al populismo de Rodríguez Saá y al peronismo?” Otra vez varios indeseables en el gobierno: Franco, Grosso, Reviglio, Vernet y muchos más. La respuesta vino más rápido de lo esperado y un nuevo caceroleo produjo el retiro del prontuariado Carlos Grosso. Antes, la crisis se había llevado a David Expósito, que apenas estuvo horas al frente del Banco de la Nación. Había hablado de más y pareciera que en el clima político de fines de diciembre ya no hay lugar para la impunidad de la palabra y los actos. A las pocas horas todos los funcionarios del gobierno surgido hacía escasamente una semana ponían su renuncia a disposición de un presidente que ya no reía como al principio.

La voz del pueblo habló por boca de las cacerolas y se llevó el gobierno de De la Rúa. Ahora, a menos de una semana de haber asumido, arrastraba el gabinete del nuevo gobierno y amenaza al conjunto del régimen político. Es que se cuestiona a la Corte Suprema de Justicia, al Parlamento y la inconstitucional resolución de la Asamblea Legislativa de pretender resolver la crisis con el alejamiento anticipado del gobierno de la Alianza. Los protagonistas supérstites del régimen político parecen desconocer que el pueblo argentino ha empezado a perder el miedo y ahora desafía el Estado de Sitio y la legitimidad de un poder político precario de los gobernantes. La elección de Eduardo Duhalde no cambia las cosas. Otra vez el acuerdo del bipartidismo, entre el PJ y la UCR, le dio continuidad a un régimen cuestionado.

¿Qué quién dirige la protesta? Nadie claramente, y cada quién donde puede y en la medida que se protagonizan los acontecimientos, y según haya sido la conducta previa y durante las movilizaciones populares de ahora y de cara al qué hacer en el hoy y mañana. No se puede entender la protesta actual sin la diversidad convergente de modalidades de resistencia.

Lo más visible es el caceroleo, que se atribuye a capas medias urbanas y a una masa de actitud previa silenciosa, cuyo antecedente inmediato anterior fue el llamado voto bronca en las elecciones de octubre, principalmente en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Pero también hubo saqueos durante la gesta popular del 19 y 20 de diciembre e incluso antes pero no una semana después. Hay quiénes sostienen que éstos fueron inducidos por punteros del PJ de la provincia de Buenos Aires y desde ese razonamiento objetan un movimiento de miles de personas que actuaron para satisfacer necesidades y afectaron el corazón del régimen capitalista: la propiedad privada. Es cierto que algunos afectados fueron pequeños propietarios y que los grandes tuvieron especial custodia de la policía, pero buena parte de las acciones fueron realizadas por organizaciones que remiten al territorio y les sirve para afianzar iniciativas colectivas que potencian la identidad organizativa de tipo territorial.

El cuadro se completa con movilizaciones y convocatorias orgánicas de partidos de izquierda, para acompañar y/o protagonizar los sucesos, y también de organizaciones sindicales, sociales, de derechos humanos, etc. Más aún, de una masa juvenil muy aguerrida, acostumbrada a confrontar cotidianamente contra la prepotencia policial en los barrios, canchas o lugares de concentración popular, y que ahora lo hace en la escena pública donde transcurre la política, en las principales calles y plazas.

Son tres formas las asumidas por la pueblada: cacerolazo, saqueos y movilizaciones. Remito a un conjunto diverso de iniciativas e individuos y organizaciones que constituyen de hecho un sujeto social activo que enfrenta al gobierno y al poder, aún por razones muy distintas. Alguien puede salir contra el corralito bancario, por que con o sin razón, visualiza esas disposiciones restrictivas al funcionamiento de la banca como una necesidad de los banqueros y de ningún modo como un fenómeno de modernización derivado de la bancarización.

Mucho podrán explicar sobre los beneficios de operar con múltiples instrumentos bancarios, pero culturalmente el veredicto del pueblo está sancionando la disposición de los banqueros con el anterior y el presente gobierno. Los jubilados no quieren colas en la calle en un verano caliente y tampoco la aceptarían si el tiempo fuera el tórrido invierno. Son reivindicaciones de sectores que operan en los bancos, quizá la minoría, pero siente que la afecta el límite a la extracción de fondos, la cola para hacer trámites y la mala atención, con independencia de la buena disposición que pudieran tener los trabajadores bancarios. La ausencia o demora en el clearing y la contribución al deterioro de la normal cadena de pagos de un amplio sector informal de la economía que interactúa con sectores formalizados o incluso de algunos que operan en las dos franjas, ora formal, ora informalmente. Es en su conjunto caldo de cultivo para la bronca. Es cierto que algunos abonan el apoliticismo y desde su protesta reclaman contra todos los partidos, incluso la izquierda y así, pedían que no hubiera banderas identificatorias en los días de la pueblada.

Otros salen porque hace rato que salen. Son parte del activo social que viene protagonizando la resistencia. Vienen de cortes de calles y de rutas, o de acompañar a la Madres de la Plaza de Mayo los jueves, o en las convocatorias diversas de las organizaciones de derechos humanos. Son los participantes de la Consulta Popular por el Seguro de Empleo y Formación, de las caravanas para su difusión y de las múltiples marchas que se han sucedido en los tiempos previos, del silencio, por la resistencia o por el trabajo, contra la represión policial o por causas diversas. Son piqueteros o huelguistas, con las cosas claras o no. Militantes de la resistencia en definitiva. Son los que abonaron un clima social durante años y

que muchas veces, esas iniciativas populares de movilización y protesta fueron sindicadas de inútiles. Algunas voces, principalmente de los medios, se preguntaban sobre el sentido de paros, piquetes y marchas, si al final todo sigue igual.

La realidad demuestra que no todo sigue igual, que la fogata alimentada por años se ha transformado en un fogón y que puede constituirse en hoguera y arrastrar la miseria acumulada por años del régimen político. En todo caso, es una apuesta a la constitución de un sujeto popular que pueda conducir el proceso social argentino por caminos alternativos, que en mi pensamiento y objetivos resumo en el socialismo, aunque esa sea una categoría a rellenar por el propio movimiento popular en la construcción de la nueva sociedad. Pero pensarlo es ya una forma de trabajar para su materialización, o en todo caso, ese es el sentido de la participación de los individuos y organizaciones que luchan por el socialismo.

Hay quién salió por primera vez y solo se animó a batir palmas, o hacer sonar una cacerola y otro, en general joven, que se le animó en las barbas de la brutal policía represora. Uno y otro hizo su experiencia. Ambos produjeron adrenalina en la superación del miedo y del prejuicio. No te metas era la consigna previa. Ahora trocada en una convocatoria aluvional al protagonismo. No es lo mismo una que otra, pero el resultado es la satisfacción. “Estoy contento porque nunca había participado y de pronto me vi junto a vecinos a los que nunca había prestado atención y todos cortando la calle y golpeando cacerolas, botellas, o prendiendo gomas en pleno barrio de Belgrano”, me relataba un amigo. “Mi hijo con 16 años estaba en primera fila del enfrentamiento a los policías. Así lo vi en la tele y me dio mucho miedo y luego orgullo, ya que recordé mis acciones juveniles de otros tiempos”, así reflexionaba una madre militante de ATTAC, reflejando las contradicciones de sentimientos en esos difíciles momentos. “Ves estas zapatillas de marca -me indicó un joven de pelo muy largo- me las dio un pibe que había saqueado y mientras corría repartía el producido entre todos aquellos que se le cruzaban”.

Son relatos de protagonistas de una pueblada, con éxitos para quienes la vivimos desde lugares y experiencias distintas. Desde la novedad a la reiteración de participaciones, pero sabiendo que estas puebladas no son una más. La masacre demuestra que no es una más. 32 muertos entre el 19 y 20 de diciembre, más la masacre de Floresta del custodio ex policía y los gases y palos recibidos, son clara demostración de que algo nuevo está ocurriendo. El pueblo se está constituyendo como sujeto que decide en la escena política. La protesta en la calle define las renuncias de funcionarios públicos y de equipos enteros. El pueblo no sabrá que cosas son las que hay que hacer, pero sabe que es lo que no quiere que le hagan. En el medio y desde la práctica se construye el “qué hacer”.

Antecedentes cercanos de la pueblada

Los fenómenos son complejos y por lo tanto no se puede ser simplista en el análisis de las causas de la pueblada. El abono objetivo deviene de las consecuencias sociales de la política hegemónica aplicada desde 1975 y cimentada con el terrorismo de estado de la dictadura genocida en 1976. Pero lo destacable es el abono subjetivo de las luchas sucedidas desde entonces hasta nuestros días. Cada una de esas luchas agregó lo propio. Los protagonistas del levantamiento popular de fines de diciembre del 2001 son los millones de movilizados en un ciclo político de contraofensiva del capital contra el poder de los de abajo expresado en la resistencia creciente entre 1969 y 1975.

La ofensiva del capital se llevó a 30.000 personas y dejó instalado el miedo, la manipulación ideológica de la sociedad y la modelación del consenso a las políticas de las clases dominantes en el poder. Ese fue el contenido de la democracia vigente estos 18 años y es por ello que fue perdiendo legitimidad en buena parte de la sociedad. La resistencia fue defensiva, contra la dictadura primero, contra el ajuste y las privatizaciones después. La “contra” define una etapa, la defensa, incluso de lo indefendible, como las propias empresas del Estado, que como expresión de un Estado clasista, estaban al servicio de la acumulación de capitales, ganancias y poder de las empresas más concentradas, de adentro o de afuera del país.

La hipótesis que quiero sostener es que ahora se construye una resistencia de ofensiva, que aunque sigue siendo en contra del gobierno anterior (Alianza) o de éste (PJ), ya empieza a definir un camino de construcción, aunque sea marcando al gobierno lo que no puede hacer, o a quién no debe designar. No sólo obstaculiza el accionar del gobierno, sino que le establece ciertas condicionalidades. No olvidemos que en los últimos años, los que establecían condicionalidades eran el FMI y los organismos internacionales, los inversores externos, las consultoras internacionales y el gran capital, que actuaban como el poder de veto a cualquier disposición.

El ciclo de la resistencia del último cuarto de siglo debe ser analizado, pero para precisar en los acontecimientos más visibles del último tiempo quiero remitirme al ciclo de luchas iniciado en 1997 con los piquetes de Cutral Có, como el acontecimiento más visible. El piquete ha sido quizá, la forma más combativa en que se expresó la resistencia desde entonces hasta el presente. Los dos congresos nacionales de piqueteros del 2001 muestran un intento por sintetizar esa práctica social de lucha. Una práctica que no puede ser apropiada por ninguna corriente en particular. Que debe reconocerse la presencia de distintas identidades políticas y tradiciones de lucha entre los que disputan la hegemonía del movimiento de piqueteros, donde conviven las identidades de la izquierda partidaria, la Federación de Tierra y Vivienda de la CTA, como diversas organizaciones sociales integradas por ex militantes de los partidos de izquierda o incluso de organizaciones sociales que les dieron cobertura en el algún momento y que por diversas circunstancias, incluso la decepción, las abandonaron oportunamente.

Incluso, el balance político de los congresos piqueteros y de la práctica de los cortes es diferente según se integre alguna de las fracciones hegemónicas o minoritarias. Es prematuro aún hacer un balance, pero desde adentro del movimiento hay distintas lecturas y muchas más desde afuera. Lo real es la existencia de una práctica que fue ganando consenso social, al punto que en barrios de clases medias urbanas de la Capital Federal, junto al caceroleo se desarrollaron cortes de calles, con quema de gomas, maderas, cartones, en un intento de reproducir la escenografía del piquete. Quienes hegemonizan el movimiento han buscado formas de negociación con los poderes de turno que significaron flexibilizar los cortes, permitiendo la circulación parcial del transporte y limitando los efectos de la medida de protesta. Apuntan a disputar el consenso de la opinión pública mientras logran sus objetivos en la administración de los subsidios por el gobierno cedidos. Quienes quieren ir más allá no han logrado masa crítica de piqueteros para hacer realidad su radicalidad discursiva o propositiva, aunque también terminaron, por lo menos algunos agrupamientos, administrando planes de empleo. Más allá de la utilidad manifiesta que un Plan Trabajar tiene para el receptor individual, debe consignarse la perversa relación que se establece entre el Estado actual y las organizaciones de la Resistencia, que hace sospechosas algunas conductas a la hora de la toma de decisiones por una u otra modalidad de confrontación con el poder.

Los paros generales han sido otra forma de contribución a la acumulación de fuerzas de la resistencia popular y dicho más allá de la hegemonía y el proyecto político de los convocantes. Quizá fue muy claro el tema el 6 de abril de 2001, cuando el grupo de Moyano levantó el paro decretado para ese día, dándole una tregua al reciente designado Ministro de Economía, Domingo Cavallo. Los rebeldes de la CGT señalaron que había expectativas populares en el discurso heterodoxo que había hecho manifiesto Cavallo al asumir. Del mismo modo puede mostrarse la asociación de Daer y Moyano, eufóricos con el nuevo Presidente designado por la Asamblea Legislativa luego de la renuncia de De la Rúa. También pueden destacarse los silbidos a Moyano en los congresos piqueteros. Pero esas defecciones de los dirigentes  no le quitan mérito a la lucha de los trabajadores  en tanto oposición al ajuste del gobierno de la Alianza y aún, en la última etapa del menemismo. Ese accionar, con muchas más sombras que luces, ha sido parte de los múltiples torrentes que nutren la resistencia.

En torno de la CTA y de la articulación con otras organizaciones sociales se gestó una de las experiencias que tributan a la múltiple resistencia. Son parte de la constitución del bloque popular de la resistencia. Se registran en el periodo que analizamos los dos Congresos que definen a la CTA, tanto las secuelas del Congreso fundacional, como Central de Trabajadores en la confrontación contra el menemismo, como el segundo congreso en Mar del Plata en 1998, que le da una base programática que lo inscribe en las mejores tradiciones del movimiento sindical combativo de los 60/70. Pero incluye el límite de la dispersión de proyectos políticos que se expresan en la cúpula y que influyeron negativamente durante el cónclave marplatense y el proceso político emergente durante la sucesión presidencial de 1999 y con incidencia, aún hoy, en la definición por construir una alternativa política.

Es que el hecho de coexistir en 1998 una mayoría de dirigentes de la CTA que veían con simpatía el fenómeno político de la Alianza entre la UCR y el Frepaso y una minoría vinculada con la izquierda, esterilizó la potencialidad de ir más allá, demandada por una masa estimada en 8.000 congresales y participantes en el 2° Congreso de la CTA, que se identificaban claramente con un sentimiento contra el modelo, e incluso el sistema. La existencia de Diputados con origen sindical en los gremios adheridos a la CTA y el hecho de que acompañaran proyectos antipopulares debilitó la capacidad del accionar en la construcción de la resistencia que impulsa la CTA.

Los encuentros por un Nuevo Pensamiento (1997, 98, 99, 2000 y 2001), pensados por la izquierda allí contenida como renovación del pensamiento crítico, expresan también los límites de ese valioso intento por sintetizar la práctica militante de un espacio social con la reflexión intelectual. Es que no toda la riqueza de la resistencia y del pensamiento pudo contenerse en esos masivos encuentros, de donde surgió la propuesta de la Consulta popular a una iniciativa de la CTA por resolver el problema del empleo en forma alternativa. El mérito puede anotarse en la decisión de construir una Central de los trabajadores ante la deserción de la CGT y en la capacidad de articular con otros afluentes del movimiento popular, tal como el cooperativismo, el movimiento agrario y de pequeños y medianos empresarios. El punto más alto de esa movilización se logra en este periodo en las sucesivas iniciativas que se transitan desde la Marcha Grande por el Trabajo en Junio y Julio del 2000, las caravanas de Septiembre de 2001 (ocultadas por la prensa en la cobertura de los atentados en EEUU) y la votación culminada dos días antes de la pueblada que le costó el gobierno a la Alianza. Fueron 3 millones de voluntades a favor de un seguro de empleo y formación, una asignación universal para menores de 18 años y otra para la vejez sin cobertura previsional. Voluntades obtenidas en una movilización nacional protagonizada por 60.000 militantes.

Pero también las elecciones han sido tributarias de la resistencia y en ese sentido es importante la contribución de la Izquierda partidaria. Debe recordarse que el 25% de los electores de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en octubre de 2001, optaron por alguna de las opciones ofrecidas por la izquierda y ello derivó en la existencia de tres diputados en la Cámara de Diputados de la Nación. Es un hecho novedoso en este ciclo constitucional. Hay que adicionar que buena parte del voto bronca, anulados, impugnados, en blanco y abstenciones llevan el signo de la izquierda y por lo tanto más de un tercio de la población porteña había manifestado su confrontación desde el escenario electoral, al modelo y al sistema. Desde el 2000 existen cinco diputados en la legislatura de la ciudad que produjo el cacerolazo más visibilizado en todo el país. Son todos elementos que aportan al desarrollo de una resistencia, que incluye el programa disperso de la izquierda, es decir, de la lucha conciente por el Socialismo.

La alternativa política como asignatura pendiente.

Los antecedentes de lucha validan nuestra hipótesis de cambio en el escenario de la resistencia. Sí es este un momento de inflexión, los efectos sociales y políticos de la ofensiva del capital pueden haber encontrado su límite: el que establece el pueblo. Bien vale reivindicar la categoría pueblo, que había sido abandonada, o reemplazada por la más difusa “gente”. El pueblo remite a una categoría histórica, que con hegemonía de los trabajadores constituye un bloque popular que desde las propias reivindicaciones contra el bloque de clases sociales en el poder, está en condiciones de formular un proyecto para el conjunto de la sociedad. Hablamos de un proyecto político integral, que pueda actuar en todos los escenarios de la lucha de clases.

Ese proyecto requiere de instrumentos articulados que permitan una acumulación de fuerzas en la disputa del poder. Ello implica articular organizaciones, propuestas e iniciativas políticas que hoy transitan por carriles paralelos, y a menudo por caminos que se alejan o incluso desencontrados. Ese es el desafío y no es inevitable que ello ocurra. Es un problema de voluntad política del movimiento de masas en la resistencia y de sus dirigentes. Es una construcción humana e histórica.

Algo ocurre en Argentina

Beatriz Rajland *

Y de pronto, pareció como que los argentinos nos despertamos, nos fuimos levantando, como quien sale de una larga convalecencia, pero con toda la energía de querer afirmar, que aquí estamos.

Los días 19 y 20 de diciembre pasado, ya casi se han constituido en epopeya, se habló y se habla, se escribió y se escribe sobre la ¨pueblada¨ comenzada a expresarse en forma contundente en esos días.

Con formas inéditas y creativas, ingeniosas y combativas, se manifestó el pueblo, enfrentando  estado de sitio y represión, ambas, formas de expresión de la afirmación omnipotente del poder (aunque esté jaqueado en su legitimidad) de la clase dominante, que muchos ni siquiera conocían o habían experimentado antes.

Cacerolazo mediante, parte del pueblo, después de apropiarse de la ciudad,  se apropió de ¨la Plaza¨, símbolo de muchas luchas y metáfora del movimiento popular frente a ¨lo institucional¨. ¨El pueblo quiere saber de qué se trata¨, pero también quiere tener participación en lo que se trate y lo involucre.

Otra parte del pueblo, se expresaba también en forma contundente tratando de que se visualice, que el hambre de mujeres, hombres y niños, desocupados los primeros, desamparados los últimos, no es sólo una cuestión sociológica que sirva para ser desmenuzada en la ¨academia¨, sino que constituye una realidad concreta y que si no se permite o se impide (con la práctica de los modelos económicos implementados),  ganarse el pan con el ¨sudor de la frente¨, resulta legítimo expropiarlo porque a diferencia de las doctrinas liberales, es justo sostener que primero está el derecho a la vida (incluyendo la alimentación que permite esa vida) y mucho después está el derecho a la propiedad.

Durante y después se oyeron voces, comentarios, dudas: ¿será todo lo espontáneo que dicen ser?, ¿hay ¨infiltrados¨?, ¿de donde?, ¿es el aparato del Partido Justicialista el que impulsa los saqueos?, serán provocadores de ¨los servicios¨?

Seguramente había parte de verdad en muchos de esos interrogantes, pero resultan  secundarios a la hora de ponderar la multitud, el coraje, el hartazgo, la bronca.  Los análisis ¨conspirativos¨,  minimizan lo sustancial, se ponen de espaldas frente a lo importante que fue y sigue siendo, la movilización popular que logró modificar el escenario político, provocando en primer lugar, el golpe final que llevó a la renuncia de un presidente depreciado, sobre el cual buena parte de los que manifestaron en las calles, había cifrado esperanzas.

Es claro que lo ¨espontáneo¨, siempre en realidad, es relativamente espontáneo, siempre hay un terreno abonado, no está  vaciado de antecedentes, de prolegómenos, de hechos y luchas previas que contribuyen a la expresión que finalmente brota. Es como aquel personaje clásico que hablaba prosa sin saberlo.

Las marchas, los cortes de ruta, los desocupados devenidos en movimiento de piqueteros, creciendo y organizándose; la prédica constante de los movimientos de derechos humanos, que se fueron sucediendo en los últimos años, el paulatino crecimiento de los votos por izquierda en la Ciudad de Buenos Aires, que se tradujo en cinco diputados a la Legislatura porteña en mayo de 2000, la más reciente expresión multitudinaria de la consulta popular para que se instrumente un seguro de empleo y formación, son algunos de los hitos relevantes en el devenir de la conciencia popular.

Y junto con ello, la más extensa y cada vez más asumida conciencia, de la profunda crisis de representación política en la que estamos sumergidos, que se expresó en las últimas elecciones del 14 de octubre de 2001, con la abstención, el voto en blanco, el voto voluntariamente impugnable (introduciendo algún objeto, citas o fotos pornográficas, personajes de historieta, líderes históricos, etc.), pero también con el voto positivo y en aumento, -particularmente en la Ciudad de Buenos Aires-, por distintas expresiones políticas de la izquierda, lo que permitió después de años de ostracismo a nivel nacional, llevar tres diputados al Parlamento (a pesar de no haber superado su fragmentación, cuestión también lamentada y señalada, por los propios votantes).

Un poco de historia

Largos años de persecuciones y muertes de la mano de la dictadura genocida, largos años de aletargamiento presididos por el discurso radical-alfonsinista, de que con la democracia se come, se cura, se educa, aunque esas consignas sólo fueran eso, discurso enmarcado en ¨posibilismos articulados como imposibles¨, que nos hicieron más que dudar acerca de si lo que se estaba construyendo era una democracia de verdad, o una democracia formal y anémica, largos años de maceración ilusionista de que con la convertibilidad, el 1 a 1, los viajes, lo importado, se iba a alcanzar la panacea del soñado ¨primer mundo¨, que contribuyó a anestesiar a una clase media cada vez mas reducida, cada vez mas pauperizada mientras aumentaban en forma geométrica las cifras de los desocupados, de los pobres, de los indigentes, mientras se profundizaban en forma grosera, las desigualdades en la sociedad argentina y apenas dos años para que quienes pensaron que la opción nuevamente radical (esta vez delarruista) habría de acabar con tanta corrupción, latrocinio, robo al pueblo, se dieran cuenta que en la práctica resultaba más de lo mismo, profundización del modelo neoliberal. Esta es la sintética historia de los últimos 26 años en nuestro país. Años en los que fueron quitándonos paulatinamente la ciudadanía social, aunque hayamos recuperado la ciudadanía política.

¿Donde estamos? ¿Qué nos está pasando?

Sin que nos propongamos hacer futurología, ni autocrearnos falsas expectativas, no podemos dejar de sostener que algo ha comenzado a cambiar  a  partir del 19 de diciembre. Es lo que podríamos llamar un punto de inflexión, pero esto resulta muy general. Preferimos considerar que se ha producido un salto cualitativo en lo que hace al quehacer popular.

Esto se traduce en que se están dando pasos hacia la constitución de un sujeto colectivo, histórico, que se identifica con el concepto de pueblo, reapropiado socialmente y superador del anodino y de moda vocablo ¨gente¨,  que refiere particularmente a entronizar sujetos sin atributos,  una pluralidad de individuos, no articulados como sujetos de acciones comunes o coincidentes.

Desde el 19 de diciembre, entonces, la sociedad civil se encuentra envuelta en un acelerado proceso de cambios inorgánicos o no, anárquicos o no, más o menos organizados, más o menos programados, siempre nuevos.

La propia composición y reivindicaciones esgrimidas no son las mismas, día a día se profundizan o se amplían. El 19 de diciembre parecía concentrarse todo en la lucha contra el ¨corralito¨, decretado por Cavallo, que encerraba literalmente los ahorros, no permitiendo su extracción más allá de una suma mínima, mientras que los titulares de las fortunas apreciables ya habían retirado su patrimonio del país.

Era la expresión del comienzo del repudio a un sistema financiero creado por la dictadura militar en 1977, rediseñado por el modelo de convertibilidad, concentrado en pocas manos, extranjerizado y puramente especulativo que proporciona elevadísima renta financiera a favor de un pequeño núcleo de bancos. Un sistema financiero que se presentaba como canto de sirena para atraer a la clase media y ¨convencerla¨, de que con él estaba más cerca de los poderosos financistas, cuando la realidad era la de la creciente pauperización, quiebra empresaria, despojamiento. La pasividad estaba garantizada mientras no se viera comprometida la  vulneración de sus derechos fundamentales de clase: los de propiedad y esa pasividad también era garantía de tranquilidad para la dirigencia política del sistema hegemónico.

Pero se tocaron burdamente sus patrimonios y la acumulación de problemas, de subsistencia empresaria o de clase, se convirtió en el detonante de una bronca ya instalada pero todavía guardada en la intimidad, y de la intimidad de la casa salieron las cacerolas, adminículo simbólico del ¨hogar¨. Se esgrimieron con curiosidad, con interrogantes, en muchos casos tratando de no ¨parecerse¨ a los otros, a los que nada tienen y  venían ocupando las calles, cortando las rutas por las  que muchos de los titulares de cacerolas llenas transitaban cuando venían de sus propiedades criticando esa ¨molestia¨.

Se salió de las casas como ¨afectados¨ financieros, solos o en familia, se encontraron con los demás, tan iguales a uno, tan sujetos expoliados como uno y se encontraron también con muchos de los ¨otros¨, a los que nada habían acorralado, porque nada tenían, ni siquiera para acorralar, pero que ya estaban hartos y querían expresar también sus broncas y todos se fueron transformando de individuos en ciudadanos, en sujeto colectivo. Y los jóvenes se sumaron porque tenían todo para reclamar.

Y cuando se vivía la alegría de reconocerse unos en los otros, fueron atacados, porque el poder necesita mantenernos como individuos y no nos soporta como ciudadanos. Por qué nuestros ojos lloran?, se preguntaban aquellos que nunca  habían sabido de la existencia práctica de los gases lacrimógenos. Y se sumaron los palos, la represión policial, ordenada por el poder político y que como ya se sabe no necesita muchos estímulos para convertirse en brutalidad.

Y muchos se fueron a sus casas excitados por las nuevas experiencias vividas, ya nada sería igual. Se había perdido la virginidad, se habían iniciado en la lucha.

También estuvo la presencia de los que sí ya tenían experiencia en estas lides y que supieron entender, en esa instancia, la exigencia de los ¨primerizos¨, de no alzar banderas particulares ni pancartas identificatorias. Todos éramos el pueblo.

El 20 de diciembre, se continuó, se amplió en reclamos y en composición social y política, del corralito a los bancos, a la banca extranjera (mayoría) que después de llevarse del país enormes ganancias, escurre el bulto de la responsabilidad de sus casas matrices, a la política económica, el quiebre de las pymes, la falta de mercado interno de la mano de la cada vez más creciente pauperización, las cifras crecientes de desempleo y subempleo.... Y fueron la ¨clase media¨, y los desocupados, y los militantes sociales y políticos de izquierda. El ¨estado de sitio¨, no arredró al pueblo, tampoco los provocadores que el poder ¨supo¨ infiltrar para asustar con la ¨violencia¨. Ni la represión brutal de parte de uniformados y no uniformados, de pie o de a caballo. Cada vez se avanzaba, se retrocedía y se volvía a avanzar. Así por varias horas.

Hasta que se conoció la noticia: había renunciado el Presidente De la Rua. Antes lo había hecho el funcionario de todos, dictaduras y gobiernos civiles: el ministro Cavallo, el mismo que había sido rechazado en las elecciones presidenciales de 1999, las que habían entronizado a De la Rua,  por el 92% de la población y que sin embargo había sido llamado a jugar el papel de ¨salvador¨ (de qué?, sin duda del modelo neoliberal hambreador).

La movilización popular, la del hartazgo, la de la bronca había triunfado, recuperando la confianza en sus propias fuerzas.

A cargo del gobierno de la Alianza, la masacre: 32 asesinados (algunos medios sostienen que 30) por las fuerzas represivas, regulares o no, ordenado el operativo por el Presidente de la Nación,  por intermedio de su Ministro del Interior y  ejecutado por el Jefe de Seguridad y el de la Polícia Federal y sus efectivos.

Imposible no rememorar otras masacres en la cuenta del radicalismo: la de la Semana Trágica en 1919, la de la Patagonia rebelde en 1921. Imposible no exigir el castigo de los responsables directos.

Un poco sobre la política y los políticos. ¿A quien conviene el apoliticismo?

El crecimiento del movimiento popular en número y conciencia, fue impresionante. Este es el saldo a nuestro juicio más importante.

Claro que podríamos expresar legítima preocupación, por la persistente insistencia de muchos, en repudiar a todos los políticos o más aún a la política misma, tirando como se dice comunmente junto con el agua sucia del baño al propio niño bañado. Se puede comprender esta postura, a partir de la traición, la perversidad y la agresión consecuente de los políticos del sistema a los intereses y deseos del pueblo, generalmente expresados electoralmente, pero un tiempo de reflexión seguramente señalará, que hay dirigentes políticos y representantes, especialmente los pertenecientes a las opciones de la izquierda que no están comprendidos en las conductas habituales y absolutamente reprobables de los políticos señalados como responsables de buena parte de la situación actual en la Argentina.

Y algo más, el supuesto ¨apoliticismo¨, también es producto de la pretensión de existencia de un ¨pensamiento único¨, por parte del modelo neoliberal, que viene trabajando por años en ¨meternos¨ esas ideas, en que las consensuemos. Rechazar este modelo implica rechazar su ideología. No nos confundamos, todos hacemos política permanentemente, los cacerolazos, los piquetes, los reclamos, las huelgas son también una forma de política, con ella estamos expresando lo que queremos no a nivel individual solamente, sino para el conjunto social. Estamos eligiendo una medida y no otra.

Lo que se rechaza entonces en la práctica es una política, la del poder dominante de los organismos financieros internacionales, las multinacionales, el capital. Y se elige que haya otra, o por lo menos, se sabe lo que no se quiere.

Naturalmente, las opciones que permanentemente está formulando el movimiento social, deberían articularse en expresión política concreta para que ellas sean las que  se lleven a cabo. Y que sean esas expresiones las que en definitiva triunfen no sólo socialmente sino también a la hora de elegir los representantes políticos, justamente para que las políticas populares sean las que se cumplan, controladas por las organizaciones que las sustentan.

Sino el panorama es el de que la protesta social queda sólo en expresión y repudio, que puede o no ser oído por un gobierno que le es ajeno pero que seguirá no obstante, ejerciendo la decisión política fiel a los intereses que defiende (que ha quedado suficientemente demostrado, no son los del pueblo).

Prácticas democráticas populares

La práctica en este mes escaso desde que se desatara la ira popular, ha mostrado que se está desarrollando un proceso de organización de Asambleas Populares, barriales e interbarrial, inédito en la experiencia argentina, lugares públicos por su composición y radicación en los que se llega a las decisiones sobre la base de las prácticas más auténticamente democráticas, la del voto directo de todos los concurrentes. De esa forma han ido incorporando cada vez más puntos a sus reivindicaciones, hasta constituir verdaderas propuestas programáticas que expresan los intereses de distintos sectores componentes de la categoría histórica de pueblo: llamar a elecciones ya, apoyar a los piqueteros, remoción de la Corte Suprema, no a la deuda externa, nacionalizar la banca, organizar la propia seguridad, terminar con el corralito, impedir el aumento de las tarifas de los servicios públicos, exigir la entrega de medicamentos, y muchos más.

Con todo esto, se rechazó en los hechos el intento del gobierno por  focalizar los problemas tratando  de aislar a los desocupados de la clase media, a través por ejemplo, de prometerles un plan social o desplazando los problemas de los sectores más desprotegidos, desplazando el tema de la pobreza por el corralito.

La expresión popular supo sabiamente aunar los problemas y no dicotomizarlos. 

Unas palabras sobre la política de los políticos del sistema

Aupados sobre el rechazo popular al gobierno de De la Rua, no dudaron en resolver la crisis institucional, a su manera, es decir, pactando por sobre los intereses del pueblo. No nos estamos refiriendo al punto de vista de lo constitucional, sino de lo político dentro de la ¨salida¨ constitucional.

En la más pura ejecución del bipartidismo existente la decisión tomada implicó que si la Alianza tuvo que salir corrida por el pueblo, le tocaba el turno entonces al Justicialismo. ¿Acuerdo de ¨caballeros¨?, ¿remedo de lo que se pensó alguna vez como nuevo movimiento histórico? ¿Pacto de Olivos II? ¿Olvido de que Duhalde (salteamos la ¨opción¨ Rodriguez Saa) había perdido las últimas elecciones de 1999?. No, omnipotencia conjurada de justicialistas, radicales y buena parte de los jirones del Frepaso, con la oposición decidida de la expresión de la izquierda en el Parlamento y la desteñida del ARI, que cambió a último momento su voto de abstención, por un voto en contra, aparentemente a raíz de la torpe agresión de un encumbrado diputado justicialista.

A pesar de grandes promesas en su discurso de asunción, el presidente Duhalde, diríamos que para no salir del común que conocemos desde 1984, hasta ahora no ha hecho sino más de lo mismo. Persecusión sumisa del FMI y recibo de las indicaciones del gobierno de los EE.UU. Asunción de las ¨presiones¨ de la gran banca internacional. Cero medidas que tengan que ver con el famoso ¨polo productivo¨. Resultado inmediato: mayor número de quiebras de pymes, suspensiones y despidos por parte de las grandes empresas. Aumento del número de pobres. La crisis política continúa.

Y en cambio de escuchar a esos desarrollos fabulosos producto de la creación del pueblo que son las asambleas barriales, se dedica a intentar ¨asustarlas¨ anunciando peligros de infiltración, de violencia, para que no se reúnan, para que no vayan a ¨la Plaza de Mayo¨, la ¨plaza de todos¨. Pero se va no obstante, de todos los barrios, solos o en familia, pero ya organizados dentro de la estructura barrial o de movimiento, como el 25 de enero. Y cual profecía autocumplida, la verdadera fiesta de juntarse y exigir, de reconocerse otra vez el uno en el otro, asegurando entre todos la propia seguridad, indicando a los más audaces que no había que dar pie a la represión, se termina abruptamente, cuando ya todos se iban, contentos y pacíficos en sus exigencias, por una represión policial que movilizó más efectivos que nunca y que se dio a la tarea infame de perseguir, gasear, detener, golpear, tirar balas de goma, lastimar, herir, sorprendiendo incluso a los medios informativos que cubrían la convocatoria, tanto por su irrupción inexplicable como por su brutalidad.

Hace unos días el vocero Amadeo, había dicho, que sólo se reprimiría para defender las instituciones (en realidad los inmuebles donde se alojaron- Cabildo- o se alojan) en su carácter de propiedad pública y la propiedad privada. Ayer dijeron que las fuerzas de seguridad sólo actuarían para cuidar o defender a los manifestantes pacíficos. Si esto es así, nos preguntamos entonces varias cosas:

·         ¿Si se defiende la propiedad pública, porque se ataca a los manifestantes, afectados en cuanto a la traición de la representación política otorgada.

·         ¿Si se defiende la propiedad privada, porque se ataca a los manifestantes,   afectados en su propiedad privada, tales como sus ahorros, sus sueldos, su alimentación, su trabajo, su futuro?

·         ¿Por qué no se toman medidas concretas con los que le roban al pueblo, lo engañan, lo expolian?

·         ¿Si la consigna es defender y cuidar a los manifestantes pacíficos, porque entonces se los corre, se les tira gases, balas de goma, se los detiene?

Entendemos que las incongruencias hay que señalarlas, para que no siga operando la manipulación. No olvidemos que en el debate sobre la impunidad respecto a los crímenes de la dictadura genocida se consideraron prescriptos delitos contra la vida y no contra la propiedad. Bienvenido si esto ha significado que estén presos los responsables, pero no podemos obviar la jerarquía de los valores.

Volviendo a las Asambleas.

Reflexionando sobre este tema, pensamos que se están constituyendo como una afirmación del concepto de lo público, es decir, de aquello que corresponde al interés del pueblo, que tiene que ver con el funcionamiento de la comunidad, con su participación.

Desarrollarlas y fortalecerlas pareciera ser la justa consigna. Antes decíamos de su actuar democrático. Se están convirtiendo en el lugar de exigencia, programación y control de los poderes institucionales hoy hegemónicos.

En ese sentido, pueden ser articulantes de la esfera pública del Estado y la esfera pública de la sociedad civil o no estatal, en el sentido de desarrollo de construcción social y política necesaria para el establecimiento de redes solidarias, de organización defensiva de la situación dominante.

Hoy, no sabemos cómo va a seguir el proceso popular inédito que está sucediéndose, son experiencias cambiantes, desarrollos diferentes a los acostumbrados tradicionalmente, sobre todo, para aquellos que formamos parte de organizaciones sociales y políticas ya existentes y que intentamos permanentemente articular lo social y lo político, combatir la fragmentación que sólo es funcional al sistema.

Pero estas formas organizativas que está adoptando el movimiento popular u otras nuevas, y que deben verse desde adentro mismo de esta movilización, sin duda, también podrían llegar a contribuir (pensadas a futuro), al proceso de construcción del sujeto popular, necesario para llevar a cabo los cambios profundos que esta sociedad precisa, que yo visualizo en definitiva en el socialismo, como la alternativa globalizadora a la globalización capitalista actual.

Lo que parece imprescindible y fundamental es la necesidad de construir alternativas sociales y políticas que impliquen un cambio sustancial y estructural, que tengan en cuenta las formas de la propiedad social, que reinvente formas verdaderamente democráticas, formas de hacer política, formas de participación y control de las reales mayorías, los hoy excluidos de sus derechos y conquistas, expulsados de la producción, o en la producción pero precarizados, flexibilizados, desamparados de seguridad social y jurídica, desprotegidos de políticas sociales.

Se trata de que los pueblos recuperen o reapropien lo que les fue expropiado: el poder social. Y para ello es imprescindible que se esté seguro de la titularidad de los propios derechos.

Hay que deconstruir y construir en el espacio de la política las bases y condiciones del poder popular, desde el movimiento social (con más o con menos grado de organicidad) y desde los partidos políticos antisistémicos, sin falsas dicotomías que fragmentan intereses comunes, dispuestos a dejar de lado sectarismos y personalismos.

26 de enero de 2002.

Notas de fin de época.

Los caminos abiertos de la crisis

Daniel Campione *

Durante el año 2001, Argentina venía asombrando al mundo, que se preguntaba como un país ‘tan rico’, podía caer en la quiebra financiera y la ruina económica, social, política y cultural. Los días 19 y 20 de diciembre, quedó inaugurada otra sorpresa, tan grande y más inesperada que la anterior: Miles de argentinos, lanzaban un gigantesco ‘basta’ contra quienes se habían propuesto escribir la historia del país reduciendo al mínimo (a la nada de ser factible) la iniciativa popular. Y en los días sucesivos, se fue comprobando que no se trataba de una revuelta tan furibunda como pasajera, sino del amanecer de un paisaje político diferente, en el que una parte sustantiva de las clases subalternas se han propuesto pasar a la ofensiva, lograr que la iniciativa cambie de manos, que el ‘abajo’ deje de ser el espectador de los atropellos de un ‘arriba’ cada vez más rico y minoritario, que la historia de la rebelión popular vuelva a comenzar, después de décadas de forzado sometimiento a las órdenes y los vetos del gran capital.

Las páginas que aquí siguen han sido escritas al calor de los sucesos, sin ser pensadas como una continuidad, sino como breves fragmentos de reflexión sobre un día a día cada vez más acelerado, en el que los moldes anteriores se rompían uno detrás de otro, en que asistimos y participamos en un gigantesco aprendizaje colectivo. Lo escrito no puede sino estar atravesado por la nerviosidad del relato periodístico y el fervor del espíritu militante. Confiamos en que estas características no impidan aportar algo a la comprensión inicial del más resonante fenómeno colectivo que produce la sociedad argentina en las últimas tres décadas.

De triunfos y usurpaciones [1]

Por primera vez en la historia argentina, un presidente de la Nación, Fernando de la Rúa, se va corrido por una pueblada. Una movilización por etapas, con predominio social de distintos sectores en cada una. Pero que tuvo rasgos sublimes, muy distintos entre sí, como la espontánea caminata entre ruidos de cacerolas para ir a sitiar al poder político en sus sedes formales o virtuales (Casa Rosada, la residencia presidencial de Olivos, la casa de Cavallo), o la valentía de los que enfrentaron a la policía durante horas en el centro porteño el día 20. Y resultados, en sí mismos, óptimos; como son el alejamiento del más persistente personero de la concentración capitalista sin límites, y uno de los mayores estafadores de la voluntad popular expresada en el voto: Cavallo y de la Rúa; por más que ahora se cierna la sombra de la malversación que el poder intenta siempre respecto de las irrupciones populares

Desde el momento mismo de los hechos, se procuró instigar balances perversos de la situación, desde los medios y otros sectores con poder. Se rebautizó ‘robos’ a los saqueos, se propuso la condena sin remisión a todo saqueador que se llevara algo que no fuera estrictamente comida (incluso bebidas alcohólicas, es sabido que el pobre debe ser abstemio para la moralina que los poderosos no creen ni practican, pero difunden para someter mejor). Se intentó desvalorizar la valiente movilización del jueves 20, que no se arredró ni ante las balas de plomo, haciéndola aparecer como fruto de activistas de izquierda o de la derecha impresentable, o denigrándola por los saqueos ocurridos en su transcurso (que no fueron tan anárquicos, a juzgar porque símbolos del poder capitalista local y extranjero, como los bancos, Mc Donald’s y OCA[2] fueron parte de los principales afectados). Se buscó también la introducción de una cuña entre trabajadores y ‘saqueadores’, llegando a exhibirse a empleados de supermercados atrincherados para la defensa de su ‘fuente de trabajo’, acaudillados nada menos que por Alfredo Coto, todo mezclado con el hipócrita lamento contra la ‘guerra de pobres contra pobres’ que en realidad se fomenta. También hicieron lo suyo la Policía Bonaerense, y patotas no identificadas, sembrando rumores de saqueos hasta el límite del absurdo, para generar un clima de terror que cambia el eje, de la protesta contra la injusticia, a la defensa de la propiedad privada por escasa que ésta sea.

La otra cara fue la represión brutal, que embistió a las Madres con caballos, corrió a los manifestantes a balazos de plomo, secuestró a golpes a decenas de personas en plena calle mediante patotas de civil mezcladas en la multitud, y prodigó gases lacrimógenos a diestra y siniestra. Quedó demostrado una vez más, con singular contundencia, que la policía argentina (incluida en primer lugar la Federal, a menudo parcialmente disculpada por comentaristas ‘progre’), es una enorme banda de delincuentes, uniformados o no, con la peligrosidad adicional de tener armamento pesado a discreción y la aparente cobertura de legalidad estatal.

Como ante toda irrupción de la multitud, las fuerzas del sistema se mueven raudas para despojar al conjunto social del poder alcanzado, para ponerle límites a su avance primero, para hacer desaparecer el logro después.

Nada más expresivo en ese sentido que el ‘glorioso’ retorno del Partido Justicialista, en alas de un pronunciamiento masivo que se encargó expresamente de repudiarlo sin remisión, en el mismo nivel que al radicalismo (¡Que se vayan todos¡ ha sido el grito de guerra que los manifestantes dedicaron a los dirigentes políticos).

El peronismo ha decidido ignorar la crisis que afecta a toda la dirigencia, y apropiarse sin más del triunfo popular con un razonamiento tan falaz como simple: “El radicalismo fracasó, ahora es nuestro turno”, mientras hablan del ‘agotamiento del modelo’ y de la desocupación, como si el peronismo no hubiera gobernado en los últimos veinte años.

Con todo, el duelo por los muertos, la indignación por las manipulaciones mediáticas, la ira contra la usurpación no deben ocultar el que nos parece, por lejos, el saldo principal de las jornadas del 19 y 20 de diciembre: La movilización popular ganó la calle, y no cejó ni ante la violencia más desbocada. Los gases menudearon en la madrugada del miércoles, y la plaza volvió a hervir desde la mañana del jueves. Y ninguna carga policial bastó para aplacar a miles de hombres y mujeres, la mayoría jóvenes, que volvieron a avanzar una y otra vez, dispuestos a no conformarse con nada menos que la renuncia de De la Rúa, aún viendo caer heridos y muertos a su lado. Se inscribieron pequeñas épicas de la solidaridad y la organización popular, como la de los motoqueros y ciclistas que recorrieron sin parar el campo de batalla, hasta reunirse, hacia la noche, en la celebración de la victoria. La larga noche del temor desatado por la dictadura y remachado por la hiperinflación, el efecto paralizante de la depresión económica, fueron hechos a un lado para dar lugar a una actitud movilizada, valiente, jugada a la acción colectiva como vía para el cambio de una realidad hace tiempo insoportable. Toda una etapa ha quedado atrás, se ha dibujado un punto de inflexión en la ofensiva de un cuarto de siglo del gran capital y la dirigencia política a su servicio. La ‘lucha de calles’ ha regresado, cerrando con telón rápido la supuesta era de la política mediática, de la administración gerencial de lo existente, de la proclamación del capitalismo como Dios y de una democracia parlamentaria cada vez más devaluada como su profeta. La movilización popular logró un gran triunfo, inédito en su modalidad y sus alcances en el país reciente.

La dirigencia política, los medios, el poder económico, trabajan sin pausa, desde el mismo jueves, para escamotear la victoria popular, o santificar únicamente la madrugada del miércoles, destacando su carácter pacífico, procurando enterrar en la imagen del ‘caos’ y el dolor por los muertos todo lo demás. De nuestra parte estará el consolidar este retorno a las calles, rechazar con firmeza todas las usurpaciones, e inscribir el 20 de diciembre como el auspicioso comienzo de una nueva era.

Como siempre, como en todas partes, la lucha continúa...

La protesta social ya no perdona [3]

El ‘cacerolazo’ volvió a ser el factor detonante de la caída de otro gobierno, esta vez el ‘provisorio’ encabezado por Adolfo Rodríguez Saá.

No habría que perder de vista que el puntano cae por sus nombramientos desacertados, sus propuestas improvisadas en materia de medidas económicas, su incapacidad de dar alguna respuesta frente al ‘corralito’ bancario, y sus amagos de violar los acuerdos iniciales que lo llevaron al gobierno; pero también contribuyó la bajada de pulgar de sectores del poder y los medios frente a los anuncios ‘populistas’ tales como el aumento del salario mínimo, la posibilidad de restitución de los descuentos salariales o de liberación de las cuentas correspondientes a sueldos.

Buena parte de la dirigencia política, y del poder económico, se lanzaron a alejar el fantasma de unas elecciones que ya no le dan garantías a ninguno de los partidos del ‘sistema’ ya que un mes más de crisis inmanejada podría pulverizar incluso las posibilidades electorales del justicialismo, y en ese caso sólo quedarían en pie las fuerzas de izquierda y centroizquierda, a las que el poder económico considera no ‘tolerables’, y que frente a la actual composición del parlamento y los gobiernos provinciales, sólo podría gobernar planteando una Asamblea Constituyente u otro instrumento de cambio radical de la institucionalidad vigente; vale decir mayor grado de enfrentamiento con los poderes que afrontan hoy una crisis orgánica de profundidad desconocida.

Es de pensar, con todo, que la versión criolla del ‘fin de la historia’, la muerte de las ideologías y la reducción de la política a administración de lo existente y a espectáculo disfrazado de debate pluralista, ha quedado herida de muerte después de las jornadas del 19 y 20 de diciembre, y cualquier política de concertación no encontrará fácil el cumplir el propósito de neutralizar la movilización popular. La hora de la ofensiva impune de las clases dominantes ha tocado a su fin; y ahora ellas mismas se hallan inmersas en desconcierto, agravado por la amenaza de un nuevo actor social, complejo y heterogéneo, mucho más amplio, en acto y en potencia, que la clase media preocupada por sus ahorros a la que algunos pretenden presentar como única portadora de los ‘cacerolazos’.

En estas condiciones es sustancial mantener y articular el espíritu de convocatoria popular permanente que se ha generado, pues de lo contrario los integrantes del bloque en el poder lanzarán, más temprano que tarde, alguna ‘solución’ que  apunte a que la gente abandone la movilización, vuelva al encierro individualista, y descarte las perspectivas de acción autónoma que se insinuaron en los últimos días. Y eso se tratará de hacer aun cuando esas políticas sólo se vuelvan factibles con represión, tanto con el fin de imponer una nueva expropiación de los ingresos y las condiciones de vida populares, como, más importante quizás en el plano estratégico, la de  ‘sacar’ a la gente de la calle, procurando volver al modelo de toma de decisiones del último cuarto de siglo, con el componente de ‘iniciativa popular’ reducido al mínimo, como viene ocurriendo desde 1983.

Que esto no ocurra depende en gran medida de que continúe, y gane en fuerza, organización y claridad en las reivindicaciones, el reclamo contra los beneficiarios de veinticinco años de concentración capitalista. Todo indica que esta historia renacida recién comienza.

Sudor frío sobre las espaldas del Poder [4]

Eduardo Duhalde es Presidente de Argentina. Eso sí, no lo es por imperio del sufragio popular, y sólo durará la mitad del período previsto en la Constitución Nacional.

Paradoja chocante: Quien perdió la presidencia en 1999 en elecciones libres, la conquista poco más de dos años después, sin necesidad de conseguir un solo voto ciudadano. Lo ‘coronan’ un cuarto de millar de legisladores, muchos de ellos ungidos a su vez a través de las elecciones más conflictivas de las celebradas de 1983 en adelante, las del voto a Clemente, el general San Martín y hasta Bin Laden.

Esta vez, la mesa fue servida con cuasi unánime presencia de comensales: Una amplísima mayoría de los votos de la Asamblea Legislativa, y un gabinete con predominio peronista pero algunas ‘incrustaciones’ de la oposición y la dirigencia empresaria, tratan de allegar una imagen de consenso y base social amplia. Hasta el ARI, estuvo a punto de sumarse, con la timidez de una anodina abstención, hasta que algún exabrupto peronista (o un análisis de último momento) lo condujeron al voto en contra.

Nada de esto alcanza para disimular del todo, el rasgo fundamental del arreglo que se pergeñó: La supresión del recurso al sufragio popular para elegir al sucesor. Y con ella, la entronización de una ‘solución’ basada en el acuerdo de cúpulas, en el reflotamiento fantasmal de un bipartidismo que agoniza. Esto significa un retroceso respecto a las decisiones de la anterior Asamblea Legislativa que, aun conteniendo la trampa de la Ley de Lemas por lo menos conservaba la instancia del voto popular. Se argumenta que la legitimidad de origen está dada por las elecciones de octubre de 2001. Pero, como ya dijimos, la conducta de los votantes en ella habla más de una instancia de pérdida de legitimidad, que de adquisición de la misma.

Eso de cara a los enjuagues palaciegos. Pero en cuánto se vuelve la vista hacia los millones de argentinos que han estado inusualmente presentes en las calles del país en estos días, como colofón de un movimiento de protesta social que ya lleva una larga trayectoria de cortes de rutas y puebladas varias, la ‘solución Duhalde’ es difícil de empeorar. En tiempos de repudio colectivo y total a la dirigencia política, es ungido para la presidencia, sin el acuerdo de la población, uno de los representantes máximos de la misma: Vicepresidente y gobernador de Buenos Aires bajo Menem, defensor de La Bonaerense como la ‘mejor policía del mundo’, fautor de un entramado clientelístico nutrido de ‘plata negra’ y punzadas al presupuesto público; portador de un discurso conservador con rasgos de autoritarismo en materia moral y religiosa; dueño de cuantiosos bienes difíciles de poner en correlación con sus sueldos de funcionario, sus emolumentos como docente universitario o las ganancias de la inmobiliaria familiar de la que es titular. ¿Qué representa Duhalde en cuánto a programa económico-social? Es un cabal exponente del discurso del tipo ‘el modelo está agotado’, que sirve para enlazar la aceptación entusiasta del tiempo de su implantación y auge, con la crítica de la etapa de decadencia. En esto se aproxima, nada casualmente, a la lógica de las discrepancias que cursan al interior de las clases dominantes; derivando del lado de la fracción que percibe que resiste mal la apertura a capitales y mercancías externas, al tiempo que sufre en carne propia parte de las superganancias de bancos y compañías privatizadas y las tropelías de los supermercados a la hora de comprar. Duhalde se pone entonces de parte de los ‘productores’ contra los ‘usureros’, del capital nacional contra el foráneo, de la industria contra la  especulación. En fin, todos los lugares comunes a los que acuden los conservadores cuando necesitan su cuota de populismo para tentar mantenerse en alto en la consideración ciudadana.

Los sectores con poder en Argentina sienten hoy el regusto amargo de las dirigencias que merman su capacidad de respuesta, que ven naufragar una tras otra sus herramientas tácticas, sin poseer otra estrategia que la de enriquecerse a como dé lugar, sin respetar ninguna norma ni ceder un ápice de sus utilidades. La otrora socorrida salida golpista es hoy imposible[5], y el desprestigio brutal de la ‘clase política’ ya ha llegado a un punto en que no puede sino desperdigarse sobre el poder económico, máxime si la ya decidida devaluación redunda en una ola inflacionaria, para que una vez más los ‘de abajo’ sean los máximos perdedores de la crisis.

Ni las cuitas coyunturales (el ‘corralito’ sobre los depósitos, la recesión interminable), ni el ansia de renovación económica, social, política y cultural que explota junto al hartazgo y la ira largo tiempo reprimida, parecen destinados a alcanzar ninguna satisfacción bajo el flamante primer mandatario. Ningún viraje decisivo puede esperarse del ‘humanismo’ o la generosidad de quiénes no pueden hoy distribuir nada sin chocar contra los muros del gran capital, del que reciben la parte principal de su precario aliento. ¿Escepticismo, pesimismo ilevantable? No. Queda la voluntad de terminar de revertir una relación de fuerzas que ha sido muy desfavorable durante demasiado tiempo a las clases subalternas. Queda ese retomar las calles, ese sonoro abandono del miedo y la indiferencia, que no alcanza todavía para dar vuelta la historia, pero sin duda ya hace correr sudor helado sobre muchas espaldas, hasta ahora acostumbradas a la fiesta corrida de la riqueza y el poder.

LA FRAGILIDAD DEL QUE AMENAZA[6]

(El ‘abajo que se mueve’ y la impotencia del poder)

El proceso social y político de los últimos años, evidenciado (y acelerado) con las movilizaciones en curso, ha marcado un punto de inflexión a largos años de miedo, de incitación exitosa a la pasividad y el individualismo, e hizo saltar la tapa a la gigantesca olla de presión del empobrecimiento generalizado, de los récords de desocupación, de las superganancias de sectores del gran capital, y del deterioro extremo de la representación política que convierte a la democracia parlamentaria en un simulacro en el que casi nadie cree.

Frente a esta nueva situación, la dirigencia argentina no parece tener un programa de acción claro, mas allá de actos de preservación de las superganancias presentes y futuras del gran capital, motorizadas por vía de la devaluación con compensaciones ‘selectivas’, de la licuación de los pasivos empresarios, de la omisión de cualquier reforma seria al sistema impositivo, de las facilidades otorgadas a los grandes bancos para continuar con el proceso de concentración en su sector. Corren detrás de los acontecimientos, repitiendo el catecismo neoliberal, o variantes parciales del mismo que no pueden ni siquiera disimular que sus bases quedan en pie. No logran abandonar el campo de la defensa de sus intereses económico-corporativos, quedándose sin discurso para el conjunto social. O bien proponen una ‘concertación’ a la que se le nota un vacío de contenido, expresado en que se dialoga allí con tirios y troyanos, desde banqueros a piqueteros, mientras prosigue el bloqueo de los depósitos bancarios, la caída por inanición financiera de los servicios estatales, la incapacidad para imponer cualquier control eficaz a las grandes empresas capitalistas.

Ninguna clase dominante puede aspirar a generar consenso más allá de sus límites en esas circunstancias. Ni siquiera puede lograr cohesión interna, como sí lo consiguió a comienzos de los 90’ para las privatizaciones y la desregulación, porque ya no hay beneficios de esa magnitud para repartir y dejar satisfecho al conjunto. El recurso a la fuerza aparece dibujado en el horizonte como el único procedimiento más o menos seguro a la hora de emprender la reconstrucción de algún orden compatible con el proceso de acumulación del gran capital.

Repetidas veces en los últimos días, funcionarios de gobierno, comenzando por el presidente Duhalde, han dicho que si Argentina no supera esta crisis, la espera la ‘guerra civil’ o un ‘baño de sangre entre hermanos’. Nadie aclara la eventual causa de ese enfrentamiento bélico, ni quienes serían los potenciales rivales en choque, pero allí queda la sombría profecía, hecha con invariable aire atribulado, dejando flotar un elevado nivel de ambigüedad, muy apto a la hora de despertar miedos y prevenciones diversas en su forma, pero convergentes en su objetivo: desalentar el auge de movilización callejera, asambleas populares y ataques a los símbolos del poder político y económico, que hunde sus raíces en los años 90’ pero ha hecho eclosión a partir de diciembre de 2001.

La clase dominante asiste hoy a la aguda puesta en evidencia de todos sus niveles simultáneos de crisis: a) La de acumulación, manifiesta en la imposibilidad de salir de la recesión y en la dificultad estructural para alcanzar algo que no sea  el juego de suma cero que siempre termina en la expropiación brutal de las clases subalternas; b) la de legitimidad demostrada en el brutal desprestigio de su dirigencia, y en la virtual caída  de todos los vínculos de representación, políticos o sectoriales[7] c) la jurídico-institucional o de Estado que hace que todos los mecanismos del aparato estatal (parlamento, poder judicial, administración pública), aparezcan al borde de la disolución y repudiados por la mayoría de la población.

Las cosas han llegado a ese estado de deterioro generalizado, de fluidez imprevisible, que los miembros del ‘partido del orden’ acostumbran llamar ‘caos’, y blandirlo como amenaza en épocas de crisis, y el pensamiento crítico ha sólido denominar  ‘crisis orgánica’. La profecía del enfrentamiento cruento es, en sustancia, una amenaza, bastante sencilla de decodificar: Si no amaina la protesta social, si continúa el estado de movilización y asamblea permanente de vastos sectores populares, habrá toda la represión que sea necesaria para volver a los que protestan a sus casas, previo traslado de miles de ellos a la cárcel o al cementerio. Pero también es una confesión de impotencia y temor; frente a la perspectiva de perder las posiciones adquiridas, y a la incapacidad de generar algún mecanismo  eficaz de creación de consenso, siquiera negativo o pasivo, entre las clases subalternas.

Les queda, al menos eso piensan, la coerción, el uso o la amenaza de la fuerza.  Y mientras la ponen en acto en dosis todavía limitadas, con una táctica de contención, enuncian la posibilidad del ‘baño de sangre’, que en Argentina despierta la resonancia ominosa  de la re-edición del genocidio.

En tanto, el estado de movilización y autoconvocatoria permanente, está obrando en el sentido de ‘expandir el horizonte de lo posible’ en profundidad y con rapidez. Se difunden consignas que hace sólo meses hubieran sonado de un atrevimiento insensato (nacionalización de la banca y de las empresas privatizadas, por ejemplo), se delinean nuevas alianzas entre sectores que antes apenas se visualizaban mutuamente, se plantean objetivos nuevos, se señala a enemigos antes escasamente o nada identificados. Está claro, además, que dentro de la estructura de poder, nada ni nadie está ‘a salvo’ del cuestionamiento radical.  A la dirigencia política se le suman los bancos, la justicia, los medios de comunicación (que hasta hace poco se complacían de los elevados niveles de imagen y credibilidad que le daban las encuestas, y hoy son ‘escrachados’) las compañías de servicios públicos.

Al comenzar la efervescencia, muchos señalaron la potencial debilidad que implicaba la separación (y hasta el posible enfrentamiento) entre los trabajadores desocupados y los pobres, por un lado; y las capas medias afectadas en sus depósitos y la disponibilidad de sus salarios. La respuesta en la práctica fue la rápida aparición de iniciativas de solidaridad, y luego de convergencia entre ambos sectores y modalidades organizativas, con su pico mayor en la manifestación del 27 y 28 de enero.

La inarticulación de los ‘cacerolazos’ iniciales, fue suplida en cuestión de días por las asambleas vecinales, a su vez rápidamente coordinadas en una ‘asamblea de asambleas’. Y la preocupación por el ‘corralito’ es sólo una, y no la principal, entre las demandas que se elevan y las cuestiones que se debaten en ellas. La democracia asamblearia, el crecimiento desde la base, la coordinación horizontal, que llevan ya años de trayectoria en los piquetes, aparecen ahora con una fuerza inusitada en ámbitos sociales no abarcados antes por ese fenómeno, y pone en bancarrota definitiva los modos tradicionales de hacer política.

El 20 de diciembre marcó un giro trascendental, y puede vincularse al desarrollo de una ‘visión del mundo’ diferente en amplios sectores de la sociedad argentina. Sociedad victimizada, castigada por su ‘peligrosidad’ demostrada en los 70’, expuesta a un movimiento de trituración de avance gradual pero inexorable. Todo ha quedado hoy largamente en evidencia, pero la cadena de actos de resistencia que convergió en los sucesos en torno al 20 de diciembre le agrega un nuevo componente que puede ser decisivo: La posibilidad de construir un contrapoder, de darle fuerza colectiva a reclamos no ya particulares sino de carácter universal. Vuelve a vivirse, de modo ruidoso y combativo, en las calles, una acción política que retoma su sentido verdadero de disputa por la transformación de la sociedad, frente a la mera gestión de los intereses del gran capital que venía imponiéndose en los últimos años. La incógnita, en todo caso, es si el movimiento social alcanzará el grado de desarrollo y tendrá la perdurabilidad como para imponer un cambio profundo en la relación de fuerzas de nuestra sociedad. Si esto es así, los sectores de poder que agitan el fantasma del ‘enfrentamiento entre hermanos’ (o el del ‘retorno de la subversión’ como hace el ex ministro López Murphy para reclamar un gobierno de mano dura) quedarán faltos de sustentación, siquiera porque la mayoría de la sociedad habrá dejado definitivamente de considerar ‘hermano’ al otro bando, y modifica el uso del sustantivo ‘subversión’, para aplicarlo a las maniobras siniestras de sus creadores.

En consonancia con la aceleración de los tiempos de la protesta social, es ostensible el crecimiento de posiciones de izquierda, expresadas en la radicalización de las consignas que antes mencionábamos, en el favor despertado por figuras como Luis Zamora, en el crecimiento de organizaciones sociales identificadas con esa tradición, como la CCC y una multiplicidad de otras más pequeñas y localizadas, pero con convocatoria nada despreciable. Las fuerzas políticas de esa orientación, en tanto, pese a sus vicios de arrastre y sus crisis recientes, tienen  chances de mantener y aumentar sus niveles de militancia y adhesión en esta coyuntura. Tienen presencia en las asambleas vecinales, articulan con diversas organizaciones de trabajadores desocupados. Sus dirigentes y militantes están viviendo una oportunidad invalorable de desplegar su acción en un campo social más amplio que el que venían teniendo durante décadas, en condiciones de terrible deterioro de las estructuras políticas que responden a la clase dominante. Pero todo ello  no equivale de modo automático al avance de fuerzas de izquierda, y si éste se produce, nada garantiza que no sea neutralizado, ‘parlamentarizado’ en dirección a perder su radicalidad y a no desarrollar articulación efectiva con el movimiento social. Para evitar ese riesgo, las fuerzas de izquierda, tradicionales o nuevas, organizadas en forma de partido o no, deberán demostrar capacidad no ya para adaptarse, sino para contribuir al desarrollo de formas de organización y toma de decisiones que tienen poco en común con la tradición de las ‘orgánicas’, hijas de un centralismo con tendencia a sesgarse hacia el hegemonismo y el burocratismo, más que a estructurarse sobre la decisión democrática desde la base. Necesitarán fundirse con un espacio social que excede en enorme medida su ‘auditorio’ tradicional, por añadidura lleno de prevenciones frente a cualquier aspiración de liderazgo y a casi cualquier organización preexistente.

Como en todas las grandes oportunidades históricas, el arco de perspectivas que se abre es magnífico; al mismo tiempo que la capacidad de reflexión, la creatividad, el coraje intelectual y físico y el ‘arte’ político que se requiere para aprovecharlo en plenitud es difícil de alcanzar. Así de intrincados suelen ser los grandes desafíos.

A modo de (muy provisorias) conclusiones

La compleja relación entre espontaneidad y dirección consciente que Gramsci analizara en su época de L`Ordine Nuovo, ha tenido una expresión cabal en el permanente ‘estallido’ en que se convirtió el país desde el 19 de diciembre a la fecha.

Comenzó con el máximo de espontaneidad, sin aviso previo, desde el interior de las propias casas, como una reacción indignada frente a un poder político que, inmerso en la más aguda de las crisis, se empeñaba en las mismas recetas, centrada en una fórmula implícita “Para la gran empresa todo, para el resto, nada”. Pero no es difícil discernir sus raíces en la organización y movilización que ha crecido en los últimos años, en un resurgir de nuevas luchas populares... la organización late en el basamento de lo espontáneo, y la espontaneidad se da su propia dirección y organización en la medida en que se desarrolla y complejiza.

Hace un mes y medio que la sociedad argentina ha entrado en un ritmo febril de protesta, movilización y politización. Pero hace algo más de cinco años que comenzaron luchas sociales que ya no eran los combates de retaguardia contra la etapa más dura de la ofensiva del gran capital, expresada sobre todo en las privatizaciones y en el avasallamiento de conquistas históricas de los trabajadores; sino la búsqueda de caminos nuevos, que tomaban nota de la victoria del gran capital y sus aliados, sin por ello resignarse ante sus deletéreos efectos, y buscando constituir nuevas organizaciones, nuevos actores sociales. Son de estos años la creación de movimientos de base territorial, centrados en la organización autónoma de pobres y desocupados; la de un nuevo organismo de derechos humanos formado por la nueva generación (los hijos de desaparecidos), que manifestaron así la continuidad con la generación de sus padres, e inventaron los ‘escraches’, ese particular modo de ir a buscar a los culpables a sus guaridas, en lugar de sólo reclamarle a la justicia su captura. Aparecieron nuevos sindicatos, muchos de ellos orientados a actividades nuevas o no organizadas con anterioridad (desde los mensajeros en motocicleta, hasta las prostitutas, pasando por los peones de los supermercados), una nueva central obrera, más democrática que todas las existentes, y a su vez cuestionada con justicia por cuestionamientos más radicalizados. El pensamiento de izquierda se re-encontró a sí mismo, y a una perspectiva de renovación, a través de decenas de publicaciones y medios de comunicación alternativos, que afloraron por la misma época. Se establecieron los términos de una nueva disputa por las calles, por el espacio público, con los ‘cortes de ruta’, los ya mencionados ‘escraches’, las tomas de tierras urbanas para vivienda...

En suma, estos últimos días han sido decisivos. Pero los ‘cacerolazos’ no son una floración instantánea, sino el resultado, tan creativo como imprevisto, pero resultado al fin, de esos jalones que los precedieron poco antes.

En un cuarto de siglo, la clase dominante, el gran capital, lograron la mayor acumulación de ganancias y el mayor control sobre el aparato del estado de la historia del país. Pero no consiguieron ir más allá del plano económico-corporativo. Incluso destruyeron la versión periférica del estado social y de las políticas keynesianas, para reemplazarla por un aparato estatal sólo orientado al cortejo del gran capital y al silenciamiento de sus cuestionadores, sean activos o potenciales, por la persuasión o por la fuerza.

En reemplazo de su incapacidad para generar una auténtica hegemonía, empeñados como estaban en maximizar sus ganancias, las clases dominantes aspiraron, después del genocidio consumado en los últimos años 70’, a generar un consenso pasivo, centrado en el miedo, la resignación y el individualismo. Nada de acción colectiva, mínimo de autopercepción como trabajador o ciudadano y máxima como consumidor. No muy diferente a otras partes del mundo, sino se le agregaran dos ingredientes locales decisivos:

a) La idea de que la derrota frente a la dictadura era tan completa como irreversible, y que términos como ‘revolución’, ‘socialismo’ y cualquier aspiración a unas relaciones de poder sustancialmente distintas, debían ser excluidos para siempre del diccionario político.

b) La ‘lección’ de la hiperinflación de 1989, como demostración de que el Poder no sólo podía producir el aniquilamiento  físico, sino también el económico, el caos anulador de todas las referencias vitales. Y por lo tanto, era muy costoso (y en última instancia inútil), desafiar los dictados del poder en su cara económica.

Y el encargado de ‘servir el plato’, en condiciones de régimen representativo, era una dirigencia política cada vez más desprovista de ideología y de objetivos propios, con partidos políticos indiferenciados entre sí, sin otras preocupaciones que la conservación del poder y el enriquecimiento por vía del saqueo de las arcas públicas o de los enjuagues con las grandes empresas, y el no ofender al gran capital, que les imponía todas las decisiones fundamentales y pagaba sus campañas electorales y la mayoría de sus excesos.

Esa construcción de un consentimiento, pasivo y negativo, pero consentimiento al fin, venía debilitándose y se ha hecho trizas, frente a la decisión y persistencia de esa complejidad de fenómenos que la simplificación periodística subsume en la denominación ‘cacerolazo’: El gobierno de la Rúa amenazó con el estado de sitio, y se salió a desafiarlo en las calles, cacerolas en mano. Ordenó que la policía reprimiera, y se lo enfrentó con piedras y todo lo que se tuviera a mano, pero no se abandonó la Plaza de Mayo. Vino un presidente provisional que nombró funcionarios corruptos y prometió todo a todos, y lo volvieron a ‘cacerolear’ hasta que se fue, llegó otro presidente que le sonrió a los pobres y a los ahorristas y se dedicó a ponerse de acuerdo con financistas y multinacionales, y siguieron en la calle; cada vez más gente, cada vez más seguido, con consignas más radicalizadas y mecanismos de decisión horizontales...

El ‘partido del orden’ tendió a saludar al ‘cacerolazo’ como un gran hecho democrático ... y comenzó de inmediato a hacerle objeciones, que una por una comenzaron a ser desvirtuadas por el propio movimiento : Es un fenómeno circunscripto a la Capital. ...Y al poco tiempo hubo un cacerolazo nacional, desde Jujuy a la Patagonia. No tiene ninguna organización...y aparecieron las asambleas barriales, y la coordinadora de asambleas barriales, y más asambleas; los ‘caceroleros’ son de clase media, no les importan las necesidades de desocupados y pobres que expresan los ‘piqueteros’, y las asambleas barriales con sus cacerolas concurrieron a la marcha piquetera y se solidarizaron activamente con ella, los utilizarán grupos autoritarios... y los movilizados se encargaron de sacar a patadas a grupos fascistoides y militaristas de sus protestas y reuniones, no tiene nada que ver con ninguna revolución, es un reclamo a favor de la propiedad privada... y comenzaron a aparecer consignas de nacionalización de la banca, estatización de las compañías de servicios públicos, reapertura bajo control obrero de las fábricas cerradas...

Y allí están, ‘piqueteros’, ‘caceroleros’, trabajadores en conflicto, partidos de izquierda, las Madres de Plaza de Mayo, los Hijos, gritando que ya no quieren el dominio de una dirigencia política siempre aliada al gran capital, discutiendo sobre todo y cuestionándolo todo, dispuestos a ser impiadosos con el campo enemigo y exigentes y vigilantes con el propio. Han resistido la represión, han tumbado gobiernos. Han ensanchado el ‘horizonte de lo posible’ en las calles y en las mentes. Son heterogéneos en oficio, ingresos, en educación, en ámbito cultural, en antecedentes políticos, y sin embargo, van encontrando el modo de converger y llegar a acuerdos. Están construyendo el más rico ejemplo de democracia directa, de ‘horizontalismo’ que se recuerde en la historia argentina.  Hacen reverdecer el espíritu de las grandes rebeliones populares del siglo XX... y se aprestan a ser una de las importantes del siglo que comien

Notas de la urgencia para la reflexión y la acción:

algunas cuestiones relevantes alrededor de la Batalla de la Plaza de Mayo

Pablo Imen*

Fue nuestro camino siempre que la voluntad de los más se hiciera común  en el corazón de los hombres y mujeres de mando. Era esa voluntad mayoritaria el camino en el que debía andar el paso del que mandaba. Si se apartaba su andar de lo que era razón de la gente, el corazón del que mandaba debía cambiar por otro que obedeciera. Así nació nuestra fuerza en la montaña, el que manda obedece si es verdadero, el que obedece manda por el corazón común  de los hombres y mujeres verdaderos. Otra palabra vino de lejos  para que este gobierno se nombrara y esa palabra nombró ‘democracia’ este camino nuestro que andaba desde antes que caminaran las palabras. Los que en la noche andan hablaron: Y vemos que este camino de gobierno que nombramos no es ya camino para los más,  vemos que son los menos los que ahora mandan sin obedecer, mandan mandando. Y entre nosotros se pasan el poder de mando, sin escuchar a los más, mandan mandando los menos, sin obedecer el mando de los más. Sin razón mandan los menos, la palabra que viene de lejos dice que mandan sin democracia, sin mando del pueblo, y vemos que esta sinrazón de los que mandan mandando es la que conduce el andar de nuestro dolor y la que alimenta la pena de nuestros muertos. Y vemos que los que mandan mandando deben irse lejos para que haya otra vez razón y verdad en nuestro suelo. Y vemos que hay que cambiar y que manden los que mandan obedeciendo, y vemos que esa palabra que viene de lejos para nombrar la razón del gobierno, democracia, es buena para los más y para los menos. (Subcomandante Marcos, transcripto en Periferias N° 1, pág. 32)

Lo ocurrido a partir del miércoles 19, tanto en lo referido a las expropiaciones en los supermercados como al cacerolazo capitalino constituyó la muestra más palmaria de al menos cuatro cosas: primera, la falsedad de las afirmaciones sobre el fin de las ideologías y, centralmente, sobre el fin de la historia. La impresionante movilización de masas del miércoles como el jueves constituyen la evidencia empírica irrefutable de la vigencia de viejas categorías (que sin duda en nuevos contextos requieren revisiones) como clases, conflicto de clases, crisis, crisis orgánica, relación de fuerzas, hegemonía, crisis de hegemonía. Si algo marcó la emergencia del fenómeno fue la complejidad, la imbricación donde lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no termina de nacer se encuentran en un mismo tiempo y espacio.

Segunda, el agotamiento de un modelo que exasperó hasta el límite las contradicciones sociales llevando a amplios sectores sociales a la desesperación y a la indignación.

Tercero, la enorme torpeza de un gobierno incapaz de asegurar las condiciones de acumulación capitalista (cosa que establece la diferencia con el único partido de gobierno existente hoy en la Argentina, el PJ, independientemente de nuestro juicio sobre el sentido de sus políticas).

Cuarto, el enorme atraso de las ciencias sociales (apologéticas como críticas) para percibir los procesos y tendencias existentes en la realidad social.

Continuidades y rupturas: ecos del pasado, urgencias del presente, llamados del futuro[8]

La novedad de la convergencia de expropiaciones en los supermercados con el estallido de la Ciudad de Buenos Aires tras el “desafortunado” discurso presidencial pone en riesgo un análisis más objetivo de un proceso que reconoce continuidades y rupturas.

Con el alerta de Rodolfo Walsh nos parece oportuno advertir que: “Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires. Cada lucha debe comenzar de nuevo, separada de las luchas anteriores, la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como una propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas.”

Los hechos ocurridos el 19 y 20 de diciembre expresan continuidades y rupturas con el proceso histórico de luchas de nuestro pueblo contra los mecanismos de dominación que las clases dominantes han implementado en nuestro país.

El 17 de Octubre de 1945, el  Rosariazo y el Cordobazo, por poner apenas ejemplos paradigmáticos, dan cuenta del pueblo movilizado en las calles para defender sus derechos, sus creencias, sus proyectos, su perspectiva, sus intereses (hechos en los que también la complejidad, la contradicción y el antagonismo estaban a la orden del día: nada es nunca tan claro, afortunada y desafortunadamente). En ambos casos, y de forma mediada, implicaron recambios gubernamentales y evidenciaron en aquellas circunstancias una crisis de hegemonía.

Hubo, también para el ciclo inaugurado con la dictadura genocida de 1976, una suerte de clausura del miedo que culminó este diciembre pero que reconoce experiencias y modos de acumulación iniciados desde la recuperación de la institucionalidad democrática burguesa (y también durante la propia dictadura: desde las acciones del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos en defensa de las Cajas de Crédito Cooperativas a las Madres de Plaza de Mayo y la lucha por la suerte de sus hijos, que son ya hijos de todos).

En los noventa, con la profundización de las políticas “sugeridas” desde el Consenso de Washington y prefiguradas por la dictadura genocida en los setenta, el bloque subordinado resistió a través de herramientas tradicionales (paros, movilizaciones) y también aparecieron nuevos modos de protesta, organizados por “nuevos actores sociales”.

La pueblada de Cutral-Có  inauguró un nuevo ciclo de modos de organización y resistencia que trajo aparejado no sólo una reivindicación de la lucha callejera, sino el rescate de metodologías horizontales, pluralistas, de fuertes debates, de democracia directa entre miles de trabajadores desocupados y sus familias. Este fue el origen del movimiento piquetero, que ya es un actor instalado en la conciencia colectiva a pesar de la complejidad y heterogeneidad de su composición.[9]

La construcción de la CTA y el Frente Nacional contra la Pobreza es otra afluente que hizo su contribución a un estado de insubordinación creciente de los sectores populares. La Consulta por el Seguro de Desempleo y Formación, que superó los tres millones de votantes expresa –a pesar de las notables insuficiencias de la convocatoria [10]- un estado de malestar y rebeldía que potenció el impulso de los sectores populares.

En todo caso, queremos dejar constancia de la complejidad de este fenómeno para no reemplazar el análisis por la consigna, e intentar comprender sus posibles proyecciones para la construcción de una alternativa popular liberadora.

Notas para pensar

Los acontecimientos ocurridos el miércoles 19 y jueves 20 de diciembre parecen indicar un verdadero cambio de época en nuestro país, cambio signado por la complejidad de proyectos y percepciones en juego, pero sin duda un momento de quiebre donde quedaron al desnudo los límites infranqueables del modelo iniciado con el genocidio de los setenta, homeopático con el peronismo lopezrreguista y masivo con la dictadura de Videla y Martínez de Hoz.

La sorprendente incapacidad del gobierno para llevar a buen puerto las –ciertamente difíciles- exigencias para armonizar el pago de la deuda externa, el sostenimiento (y profundización) en la brecha de la desigualdad de la riqueza y la contención del conflicto social se revelaron con toda su violencia con viejos y nuevos actores movilizados.

Por un lado, los “saqueos” configuraron en sí mismos una revelación de dinámicas sociales que articularon cuestiones bien distintas.

Desde el (ahora ex) oficialismo y algunos medios de comunicación se consignó que la movida fue orquestada por punteros políticos –centralmente PJ- con la complicidad de la policía, que convirtió amplios sectores de la provincia de Buenos Aires en “zona liberada”.

En un sentido complementario, se estimuló desde diversos lugares la xenofobia (señalando que quienes robaban eran bolivianos, peruanos, etc.), así como la confrontación de pobres contra pobres (por ejemplo, alertando en barriadas humildes, villas, etc. del inminente ataque de otro barrio para robar) estimulando así tanto el conflicto entre sectores perjudicados por las múltiples pobrezas como el vaciamiento del espacio público (llamando, entonces, a encerrarse en las casas para defender lo propio). Ninguna de las amenazas propaladas por la policía ocurrió. Y no sabemos cuanto nuestro pueblo pudo aprender de esta dura experiencia.

Pero más allá de la manipulación que pueda operarse sobre los sectores populares presos del hambre, lo cierto es que existía un terreno muy fértil para impulsar acciones de este tipo.  Las condiciones de vida infrahumanas a que llevó este capitalismo subordinado y dependiente constituyen la nafta sobre la cual cualquier hálito caluroso convertiría –convirtió- en fuego ardiente el pasto seco.

Frente a una situación ya inmanejable, el gobierno conservador se limitó a afirmar su proyecto político y a instalar como medida disuasoria el estado de sitio.

Cuando a las 23 horas Fernando de la Rúa inició su discurso, nadie imaginaba que sus palabras iban a disparar la más impresionante movilización popular de la que la Ciudad de Buenos Aires haya sido testigo en toda su historia.

De modo espontáneo, en todos los barrios, miles y miles de vecinos desafiaron el estado de sitio y repudiaron en los dichos y los actos al gobierno entonces agonizante de la Alianza.

En la Plaza de Mayo, escenario de las grandes movilizaciones populares, la multitud amenazaba con instalarse hasta que Cavallo se fuera y cambiara la política económica. La solución que encontró el gobierno fue la represión lisa y llana de decenas de miles de ciudadanos de todas las edades  y colores que participaban con una extraña sensación de bronca y la alegría de la celebración del encuentro. Allí se redefinía el espacio de lo público al calor de la movilización. Otro mito alimentado en los noventa era desenmascarado por la fuerza de los hechos: la reformulación de la política como ámbito de negociación entre cúpulas y la estrategia del set televisivo. La renuncia a ocupar el espacio de lo público por su ineficacia para lograr resultados demostró sus límites, y quedan por dilucidar los caminos de construcción polí­tica y cultural –que serán, seguramente, múltiples, complejos, y contradictorios- reinaugurados con la ocupación de las calles y las asambleas posteriores en los barrios.

Los gases dispersaron a la multitud que se fue pacíficamente para luego intentar volver una y otra vez. La Plaza de Mayo se convirtió en el lugar de la lucha. Ese espacio físico simbolizaba la decisión de los sectores medios de expresar su hartazgo luego de la batería de megacanjes, blindajes, recortes, austeridades selectivas, corralitos bancarios y otros etcéteras a los que fueron sometidos.

El jueves se prolongó tanto la resistencia como la represión, con una circulación de públicos muy heterogéneos Esa compleja composición expresó también diversas miradas sobre la política. La exigencia del miércoles de “bajar las banderas” puso de manifiesto la negación de la política como dimensión constitutiva de lo colectivo.

La ausencia de proyecto y de organización popular donde contener esa enorme energía que se propagaba por las calles se pagará con al menos dos costos: la expropiación del triunfo movilizador de los sectores populares –en este caso por parte del PJ- y la consiguiente dilapidación de una oportunidad para acumular poder social para un proyecto político emancipatorio.

Nada está cerrado, sin embargo, y la oportunidad merece una reflexión colectiva sobre la práctica militante de las organizaciones populares. Es indispensable preguntarnos –cuando una nueva crisis pueble las calles nuevamente- sobre los modos de sumar esfuerzos a nuevos espacios que organicen el poder popular.

Quienes vivimos del trabajo intelectual tenemos aquí una responsabilidad indelegable, aportando nuestra visión al diagnóstico del proceso en marcha como a preguntas que nos permitan ayudar a construir un camino distinto entre las mayorías.

En educación, el panorama dista de estar claro excepto por una cosa: la crisis contribuyó a centrar el diagnóstico oficial en el “costo de la burocracia y de la política”, y un eje central de la política pública es la reducción de ministerios y salarios. La decisión de liquidar el ministerio de Educación (de reconvertirlo a Secretaría) de un gobierno que impulsó las “escuelas autogestionadas” hace cundir una sana alarma entre los defensores de la educación pública.

La crisis del hambre permitiría justificar la continuidad del desmantelamiento de la educación pública por otros medios.

Ahora, en todo caso, la responsabilidad de la lucha recaerá en múltiples actores: los sindicatos docentes, los colectivos laborales docentes, el movimiento estudiantil, los especialistas , intelectuales y creadores de la cultura comprometidos con una educación igualitaria, emancipatoria, democrática.

La lucha por superar las lacras del capitalismo reconoce múltiples y simultáneas esferas de disputa. Una privilegiada es por la creación , distribución y apropiación de los conocimientos y los títulos que se salda –muy fuertemente- a través de las políticas educativas.

Desde la educación, ningún argumento por el socialismo podrá disculparnos de tomar en nuestras manos la cuestión específica de cómo construir cada día en escuelas y universidades, en las calles y las fábricas, una pedagogía de la resistencia, de la pregunta y de la esperanza. Los días abiertos por esta crisis no tienen un final preelaborado. Las exequias del neoliberalismo –celebradas al costo de una treintena de muertos por la represión- no constituyen, ni mucho menos, el fin de la historia. Una historia de la que queremos ser Sujetos.


CRISIS, ESTALLIDO SOCIAL Y TRES MOMENTOS DE RUPTURA CON LA DEMOCRACIA REPRESENTATIVA EN LA ARGENTINA.

¿Hacia una nueva democracia?

Gonzalo M. Rodríguez*

“Algo está por fin empezando a cambiar. Tengo ochenta años, y por primera vez en mi vida he visto que fue el Pueblo, y no los milicos el que echó a un gobierno...”

(Alberto, en la Asamblea popular de Olivos, domingo 20/1/2002)

1. Introducción

El regreso a la “Democracia” en 1983 marcó no sólo el final de la Dictadura militar que desde 1976 había implementado uno de los mayores genocidios de la historia del país. Ese momento marcaba también la vuelta a una forma de gobierno donde el pueblo podría, nuevamente, “elegir a sus propios representantes”. La política recobraba nueva vitalidad, miles de jóvenes se acercaban a los partidos políticos, y la sociedad renovaba una gran expectativa en las posibilidades de la democracia.

Sin embargo, desde 1983 hasta el presente, el pueblo ha votado una cosa mientras que los gobiernos electos han hecho sistemáticamente otra. Elección tras elección, las promesas electorales de los partidos gobernantes se han revelado como falsas.

Dieciocho años después de la vuelta a la “Democracia”, la economía argentina está hecha trizas, a pesar de que las empresas privatizadas, los bancos, las multinacionales y las grandes empresas de capital nacional han realizado enormes ganancias extraordinarias. La concentración de la riqueza supera año a año los niveles anteriores, a medida que aumentan la desocupación y la pobreza. El Estado argentino está quebrado producto de los pagos de la Deuda Externa, la corrupción estructural, y de quienes lo han aprovechado para los grandes negociados privados. Como broche de oro, la banca nacional y extranjera, en complicidad con el Estado y el gran capital, han consumado el mayor de los saqueos de la historia argentina, habiendo hecho “desaparecer” de un día para el otro nada menos que la casi totalidad los ahorros de millones de argentinos.

Todos los gobiernos desde 1983 prometieron programas que luego no sólo no se cumplieron, sino que resultaron ser exactamente lo contrario. En sus recordados discursos, el entonces presidente electo Raúl Alfonsín del Partido Radical, afirmaba que “con la Democracia se come, se cura y se educa”. Luego vino el Dr. Carlos Menem del opositor Partido Justicialista, quien prometió llevar adelante una “revolución productiva”, un “salariazo” para los trabajadores, y que no habrían privatizaciones de las empresas públicas. También mintió, aunque logró ser reelecto al convencer a una parte importante del pueblo de que los sacrificios habían sido necesarios, que ya había pasado lo peor, que la copa se había llenado y el champán estaba próximo a derramarse. Pero nada de eso sucedió. Luego vino nuevamente el radicalismo, en alianza con la centroizquierda del Frepaso. Las promesas electorales decían que no habría más ajuste, no más recetas neoliberales, más educación, trabajo y salud para los argentinos. Y otra vez la mentira dijo presente.

Según el diccionario de la Real Academia Española, “representar” quiere decir “Sustituir a alguien o hacer sus veces, desempeñar su función... Ser imagen o símbolo de algo, o imitarlo perfectamente”. Más allá de la ambigüedad de estas definiciones, está claro que, al menos en el ideal del sentido común popular, el representante es quien debiera hacer “lo que uno le ha pedido que haga”, es decir, si fuera uno mismo quien gobierna.

Si a la luz de los hechos está claro que la voluntad de millones de ciudadanos expresada a través del voto, no es respetada por los supuestos representantes, se revela entonces que la democracia representativa no es un mecanismo de representación, sino un mecanismo de expropiación de la voluntad popular. Esto quiere decir que los ciudadanos, creyendo haber designado sus “representantes” y haberles dado un mandato, lo que han hecho en realidad es delegar en ellos sus facultades.[11]

Una vez expropiada en manos de los representantes, la voluntad popular se encuentra sujeta a modificaciones; puede ser (y generalmente será) rediscutida, modificada y, recién entonces, ejecutada. Este funcionamiento perverso de la democracia representativa no es una anormalidad, pues está consagrado nada menos que por la Constitución Nacional de la República Argentina. En su artículo 22, ésta dice que

El pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución. Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de éste, comete delito de sedición.

Este artículo es el que le otorga legalidad a la traición de los representantes. La legitimidad de este accionar, indispensable para que el sistema funcione de modo normal, proviene de la ficción de que son los ciudadanos quienes deciden, y quienes eventualmente se equivocan al elegir mal a sus representantes.

Si no es el pueblo ¿quién es entonces el verdadero soberano? ¿Es que los representantes no representan a nadie? Debemos recordar aquí que detrás de la separación entre la política y la economía, lo que existe es una división de funciones, y el Estado burgués aparece como el garante del proceso de acumulación capitalista. El poder lo reciben del pueblo, y el mandato que cumplen los gobernantes es el del gran capital y sus organismos financieros internacionales. Allí son elaboradas las recetas económicas neoliberales que se han impuesto en la Argentina desde, cuando menos, el regreso a la democracia.

La Argentina está en presencia de una situación donde la “clase política” y el propio capitalismo, aún sin quererlo, ha terminado destruyendo su propia fuente de legitimidad. Harían falta diez libros para completar el sombrío panorama de la situación social y económica que atraviesa la Argentina, pero basta observar que dicha situación fue conformando con el correr de los años la base de un incipiente descontento popular. Descontento que, huelga abundar en detalles, tuvo como consecuencia el auge de importantes luchas populares que atraviesan toda la geografía del país en los últimos años, dando lugar a grados crecientes de organización popular, como lo expresa la conformación de la Asamblea Nacional Piquetera[12] a mediados de 2001.

Pero las últimas medidas económicas del gobierno de De La Rua (bancarización forzada de las transacciones primero, y confiscación de los depósitos mediante el corralito bancario después, agravado luego por los efectos de la devaluación) determinaron el despertar político de un sector, las clases medias urbanas, que hasta entonces habían aceptado  impávidas las consecuencias del modelo neoliberal.

2. Los tres momentos de ruptura con la democracia representativa

A partir de los últimos meses de 2001, se han venido sucediendo una serie de hechos que implican un salto cualitativo respecto a las diferentes expresiones del descontento popular conocidas hasta entonces. Acontecimientos que expresan profundas rupturas no sólo con el modelo económico neoliberal dominante, sino con el sistema democrático representativo y aquella ficción de la representación política, y que, según el interrogante que orienta este trabajo, pueden estar inaugurando una nueva perspectiva en la construcción de un modelo distinto de verdadera democracia popular.

Los tres momentos a los que nos referimos son: 1) las elecciones legislativas de octubre de 2001; 2) las movilizaciones espontáneas y el reclamo popular que obligaron a renunciar a dos presidentes entre el 20 y el 31 de diciembre de 2001; y 3) desde ese momento, el surgimiento y multiplicación de las asambleas populares barriales.

2.1 El primer momento de ruptura

En el mes de octubre de 2001 se desarrollan las elecciones para cargos legislativos de las cámaras de diputados y senadores nacionales y provinciales.

Tanto la alianza política gobernante como el principal partido de oposición el Partido Justicialista, decrecen su caudal de votos en términos absolutos. Más significativo aún es el enorme cantidad de votos en blanco y anulados (20% en todo país el país, 30% en Buenos Aires y casi el 40% en Rosario) y el voto “no presencial” (aquellos ciudadanos que expresaron su disconformidad desertando de los comicios). Este es el llamado “voto bronca”, al que se suma además el notable crecimiento de las diferentes agrupaciones de izquierda que por primera vez en muchos años logran tres bancas en el Congreso Nacional y en varias legislaturas provinciales.

Los resultados de aquellas elecciones dan cuenta de un nuevo escenario caracterizado por una crisis de representación, y expresan entonces una primer gran ruptura entre el sentir, el pensar y el hacer de los ciudadanos, respecto de los mecanismos legitimadores de la expropiación de la voluntad popular. Prácticamente la mitad de la población adulta no se siente representada por nadie, y se niega a delegar en los partidos políticos las facultades de ejercer el gobierno. El pueblo comenzaba así a cuestionar nada menos que el fundamento mismo del sistema representativo: el momento del “contrato” donde a través del voto los sujetos aceptan que otros gobiernan mientras que ellos obedecen.

Pero aquí se abrían otros nuevos interrogantes. Este cuestionamiento ¿estaba poniendo en crisis el sistema democrático representativo como tal? ¿o sólo a los miembros de aquella “clase política” que circunstancialmente encarnaban la personificación del sistema democrático?[13] Y por otro lado, es cierto también que las distintas manifestaciones del “voto bronca” fueron muy heterogéneas en cuanto a sus contenidos, los había por derecha[14], por centro y por izquierda.

2.2 El segundo momento de ruptura

Al segundo momento de ruptura lo identificamos con el estallido social que se inicia en la semana del lunes 17 de diciembre de 2001, y que tiene su apogeo en los días miércoles 19 y jueves 20.  El estallido tiene como protagonistas a cientos de miles, tal vez millones, de personas cuya movilización tiene como desenlace nada menos que el derrocamiento de dos presidentes de la república, y un ministro de economía (un “intocable” del neoliberalismo, el FMI y el poder financiero mundial) en el corto período de una semana. Este verdadero Argentinazo tiene dos caras. Los masivos saqueos a supermercados con los que se inicia la semana del 17 de diciembre y los cacerolazos (protagonizados mayoritariamente por las clases medias) que estallaron los días 19 y 20.

Sin banderas e identificaciones políticas, la gente salió a reapropiarse del espacio  público, cortando calles, avenidas y ocupando las plazas más emblemáticas del país. Así es como se ha instalando una nueva modalidad de manifestación pública de masas bautizada por la cultura popular como “el cacerolazo”.

Aunque la rebelión de las clases medias coincidió temporalmente con el estallido de los sectores más pobres de las periferias urbanas, ambas protestas se diferenciaron claramente en cuanto a su composición social, a las metodologías de la protesta y a los alcances políticos y las perspectivas inauguradas por la movilización[15]. Mientras el argentinazo de los saqueos se agotó (al menos por ahora) en el reclamo y de medios para la subsistencia inmediata, el argentinazo de las clases medias logra proyectarse más allá de los reclamos económicos inmediatos (devolución de los depósitos) hacia un cuestionamiento global del régimen político y económico existente.

En el cacerolazo, la manifestación se construye alrededor de la identificación de los participantes como “vecinos”. Los vecinos de los barrios se agrupan cortando una calle, generalmente en alguna zona de tránsito o cruce de avenidas importante del barrio, a golpear cacerolas, utensilios afines, u otros recursos tomados del mobiliario urbano circundante. Eventualmente, el cacerolazo puede incluir la quema de cubiertas o de basura. En un primer momento, el cacerolazo es solamente una instancia a través de la cual se pretende hacer visible algún tipo de reclamo común sentido por todos los presentes, de catarsis colectiva donde manifestar la bronca. Sin embargo, el cacerolazo ha venido a ser también un espacio de encuentro con el otro vecino, de verse las caras, de recomposición de lazos de solidaridad.

Lo más novedoso de este tipo de manifestación es que los cacerolazos de aquel inicio del estallido fueron totalmente espontáneos. De todas maneras, a partir de entonces los cacerolazos han ido perdiendo su espontaneidad, especialmente a causa del surgimiento de las asambleas populares. Comienzan a ser éstas las que se ocupan de convocar los cacerolazos y procuran eventualmente coordinarlos con otros barrios y organizaciones (por ejemplo los cacerolazos en Tribunales los días jueves, los escarches a instituciones bancarias, el cacerolazo nacional convocado para el día viernes 24 de enero, etc.)

La eficacia (definida esta como su masividad) de los cacerolazos ha consistido principalmente en la accesibilidad de esta forma de protesta para “el común” de los ciudadanos; cada quien no tiene más que salir de su casa con su cacerola y encontrarse allí en un pie de igualdad con otras personas que son sus vecinos de siempre. También ayuda en la eficacia la simplicidad de las reivindicaciones presentes en el reclamo, de escaso contenido político y elevado consenso popular[16]. Por último, existe un elevado efecto de contagio, los cacerolazos se multiplican abarcando la totalidad del territorio de la ciudad y en un mismo horario, la protesta adquiere un carácter generalizado ¿Qué elemento detonante ha desencadenado los cacerolazos masivos de la semana en cuestión? La psicología social seguramente estará abocada al estudio de este fenómeno, aunque por ahora es posible identificar la función de los medios masivos de comunicación, en la medida que difundieron los cacerolazos, favorecieron el efecto de contagio. Otras imágenes difundidas, como el anteúltimo discurso presidencial de De la Rua, fue el principal detonante de la bronca popular contenida en el primer gran cacerolazo del día 19.

La composición política e ideológica de los manifestantes en los cacerolazos es muy heterogénea. No está permitida la exhibición de banderas de agrupaciones políticas. Los propios participantes del cacerolazo se encargan de reprimirlo, y las agrupaciones políticas enseguida aceptaron estas reglas de juego.

Al no ser los cacerolazos una forma de participación popular reconocida dentro del régimen de la democracia representativa; al no haber sido estos organizados por partidos políticos u otras organizaciones reconocidas por el sistema representativo; al no haber existido referentes políticos con quien se identificaran las movilizaciones; más aún, habiendo sido el derrocamiento de dos presidentes constitucionales su principal y más claro objetivo, los cacerolazos constituyen pues el segundo gran momento de ruptura con la legalidad y legitimidad de la democracia representativa.

El pueblo argentino había ejercido durante aquella semana su primer acto de gobierno...

2.3 El tercer momento de ruptura

...y ahora empezaba a deliberar.

En el corto período de un mes, han surgido alrededor de 30 asambleas barriales en la Capital Federal y una cantidad no determinada en otros partidos del conurbano y en el interior del país. Algunas asambleas surgieron tempranamente, durante el segundo día del la revuelta popular. A un mes del estallido, las asambleas populares se siguen multiplicando y no es posible prever cuál será su techo.

Las asambleas populares surgen del espacio mismo donde se han autoconvocado los vecinos a participar de los cacerolazos. A diferencia de los cacerolazos, las asambleas son impulsadas por organizaciones políticas, militantes de otros movimientos y organizaciones barriales y sindicales, estudiantes universitarios con experiencia en asambleas estudiantiles, ex militantes de organizaciones políticas, etc. Sin embargo, la masiva participación de vecinos excede largamente a los militantes, adquiriendo realmente un carácter autónomo que las aproximan a la definición de un nuevo movimiento social. La auto identificación como “vecinos” es una manifestación de esta búsqueda de nuevas identidades colectivas que puedan contener a la heterogeneidad de sujetos presentes, y cada asamblea lleva entonces el nombre del barrio o de la plaza donde se reúnen.

Por el momento, las asambleas no presentan la masividad que tuvieron los cacerolazos. Una de las mayores dificultades que presentan las asambleas populares es el generalizado rechazo o desconfianza hacia la política que todavía existe. En el imaginario popular, política es sinónimo de partidos políticos. Sobre este punto suelen desarrollarse las primeras discusiones en las asambleas ¿pueden participar los partidos políticos? ¿sólo los partidos hacen política o todos estamos haciendo política a partir del momento que nos juntamos para discutir y tomar acciones para solucionar nuestros problemas? Se percibe esta dificultad de los de asumirse como sujetos políticos, aunque de a poco la discusión al respecto se va saldando en el sentido de asumir la necesidad de la política y reconocer positivamente la participación de los partidos y otras organizaciones.

Las asambleas populares constituyen una ruptura clave con el sistema de la democracia representativa, cualitativamente distinta a las dos rupturas anteriores A través de ellas, el pueblo procura reapropiarse de la propia voluntad que los gobernantes le habían expropiado. Funcionan de manera horizontal y desarrollan formas alternativas (aunque escasamente desarrolladas por el momento) de representación y delegación.

En las asambleas pareciera estar gestándose un nuevo contra poder. Allí se debaten absolutamente todos los temas, desde aquellos problemas específicos de cada barrio, hasta los problemas más generales que afectan al país (por ejemplo las soluciones al corralito bancario, la renuncia de la Corte Suprema, el no pago de la Deuda Externa, la estatización de la Banca y las empresas públicas privatizadas, convocatoria a una asamblea nacional constituyente, etc.) Las discusiones también conducen a la adopción medidas de acción directa, generalmente movilizaciones y nuevos cacerolazos, que se realizan casi prácticamente todos los días.

Las distintas asambleas barriales de la ciudad de Buenos Aires han construido un espacio de coordinación general de todas las asambleas, con frecuencia semanal, a la que asisten delegados y vecinos con y sin mandatos de sus respectivas asambleas.

3. Hipótesis y desafíos teórico-políticos

A partir de la lectura de las tres rupturas experimentadas en el breve período que precede a este artículo, es posible plantear algunas hipótesis que invitan a pensar en las perspectivas y desafíos del nuevo movimiento social que se abre paso a través de la actual crisis orgánica que atraviesa el bloque dominante.

Una primer hipótesis, dice que la crisis de la teoría de la representación política es todavía parcial e incompleta. No está claro aún que el pueblo haya decidido no confiar más en la actual clase política, y mucho menos que haya decidido gobernarse por sí mismo. Lo que se puede interpretar a partir de los cacerolazos es que está en crisis una forma de ver la política, entendida esta como el modelo tradicional de representación política, que es el régimen de los partidos y las elecciones periódicas. Pero no está descartada la posibilidad de que el bloque dominante logre generar una salida propia a la crisis de representación[17], incluso podría ser esta un régimen de neto corte autoritario o una dictadura clásica como las que ya conoce nuestro país.

Una segunda hipótesis considera que aquella crisis orgánica no se resuelve, o se resolverá una y otra vez a favor del bloque dominante, ante la ausencia de una alternativa política del campo popular.

La sociedad argentina camina hacia una agudización creciente de las contradicciones sociales, el enfrentamiento entre el bloque dominante y el campo popular (al que se suman incluso sectores de la clase media acomodada) se profundiza y se vuelve más visible. El actual gobierno del justicialismo continúa aplicando el mismo modelo neoliberal que engendró estas tensiones (el único posible dentro del capitalismo actual) y es imposible prever que esto se modifique.

La crisis de representación política involucra por un lado al bloque dominante. Crisis que como ya vimos, comenzaba a expresarse en las elecciones de octubre de 2001, se confirmaba con el estallido social de diciembre, y que persiste en la actualidad, jaqueada por el movimiento de las asambleas y las luchas de desocupados y estatales. Pero aún estando en crisis la legitimidad del actual gobierno de Duhalde, el gobierno no parece haber perdido el poder que le otorga la legalidad de las instituciones. El bloque de poder conserva el control de la economía y del aparato represivo, y su capacidad de recambio aparece como ilimitada aun en un contexto de reclamos y movilizaciones permanentes.

Por otro lado, la crisis de representación política también atraviesa al propio campo popular y a todos los sectores que conforman esta amplio movimiento social del Argentinazo. Hoy el pueblo no tiene representantes ni referentes dentro de la “clase política”. Aunque muchas de las  expresiones políticas organizadas del campo popular no estuvieron ausentes durante el Argentinazo, el pueblo se movilizó por fuera de las estructuras políticas tradicionales de los partidos y aún de los sindicatos y otros movimientos preexistentes.

En última instancia, la crisis actual se define por la ausencia de una alternativa del campo popular, ya sea ésta una alternativa clásica de representación (algún agrupamiento político o conjunto de ellos) que se constituya en referente del movimiento popular; o bien una alternativa sui generis surgida del nuevo movimiento social que se está construyendo a partir de los cacerolazos y las asambleas populares, en articulación con el movimiento sindical y de desocupados.

Una alternativa política debe ser una expresión de poder popular organizada que derribe y remplace al poder existente. ¿Son las asambleas barriales, por fin, el germen de una salida a aquella escisión entre los social y lo político? ¿Están en condiciones las expresiones políticas organizadas del campo popular de construir a partir de las asambleas una nueva articulación con las bases del movimiento social, respetando y alimentándose de su autonomía? ¿Podrá este nuevo movimiento ciudadano aceptar y resolver el desafío de asumir la política como única forma de transformación de la sociedad? ¿Podrán extenderse al punto de canalizar la bronca y la voluntad de cambio expresada masivamente por la gente durante los cacerolazos, hacia un nuevo contra-poder?

Es evidente que las tres rupturas que desarrollamos no alcanzan a definir un rumbo unívoco de los acontecimientos. La ruptura será total a partir de que la mayoría del pueblo logre reapropiarse de la política. La construcción de una nueva alternativa política del campo popular, podrá llevar a cabo en algún momento la cuarta y última ruptura con la democracia representativa y el sistema económico que la ha engendrado. La ausencia de una articulación de la “lucha social” y la “lucha política” se presenta entonces como el principal desafío a resolver por parte de los actores políticos que buscan una transformación radical de la sociedad, no sólo en sus aspectos económicos, sino desde una concepción humanista y democrática.

Las manifestaciones populares que derribaron a dos presidentes en una semana, sin duda han llevado a una parte importante del pueblo a recuperar la confianza en las utopías y las grandes empresas colectivas (cualesquiera que estas sean). Aunque objetivamente la eficacia de estas manifestaciones pareciera ser mucho más relativa (por no decir  nula en cuanto al logro de soluciones), pareciera que comienza a cobrar fuerza la idea de que el pueblo debe gobernarse a sí mismo. Es una idea que así planteada despierta gran simpatía en las asambleas populares. Sin embargo, no se han desarrollado todavía las discusiones acerca de qué quiere decir esto exactamente. Y la discusión no es un tema menor, por cuanto no se está hablando de escribir un libro sino de cambiar el rumbo de la historia y refundar una sociedad y una nueva democracia.

Apuntes desde (y sobre) la Argentina.

Ariel Wilkis*

El reordenamiento social y político de la sociedad iniciado en la última dictadura y coronado en la década del 90´ bajo el gobierno menemista y aliancista recibió un duro golpe con las movilizaciones de fines de diciembre. El efecto más importante de ellas fue poner en evidencia, materializar, el descontento generalizado hacia la clase política, la impugnación a un sistema que cada uno de los sectores involucrados encontraba totalmente desprovisto de representatividad. El punto de inflexión iniciado por estas movilizaciones se centra en el hecho que ellas constituyen la marca de origen de la relación entre política y sociedad de aquí en más. Nunca como antes es tan productiva la categoría gramsciana de crisis de hegemonía para entender estos procesos. Distintos sectores sociales fueron desligándose del consenso brindado a las políticas de estado que rigieron el país desde hace 25 años.  Los dos rasgos básicos que dominaron las formas de hacer política en los últimos años fue ,por un lado, la monopolización y banalización de la política sintetizada en esa nueva clase que hemos sabido dominar los políticos. Banalización que puede rastrearse en discursos políticos descargados de compromisos reales y sometidos al juego de las internas, a obtener un puesto de importante remuneración o regulado por las alzas del riesgo país sin mediar otra consideración sobre la falta de empleo, el estado de la salud, la educación o cuestiones nodales desechadas por ser parte de un pasado populista muy alejado a la entrada al primer mundo que tanto se promulgo. Las preocupaciones políticas centrales quedaban públicamente encerradas en estas cuestiones y signadas por el “no hay alternativa” mientras privadamente la política banal encontraba su punto de apoyo en los sectores más concentrados de la economía para quienes aquella consigna se transformaba en “no hay más alternativa, que la nuestra”.  Sería un error presuponer que el cinismo se adueño de las intenciones de la clase política sin más, es más conveniente vincular esta banalización, por un lado,  con las desarticulaciones de las solidaridades sociales producto de disciplinamiento y derrotas sucesivas que bloquearon cualquier tipo de respuesta colectiva durante estos años hasta la aparición de movimientos de piqueteros y, por otro lado, la contrapartida de este proceso la articulación del bloque dominante en base a puntos centrales del régimen de acumulación. Esta situación se manifestó en un desplazamiento hacia los intereses de estos sectores y una autonomización frente a otros grupos sociales que a la larga significo escamotear los interrogantes que dejaban planteados las políticas implementadas y que ellos mismos no podían responder(ni plantearse) dado los compromisos con su posición. Por otro lado, la relación parcial, esporádica, escurridiza y, en última instancia, de desafección con alguna idea de que la política engloba una participación que tiene que ver con el presente y el destino de los sujetos. Entre la monopolización política y la individualización social se moldeo el espacio político los últimos años. La sedimentación de este espacio bajo las practicas señaladas se desestabiliza con las protestas que marcan en su inicio la caída de dos presidentes. Sin lenguajes ni propuestas convocantes los saqueos y los cacerolazos son en su inmediatez la manifestación, presentación, de un hartazgo social que concentra en los políticos su punto de apoyo. Objetiva y materialmente ellos presentan el nudo gordiano de un sistema político y económico orgánicamente quebrado. Los conflictos entre los sectores dominantes, la profundización de la recesión y la acumulación progresiva de desprestigio de la clase política crearon las condiciones para que transversalmente distintos sectores sociales salgan a las calles.

Esta común presencia publica no puede ocultar  la diversidad de lógicas y sujetos en movilizados. Los sectores más castigados por las sucesivas políticas económicas encontraron en los saqueos el instrumento para resolver sus inmediatas necesidades. En este caso la ruptura esta dada menos por la articulación que por amenaza que significa la salida masiva a expropiar bienes de consumo por parte de una porción considerable de la población. La latencia de esta posibilidad permanente señala hasta que punto el vaciamiento político y la desigualdad social redundan en una precariedad social plagada de justas razones para saquear comercios. Si bien la debilidad política del gobierno, las internas y la agudización de la crisis económica posibilitaron esta salida esporádica las causas más profundas se prolongan en el tiempo. Es en este sentido que los movimientos de piqueteros anteceden a la actual estado de movilización reivindicando sus derechos y denunciado las políticas de exclusión.

El espectro de los sectores medios encontró en los cacerolazos la punta de lanza de la protesta social. Lejos de ser una categoría sociológica clara y homogénea, los hombres y mujeres autodenominados clase media han dibujado en sus trayectorias de movilidad social el mapa que todavía requiere una nueva cartografía. Polarizada cada vez más entre aquellos que han reconvertido su capital cultural, social y económico adecuándose a la transformación  capitalista de la última década y la mayoría que paulatinamente fue desvalorizando cada uno de estos, la clase media aparece recomponiendo sus limites imprecisos y devolviéndose en la protesta una imagen de unidad que solo el consenso inmediato sobre los objetivos hace posible. La ola de protestas permite recobrar en la acción la sensación de interdependencia que en la cotidianeidad se había perdido, las fisuras sociales son recubiertas por la común disposición de actuar en la protesta. El corralito fechado por decreto se sobreimprime a la acumulación de expoliaciones materiales y simbólicas que fueron rompiendo las esperanzas, estimas de sí y proyectos de los sectores medios. El fin de la movilidad social ascendente resquebraja internamente los lazos que unían la posición social y el dominio sobre el fututo. La primera se deteriora y el segundo se pierde aunando la precariedad de una condición social que toma negativamente nuevas formas. El golpe de gracia sobre los ahorros, hipotecas y deudas esta en continuidad con anteriores desmantelamientos de recursos que daban consistencia a la autodefinición sobre el lugar en la sociedad, (Deterioro de la educación, precariedad laboral y disminución de ingresos, contracción del empleo publico). A la crisis económica y política habría que agregarle una crisis de identidad social de los sectores medios que se encuentra manifiesta en una herencia social que no encuentra espacios para realizar los mandatos de clase.     

La común disposición hacia la acción que pretende detener ese proceso de deterioro social  tiene algunas características. 1. sensibilidad antipolítica partidaria que desemboca en un rechazo a toda forma de representación. 2. Transversalidad ideológica. 3. Consensos inmediatos que permiten esta amplitud (contra la clase política, contra los bancos).

El punto de inflexión señalado al comienzo deja como consecuencia la producción de acontecimientos sociales todavía indescifrables desde el análisis. La crisis de hegemonía desatada tiene menos que ver la emergencia clara de una alianza social que impugne las bases de la dominación que con la deserción paulatina, parcial al principio y generalizada en estos momentos, de un abanico amplio de sectores de las políticas estatales. La extensión de conflictos sociales por todo el país con niveles bajos de articulación es síntoma de esta nueva coyuntura. Si, por un lado, la acción política vuelve a las calles buscando intervenir efectivamente en las condiciones de existencia de los sujetos sociales reestableciendo la separación que domino los últimos años entre sociedad y política(como discurso ideológico),  por otro lado, este reencuentro se realiza en una sociedad todavía fragmentada,  todavía fruto de años de repliegue, todavía desconfiada, que sería ingenuo suponer una automática recomposición de la solidaridad social intra e inter clases tras un nuevo proyecto de sociedad. La política que salió y volvió a las calles debe quedarse ahí no solo en los momentos disruptivos de la cotidianeidad sino para reestablecer en el día a día nuevos valores, nuevos sentidos de pertenencia social y lazos de destino colectivo.

Tres notas acerca del presente, o sea, acerca del futuro.

Oscar Sotolanoß

Primera nota. En estos días, en la fiesta de cumpleaños de una muy generosa amiga, charlaba con otro invitado. No nos conocíamos y la conversación, como no es difícil adivinar, transitaba por la crisis actual y por el hoy fácil, rutinario y catártico desuelle de  políticos. A medida que compartíamos más abiertamente nuestras respectivas opiniones mi interlocutor iba mostrando su oposición a cualquier forma de control estatal con argumentos que (como suele ocurrirnos a todos cada vez que pretendemos exponer lo que consideramos argumentos, no creencias) él consideraba racionales y verdaderos: que el control favorece la corrupción, que esa experiencia ya la vivimos, que las coimas a quienes tuvieran a su cargo las funciones de control los harían inútiles, que no se debe atentar contra el derecho individual. Su pensamiento se iba perfilando como más y más marcado por las pautas libremercadistas de los últimos años. Coincidencias parciales acerca de la corrupción se disolvían en desacuerdos de fondo. Para él la convertibilidad no tenía nada que ver con esta crisis, la responsabilidad recaía sobre los políticos corruptos. Para él resultaba imposible pensar la contradicción antagónica entre el derecho individual de las empresas a ganar más (nunca las tasas de ganancia debían ser controladas) y el derecho individual del trabajador a cobrar, por lo menos, un salario digno. Contradicción que se resuelve, argumento que en aquel momento no me interesaba incluir, desde una política y una ética, jamás desde la reivindicación falaz de una libre competencia imposible en período de monopolio. Una idea lleva a la otra y terminamos hablando de la falta de insulina y de la contradicción entre el interés económico de farmacias, droguerías y laboratorios y la vida de los insulino-dependientes. Para mi interlocutor la actitud de los que las venden en dólares, las remarcan o hasta la acaparan era entendible: Si cuando vayan a reponer van a tener que pagar otro precio más caro, ¿porqué van a perder dinero?. Porque la vida de personas depende de ese remedio, exclamé, palabras más, palabras menos, con una ingenuidad y una indignación casi bobas teniendo en cuenta la lógica de mi interlocutor. Yo lo pienso desde mí. Me gusta pensar desde lo que me pasa o creo que haría en una situación así, me contestó con un tono autoreflexivo y pausado con reminiscencias psi.. Yo trataría de no perder, aclaró. ¿Por qué me van a robar la plata del bolsillo?. De garantizar la vida de la gente que necesita la insulina que se ocupe el Estado, no yo- fue lo último que dijo.

La respuesta, creo que muy moderada, me salió del alma: Justamente el estado debe ser fuerte y honesto para establecer controles rigurosos sobre unas cuantas cosas, entre otras, para ponerle límite a tu egoísmo. Esa debería ser una función del Estado, controlar el egoísmo de particulares y empresas- reafirmé.

Por supuesto, la conversación adquirió aquí la suficiente tirantez como para que uno fuese a buscar un choripán a una mesa y el otro una copa de vino a otra, perdiéndonos en diferentes grupos para no terminar a las piñas, y arruinar de este modo la reunión de nuestra común amiga.

Mi interlocutor no era Macri, ni el sobrino de Amalita Fortabat, ni un primo de Roggio o Soldati, ni el hijo  de nuestro ministro de la UIA, ni un directivo del City Bank, ni un asesor de empresas privatizadas, ni Alchourron o cualquier miembro de la Sociedad Rural o la Acción por la República. Ni siquiera el mejor amigo de Jorge Asís. Simplemente un cuentapropista ubicable fácilmente en la franja que quedó capturada por el saqueo financiero. Un ciudadano medio que expresa una forma de pensar hasta hace poco casi única y excluyente que dio sustento para que presidentes y gobernadores pudieran contar siempre con el apoyo más o menos mayoritario de la sociedad de votantes y, el marzo último, Cavallo recogiera (perdonen que despilfarre la riqueza polisémica del lenguaje en una humorada tan obvia, pero surgió así) la esperanza de más de un 50% de argentinos. Este argentino medio, con su convencida reivindicación del egoísmo me hizo transformarme en un discípulo involuntario de Hobbes (El Estado está para poner coto al egoísmo de los seres humanos) y recordar la archirepetida por nosotros tesis de Freud acerca de la función de la cultura para atenuar (en vano) la dimensión mortífera de la pulsión. Pero lo cierto es que lo que mi interlocutor proponía no era la ley de la selva, sino la ley del mercado, que es parecida pero por completo diferente en tanto es profundamente cultural.

La larga referencia a esta cuestión se debe a que nunca como hoy se ha hecho tan necesario, al menos para mí, tratar de buscar respuestas a la antigua pregunta: ¿cómo regular los múltiples egoísmos en una sociedad más justa para todos?. (Espero que esto sea leído con tolerancia toda vez que no hago referencia al narcisismo, la pulsión de muerte o de vida y demás cuestiones o conceptos que nos competen como psicoanalistas. Pero como creo que los conceptos psicoanalíticos no alcanzan para cubrir una situación tan compleja como ésta prefiero no degradarlos con usos a la ligera que, en un aspecto, no agreguen nada y, sí, les hagan perder lo que tienen de fecundo)

La pregunta ¿cómo regular los múltiples egoísmos en una sociedad más justa para todos? exige además hacer otra precisión: regular hoy por hoy la heterogeneidad de egoísmos requiere también enfatizar que en el presente no sólo hay millones de egoísmos individuales, sino fundamentalmente una cultura del egoísmo y una forma de organización de las relaciones económicas y sociales que ha hecho del egoísmo La cultura. ¡Tanto es La cultura! ... que se la proclama natural. La cultura no es el recinto excelso de una verdad que nos salvará si la hallamos sino que la cultura (bajo la forma “civilizatoria” que ha adoptado) es hoy la fuente más peligrosa para el futuro de la especie humana en tanto ser de cultura. No hay conflicto entre pulsión y cultura, sino en el interior de la cultura entre distintas alternativas de ella misma.

Tratemos de seguir estas ideas por los acontecimientos recientes. Es indudable que las movilizaciones populares de los días 19,20 y 29 de diciembre y la del 9 de enero resultan fenómenos inéditos y -tal vez, está por verse- fundantes de una nueva política en la Argentina. Remarco el tal vez, porque multitudes en movimiento no garantizan por sí mismas cual derrotero tomarán. No suscribo las posiciones donde el azar, lo caótico y autoengendrado se oponen a toda determinación. Sin un rescate de niveles de determinación que permiten la predicción relativa y, en ese sentido, una acción planificada abierta a lo incierto, la riqueza de lo complejo lejos de resaltarse se opaca. El movimiento de la cacerolas es indicador de vitalidad, de la salida de un aletargamiento mortífero, pero ¿no es una ilusión vana confiar exclusivamente en la pura dinámica de una llamada espontaneidad de las multitudes arrojadas a la libertad de su furia y desencanto?. En las calles se dieron cita excavallistas traicionados y anticavallistas convencidos, excavallistas hoy partidarios de Solanet y anticavallistas del Frente contra la Pobreza, víctimas del saqueo de sus plazos fijos sólo preocupados por que se los devuelvan  y víctimas de ese mismo saqueo pero más que nada hartos de tanta injusticia generalizada, bancarizados al borde de la insolación hirviendo de rabia ante el maltrato cotidiano y bancarizados casi estuporosos ante la ruptura simbólica que implica este nuevo modo de circulación con tendencia al estancamiento, asalariados que no tienen con qué pagar lo elemental, o cuentapropistas que no tienen cómo hacer funcionar sus magras actividades, militantes que desde hace años alertan sobre las consecuencias letales de estas políticas y radicales que confiaron en estas políticas, peronistas que también confiaron y ahora confían de nuevo (aunque menos) e izquierdistas que anunciaban lo que iba a pasar pero no pudieron hacer que no pasase, estudiantes liberales, peronistas o marxistas y empleados o amas de casa, profesionales y obreros, comerciantes y jubilados, desempleados ya crónicos y desocupados por ahora circunstanciales, empleados en vías de ser desocupados y desocupados en vías de ser parias. Miles de personas enfurecidas. En la mayoría de los casos, con una lecherita de aluminio en una mano y una cuchara de té en la otra, y con piedras o el pedazo de madera que hubieran encontrado cerca, en otro, según hubiera ya empezado la represión o no. (Por supuesto dejo por fuera de este comentario los provocadores ruckaufistas, duhaldistas, del side, de la policía de la provincia o la Federal, o hasta algún neofoquista que pudiera haber creído encontrar en ellos la vanguardia de una revolución inminente) Toda esa heterogénea multitud, con sus individuales egoísmos en el fondo de sus carteras, mochilas o bolsillos, sin embargo se moviliza exigiendo tanto la renuncia de “todos”, como por otro, algo tan abstracto y difícil de definir como ¡justicia! Quizás por eso el reclamo de renuncia de nuestra Corte de Injusticia Suprema fue tan mayoritario en esos momentos y continúa siéndolo. No era una masa tras un líder como suele ser pensada, ni tras una idea consistente, pero sí una multitud tras un ideal, por el momento deletéreo, pero potente si pudiese llegar a encarnarse en formas precisas.  Tal  vez podríamos decir que era una multitud de egoístas tras un ideal no egoísta.

Esa multitud de egoístas tras un ideal no egoísta era movida por diversas fuerzas propias y ajenas, evidentes y subterráneas, conscientes y no conscientes. Nadie puede poner en duda ahora la acción orquestada con vocación de golpe de estado que significaron el comienzo de los saqueos o la sospechosamente libre circulación incendiaria por el congreso o muchos negocios, nadie puede negar la carne podrida de Hadad y su banda “radio 10” anunciando el avance de un barrio sobre el otro con la misma lógica que los coches de la policía de la provincia o de gendarmería iban recorriendo villas y countries haciendo circular el riesgo de un ataque imaginario que, por una lado, retuviese a la gente (armada) en sus barrios y, por otro, promoviese la sensación de caos. Nadie puede negar la feroz lucha de intereses financieros y comerciales en pos de lograr ventajas con una eventual devaluación o una eventual dolarización (De hecho al momento de escribir estas líneas la lucha sigue y no está dicha la última palabra; que se haya devaluado y decretado el fin de la convertibilidad, no quiere decir que ahora no se pueda dolarizar lo devaluado. ¡Desde comienzos de los 90 el modelo fue el sudeste asiático ... con sus sueldos inexistentes!) Junto a estas dimensiones conspirativas evidentes y siempre activas (es un tema a discutir la manera en que desestimar la importancia de la determinación relativa lleva también a desmentir niveles conspirativos que son constantes en toda vida política  -insuficientes para explicar todo pero necesarios para explicar algo-), convivieron las experiencias sociales de protesta y reclamo que desde hace años realizan piqueteros, maestros, estudiantes, estatales, ferroviarios, y todos los que se suman a la luz de los sucesivos y crecientes crímenes e injusticias. Todos individuos que puestos a asociar en el diván del psicoanalista o enfrentados a alguna situación cotidiana extrema no tardarían en mostrar su egoísmo, pero que en un momento histórico particular en el que confluyen fuerzas disímiles y contradictorias, pueden adquirir una generosidad desconocida y tornarse vehículo de una cultura distinta. Cultura de la vida que se oponga a esta cultura de la muerte, podríamos decir con conciencia de la relativa vacuidad y hasta altisonancia de esta manera de formularlo. Ambas culturas atravesadas íntimamente por sus respectivos conflictos internos entre las que llamamos pulsiones de vida y muerte. No se trata de asociar una cultura a una pulsión y otra a la otra. Formularlo así significa perder toda la dimensión de conflicto inherente a la teorización freudiana en este punto. Ambas pulsiones luchan, y moldean en su lucha cada cultura.

En los últimos días he escuchado la idea de que los psicoanalistas o los trabajadores de salud mental nos pongamos a hacer talleres de reflexión para elaborar la situación actual y ayudar a elaborarla a una población traumatizada.  Estos fenómenos son políticos y sociales, participar en ellos supone hacerlo como ciudadanos involucrados no como coordinadores psicosabios.

Desde esa perspectiva la tensión inevitable entre el egoísmo individual y los ideales solidarios y sociales quizás se pueda ir resolviendo (seguramente con altas dosis de dolor, pues los grandes cambios sociales no transcurren según la visión romántica de una epopeya heroica) en las nuevas formas de lazo social que puedan ir construyéndose (las asambleas populares que surgen por doquier son una de ellas)

Formas que no me parece posible que se puedan desarrollar sin rescatar la dimensión política de nuestras prácticas y sin rescatar la política en general.

Segunda Nota. En la conversación antes relatada, la responsabilidad del desastre era atribuida a los políticos corruptos. Esto se repite por doquier. La política es corrupta, hay que acabar con los políticos. Más aún: hay que acabar con la política. Entonces, primer medida: acabar con el gasto político. Disminuyamos el gasto de las instituciones. Bajemos el sueldo de los políticos.

Perdón por el énfasis pero ... ¡qué estupidez! ¡Como si los políticos se enriquecieran por sus abultadísimos sueldos y no por las mucho más abultadísimas coimas que pagan los holdings corruptores! Si un funcionario gana 2000 en vez de 7000, cargará 5000 al próximo palo verde que cobre. Cobrará un palo con cinco. Por otro lado, el otro aspecto del gasto del estado: la burocracia no se resuelve echando a sus agentes sino reciclando de punta a punta su actividad

Es penoso ver cómo todos los sentimientos legítimos de la población contra diversas formas de corrupción han servido en las últimas décadas para destruir todas las formas de organización social que pueden impedir la corrupción. Toda la subjetividad anticorruptora ha servido a los corruptores y fue alimentada por ellos. Las empresas del estado están corrompidas, ¡privaticémoslas!. Los sindicalistas son tránsfugas .... ¡Basta de sindicatos! El parlamento está corrompido .... achiquémoslo. La clase política es de viejos crápulas ... ¡pongamos jóvenes! (Claro, ¡jóvenes!, ¡jóvenes como nosotros! repiten Mauricio Macri, Beliz y los chicos de Franja Morada) Jóvenes y pocos, así los aparatos de los partidos mayoritarios pueden garantizar una mejor manera de hacer entrar su gente y disminuye la de los grupos chicos. El Estado fue incapaz de controlar las tropelías de las empresas, acabemos con el Estado. Toda la cultura antiestatista de los últimos años ha servido a los verdaderos responsables de este desastre ... los intereses del gran capital financiero – tecnológico hiperconcentrado internacional. ¡El problema no es el capitalismo, sino el capitalismo argentino! ¡ Qué bien se vive en el Primer Mundo!, se repite con nostalgia.

 Que el capitalismo serio de allá vive del capitalismo “no serio” de acá, es algo que se olvida siempre. Y que, llegado el caso, su seriedad de allá se pierde en un santiamén, se desconoce aún más. (La caída de la firma Enron allá en el Primero de los primeros mundos o la subida de Bush por una maniobra de la “justicia” electoral que negó la realidad material del sufragio son apenas muestras libres de un sistema que es perverso, según sus peculiares idiosincracias, en todos los rincones del mundo). Esto que decís suena a zurdito me espetaría en una asamblea algún joven que está con la cacerola en la mano puteando contra todos. El acuerdo llega hasta la puteada. Su conciencia está tironeada por el robo que sufre y la subjetividad de la época que propició el robo y que todavía lo domina y seguramente también me domina a mí. Quizás la calle o la asamblea nos permitan disolver prejuicios (difícilmente una reunión social entre vinos y choripanes)  Poner en escala que los errores de muchas organizaciones políticas no tienen nada que ver con la mala fe hecha poder de los partidos del poder. La creación de formas de pensar nuevas exige recuperar de  modo crítico algunas de las formas “clásicas” de la experiencia social. Ese es un desafío de la época. Porque una de los triunfos de la subjetividad del mercado ha sido destruir toda dimensión histórica de las experiencias sociales vividas en el mundo, con sus vicios y virtudes. Han pretendido que lleguemos al fin de la historia haciendo que reneguemos de ella.

Porque creo que todos estamos más o menos tomados por la subjetividad de la época en que se propició el robo es que recuperar las discusiones implica descubrir cuánta subjetividad del mercado triunfante hay en nuestra subjetividad ciudadana. Implica también poner en caución tantas afirmaciones mediáticas que nos invaden y que tenemos incorporadas sin saberlo incluso en nuestros modos críticos.

Tercera nota. Muchos hemos leído y escuchado con preocupación un cierto tono de desprecio hacia la gente que salió en los cacerolazos a partir el origen social de los manifestantes. Por ejemplo, al joven que me pudo haber tildado de zurdito, podría descalificarlo por sus zapatillas Reebok, su remera de Cancún y sus carpinteros a la moda. Pareciera ser que los pequeños ahorros de los que salieron, sus gustos tilingos, sus ropas de marca, los invalidan. No discutiríamos el enunciado posible: discrepo con tal o cual idea de izquierda, sino que respondo a una desautorización del sujeto: zurdito, con otra desautorización en espejo: chetito ¿porqué no saliste antes?.

 Se le reprocha a la clase media que no ha salido antes porque antes no les tocaron los propios bolsillos. ¿Acaso no es siempre así? Por qué se movilizan los distintos miembros de una sociedad sino por sus intereses. Ese es un precepto básico del pensamiento marxista. La clase media por sus magros ahorros, la clase obrera por un mejor sueldo, los desocupados por un plan trabajar. El obrerismo hace perder de vista que muchos cuadros “obreros” de la historia mundial salieron de las clases medias o hasta burguesas (recordemos sino a Engels) y que mucho fascista ha dado el proletariado. La clase obrera “en si” y “para sí” no son categorías de museo. Saber interpretar esos intereses materiales sería una buena tarea para quienes se reclaman vanguardia.  Excepto los cuadros políticos con formación y una elección de vida en este sentido, la mayoría de las gentes piensa en el asadito del domingo, ir al cine, encontrarse con amigos, abrir un negocio, dedicarse al arte, al deporte, a la ciencia, hacerse de un amor en un boliche, en un bar o por la calle, llegar al beso o al lecho, irse a la cancha el domingo y hasta juntar ahorros para una vejez tranquila. Ser un militante político, y con esto no hablo de esta runfla de gansters que hoy se han apoderado de ella, hablo de quienes han hecho de la lucha política el centro de su vida, de su pasión y de su compromiso, no otorga carnet de santo que permita mirar desde el cielo a los mediocres mortales. Es una actividad meritoria, pero nunca un salvoconducto con sello de virtuoso. La política maneja la vida, el hombre es un animal político, pero esto no hace que las personas se interesen siempre por la política. En definitiva, también somos seres biológicos con un fundamento físico químico imprescindible para nuestra existencia pero no todos somos biólogos, físicos o químicos. La poesía es esencial para la vida pero no todos se dedican en garrapatear versos en servilletas de bares. El reconocimiento de la diversidad es la condición de la comprensión de la complejidad, complejidad siempre atravesada por contradicciones diversas, algunas superables, otras antagónicas. ¿Cómo pretender construir una política que aspire a un mundo mejor sin abandonar los altares del autoendiosiamiento? ¿ Es posible hacerlo? Tal vez así se podría comprender en serio que las clases medias, los sectores obreros y los desocupados, son hoy por hoy, los únicos que pueden tener un interés real que este país salga adelante. En definitiva, los obreros quieren vivir mejor y la clase media no quiere vivir peor, mientras los inmensamente ricos logran poner a unos contra otros en nombre de que el que gana cinco mil no tiene derecho a hacerlo porque hay muchos que ganan nada más que ciento cincuenta (Diferencia enorme e injusta, es cierto). Lo que se oculta es que hay unos pocos que ganan diez mil, pero ¡por día!. Ese es verdadero enemigo, esa es la verdadera injusticia, lo demás es guerra entre explotados muy pobres o apenas ricos, pero siempre explotados. Ser muy pobre no es una virtud, es una desgracia. Ser consciente, no es una mérito, es una suerte ... que no nos ahorra el dolor. En definitiva, ni siquiera nuestras mayores virtudes son un mérito personal, sino el fruto de la convergencia relativamente aleatoria de infinidad de factores que a lo la largo de nuestra existencia nos han ido forjando sin que lo sepamos. Nuestros méritos nunca nos harán virtuosos, a lo sumo, afortunados. No es una virtud saber la historia de las revoluciones francesa, rusa, china y cubana, ni es un defecto no saberlos, tan solo una suerte para uno que podrá contar con más herramientas para pensar y una desgracia para otro que tendrá menos elementos para reconocer las mentiras en el discurso de Grondona. En definitiva, casi toda la sociedad (en todas sus clases) vio con esperanza esta expropiación masiva del país que se llamó convertibilidad y privatizaciones.

Ojalá que una política se pudiera construir desde esa posición. Me surge montones de contraargumentos que ponen en duda la viabilidad de esa perspectiva, pero la creo (temo que la necesito) necesaria para incluir en cualquier proyecto que pretenda transformaciones políticas serias. Si no, el “zurdito” del joven y mi “chetito” de réplica van a ser contemplados con una sonrisa soberbia por el banquero de la zona que gozará de nuestra discusión mientras estudia que más tiene para remesar a su casa matriz.

Quizás sea una utopía. Pero como dice Eduardo Muller, hay que construir una topía de las utopías.



* Presidente de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas, FISYP. Profesor titular de Economía Política en la Facultad de Derecho de la Universidad de Rosario.

* Vice-presidenta de la FISYP. Profesora de Teoría del Estado, UBA.

* Secretario de la FISyP. Profesor Teoría del Estado-UBA.

[1] Notas del 23 de diciembre de 2001.

[2] OCA es una empresa de correos que supo pertenecer al cuestionado empresario Alfredo Yabrán, muy relacionado al presidente Menem, y hoy es propiedad del Exxel Group, conglomerado de dudosa titularidad e incierto manejo, al que múltiples versiones relacionan asimismo con el presidente Menem.

[3] Notas del 31 de diciembre 2001.

[4] Notas del 3 de enero de 2002.

[5] El desprestigio con el que los militares abandonaron el poder en 1983, luego de la dictadura criminal y la derrota militar en Malvinas, la posterior condena judicial y sobre todo popular por los crímenes, los procesos abiertos hasta la actualidad, en el país y en el exterior, vuelven inconcebible el generar un mínimo consenso para su retorno al gobierno.

[6] Comentario escrito el día 29/01/2002

[7] La perdida de legitimidad de la dirigencia sindical, no por más antigua y casi ‘naturalizada’, deja de ser tan profunda como la de los ‘políticos’.

* Miembro de la FISyP. Docente e investigador de la UNSAM/UBA

[8] Esta sección se alimenta de aportes realizados por compañeros de la FYSyP, especialmente Julio Gambina, Beatriz Rajland y Daniel Campione en el debate de coyuntura sostenido a propósito de los hechos que estamos comentando.

[9] En efecto, a pesar de la remanida segmentación entre “izquierdas políticas” e “izquierdas sociales”, y contra todo intento de idealización de una u otra, coexisten en este movimiento todos los partidos de izquierda, y organizaciones sociales no partidarias y antipartidarias inclusive. También hay distintos proyectos sobre los alcances del movimiento: para algunos de sus miembros, se trata de asegurar con la movilización ciertas medidas de protección mínima frente al modelo; para otros es el trampolín a la lucha por el socialismo a lo que deberán agregarse una amplia gama de variantes intermedias.

[10] Por motivos que exceden los límites de esta nota, es oportuno señalar la coexistencia de diversos proyectos al interior de la CTA y del propio Frenapo. La hegemonía la tienen hasta ahora quienes han sostenido una suerte de “parlamentarización” de la política desarrollada por ese espacio. En lugar de la lucha en las calles, las universidades, las fábricas, etc., se ha privilegiado una construcción de superestructuras y la presencia en los medios de comunicación. Es probable que se abra –tras los acontecimientos de este diciembre- un fuerte debate sobre la política que deberá implementar tanto la Central como el Frenapo frente al desarrollo de la movilización popular.

* Miembro de la FISyP. Licenciado en Sociología.

[11] Esta delegación no es algo novedoso. Ya en los orígenes de la teoría de la representación política, estas facultades eran definidas como la defensa de la vida y de la propiedad privada, que los individuos delegaban en el Estado Guardián. Más allá de las diferencias conceptuales, distintos autores de los siglos XVIII y XIX como Hobbes, Locke, Sieyés, Tocqueville, Jefferson y otros, coincidían en la necesidad de que el gobierno representativo sólo debía limitarse a estas funciones, mientras los individuos se abocaban a la búsqueda de la felicidad individual a través del comercio, la industria, las artes, etc. Por lo demás, es inseparable el origen de esta teoría con la emergencia del capitalismo y las necesidades de aquella nueva clase, la burguesía. Más tarde en el siglo XX esta concepción se fue modificando (o, mejor dicho, completando) y el Estado se vio forzado a asumir también otras funciones, el Estado Guardián se convirtió en el Estado de Bienestar, que ya no sólo debía garantizar la vida de los individuos y la propiedad privada sino también (en tanto son derechos humanos) la educación, la salud, el trabajo, etc. Como tales se hallan consagrados en las Constituciones de todos los países occidentales. En la mayoría de ellos, sin embargo, son letra muerta.

[12] Esta asamblea constituye un espacio de articulación entre las diferentes expresiones organizadas del campo popular, principalmente la Central de Trabajadores Argentinos (de hegemonía socialcristiana) y la Corriente Clasista Combativa (de orientación maoísta). También participan de ella distintos partidos de izquierda, organizaciones territoriales, estudiantiles, y otros. Este espacio de unidad en la acción presenta sin embargo profundas diferencias en cuanto a los proyectos políticos que allí se disputan.

[13] Diversas encuestas difundidas en los medios de comunicación daban cuenta de que los ciudadanos seguían creyendo en el sistema democrático representativo (al que se desvinculaba de la “clase política”) como el mal menor frente a otras alternativas de gobierno.

[14] Incluso algunos importantes comunicadores y formadores de opinión pública como Daniel Haddad y Bernardo Neustadt hicieron campaña por el voto en blanco y anulado.

[15] Existe un importante proceso de lucha que en los últimos años llevan adelante distintas organizaciones políticas y movimientos de desocupados en el conurbano bonaerense, que buscan darle también una perspectiva política a la lucha de los pobres por las reivindicaciones inmediatas. Pero está claro que el saqueo de los supermercados no estuvo organizado por estos movimientos, y no es probable que hayan implicado un “salto político” en el nivel de organización de las masas. En realidad, los saqueos surgieron a partir de una mezcla de espontaneidad y agitación por parte de los punteros del PJ y se agotaron en sí mismos tan pronto dejaron de ser funcionales a las pretensiones presidencialistas de este partido, que los promovió con el objetivo de derribar a De La Rua, y los cortó de cuajo a través de operaciones de la policía y los punteros más tarde. Un dato más: distintas organizaciones de desocupados se juntaron de urgencia los día de los saqueos, y en asambleas con voto dividido se decidió no participar de los mismos.

[16] En la historia del país, pocas consignas como las expresadas aquellos días 19 y 20 (“Fuera De la Rua y Cavallo”) han tenido tanto consenso en todos los sectores de la sociedad argentina.

[17] Cacerola en mano, un hombre exigía a viva voz “que se vayan todos los políticos”, y expresaba a continuación su deseo de que “nos gobiernen los notables...”. Otro hombre opinaba que “acá hay que hacer un recambio, deberían gobernarnos los empresarios jóvenes...”.

 

* Miembro de la Fisyp

ß Psicoanalista y escritor.