El
descontento con la globalización
Los
acontecimientos del 11 de septiembre produjeron una alianza global contra el
terrorismo.
Lo que ahora necesitamos no es sólo una alianza contra el mal, sino una alianza
en pro de algo positivo: una alianza global para reducir la pobreza y crear un
mejor ambiente, para crear una sociedad global con más justicia social
Joseph E. Stiglitz*
Pocos
temas han polarizado tanto las opiniones en todo el mundo como la globalización.
Algunos la ven como el camino del futuro, que traerá prosperidad sin precedente
a todos en todas partes. Otros, simbolizados por los manifestantes de Seattle en
diciembre de 1999, la consideran fuente de incontables problemas, desde la
destrucción de las culturas nacionales hasta el creciente empobrecimiento. En
este artículo me propongo dilucidar los diferentes significados del término.
En muchos países la globalización ha acarreado enormes beneficios a unos
cuantos y unos cuantos beneficios a casi todos. En unas cuantas naciones, ha traído
enormes beneficios a muchos. ¿Por qué se ha dado tal diversidad de
experiencias? La respuesta es que la globalización tiene significados distintos
en diferentes lugares.
Las
naciones que han manejado la globalización por sí mismas, como las del este de
Asia, se han asegurado en términos generales de obtener grandes beneficios y de
distribuirlos con equidad; estuvieron en condiciones de controlar los términos
en que se involucraron en la economía global. En contraste, las naciones que
han dejado que la globalización les sea manejada por el Fondo Monetario
Internacional (FMI) y otras instituciones económicas internacionales no han
obtenido tan buenos resultados. El problema, por lo tanto, no reside en la
globalización en sí, sino en la forma de manejarla.
Las
instituciones financieras internacionales han impulsado una ideología
particular -fundamentalismo del mercado- que no es buena ni como política ni
como economía; se basa en premisas relativas al funcionamiento de los mercados
que no se sostienen ni en los países desarrollados, mucho menos en naciones en
desarrollo. El FMI ha postulado estas políticas económicas sin adoptar una
visión más amplia de la sociedad ni de la función de la economía en la
sociedad. Y las ha impuesto en formas que han socavado las democracias
emergentes.
En
términos más generales, la globalización como tal ha sido manejada mediante
procedimientos antidemocráticos y desventajosos para las naciones en
desarrollo, en especial las que son pobres. Los manifestantes de Seattle
denunciaban la ausencia de democracia y de transparencia, el manejo de las
instituciones económicas internacionales por parte y para beneficio de
intereseses corporativos y financieros, y la ausencia de controles y contrapesos
democráticos que garanticen que esas instituciones públicas e
informales sirvan al interés general. En esas quejas hay más que un grano de
verdad.
GLOBALIZACION
BENÉFICA
De
todos los países, los del este de Asia han crecido más rápido y han hecho más
por reducir la pobreza. Y lo han hecho, resaltémoslo, vía "globalización".
Su crecimiento se ha basado en las exportaciones, aprovechando el mercado global
de exportaciones y cerrando la brecha tecnológica. Las diferencias que separan
a los países desarrollados de los menos desarrollados no son sólo de capital y
otros recursos, sino de conocimiento. Los países esteasiáticos aprovecharon la
"globalización del conocimiento" para reducir estas disparidades. Sin
embargo, mientras algunos países de la región crecieron abriéndose a las
compañías trasnacionales, otras, como Corea y Taiwán, crecieron creando
empresas propias. Esta es la distinción clave: algunos de los países que han
tenido mayor éxito en la globalización determinaron su propio ritmo de
crecimiento; cada una se aseguró al crecer de que los beneficios se
distribuyeran con equidad y rechazó las presunciones básicas del
"consenso de Washington", que postulaban una intervención mínima del
gobierno y una rápida privatización y liberalización.
En
el este de Asia, el gobierno asumió un papel activo en el manejo de la economía.
La industria del acero que creó el gobierno coreano se contó entre las más
eficientes del mundo, con un desempeño que excedió con mucho el de sus rivales
de Estados Unidos (las cuales, aunque de capital privado, se vuelven
continuamente hacia el gobierno en demanda de protección y subsidios). Los
mercados financieros estaban sumamente reglamentados. Mi investigación muestra
que esas reglamentaciones estimulaban el crecimiento. Sólo cuando esos países
redujeron regulaciones, bajo presión del Tesoro de Estados Unidos y el FMI,
surgieron las dificultades.
Durante
los decenios de 1960, 1970 y 1980, las economías esteasiáticas no sólo
crecieron con rapidez, sino gozaron de notable estabilidad. Dos de los países más
afectados por las crisis económicas de 1997-1998 no habían tenido un solo año
de crecimiento negativo en las tres décadas anteriores, y dos sólo tuvieron
uno, lo cual constituye un desempeño mucho mejor que el de Estados Unidos y
otras naciones ricas que forman la Organización para la Cooperación y el
Desarrollo Económico (OCDE). El factor de mayor peso en los problemas que
varias naciones esteasiáticas sufrieron a fines de la década de 1990 ?la
crisis del este de Asia? fue la rápida liberalización de los mercados
financieros y de capitales. En pocas palabras, los países esteasiáticos se
beneficiaron de la globalización porque la hicieron trabajar en su favor; pero
cuando sucumbieron a las presiones del exterior se encontraron con dificultades
que estaban más allá de su capacidad de manejarlas adecuadamente.
La
globalización puede producir inmensos beneficios. En el mundo desarrollado, la
globalización del conocimiento ha traído mejoras en la salud y una rápida
expansión de las expectativas de vida. ¿Cómo se puede poner precio a estos
beneficios? Y existen otros: asistimos actualmente al nacimiento de una sociedad
civil globalizada que comienza a tener éxito con reformas tales como el Tratado
de Prohibición de Minas Personales y la condonación de la deuda de las
naciones más pobres (el movimiento Jubileo). El propio movimiento
antiglobalizador no habría sido posible sin la globalización.
EL
LADO OSCURO
¿Cómo
es, entonces, que una tendencia que tiene tantos beneficios potenciales ha
producido tanta oposición? Sencillamente porque no sólo no ha rendido ese
potencial, sino que con frecuencia ha tenido efectos muy adversos. Pero esto nos
obliga a preguntar: ¿por qué ha tenido esos efectos? La respuesta puede verse
al examinar cada uno de los elementos económicos de la globalización según la
pretenden las instituciones financieras internacionales, en particular el FMI.
Los
efectos más negativos han surgido de la liberalización de los mercados
financieros y de capital, la cual ha planteado a los países en desarrollo
riesgos sin beneficios compensatorios. La liberalización los ha convertido en
presas del dinero caliente que fluye hacia el país, crea bonanzas
especulativas y de pronto, al cambiar el sentimiento del inversionista, se
marcha y deja una estela de devastación económica. Al principio el FMI
afirmaba que estas naciones recibían su merecido por aplicar políticas económicas
incorrectas, pero, a medida que la crisis se extendía de país en país, hasta
aquéllos a los que el organismo concedía altas calificaciones sufrieron los
estragos.
El
FMI habla a menudo de la importancia de la disciplina que proporcionan los
mercados de dinero. Con ello exhibe cierto paternalismo, una nueva forma de la
vieja mentalidad colonial: "nosotros los del establishment, nosotros
los del Norte, que manejamos nuestros mercados de capitales, sabemos más que
ustedes: hagan lo que les decimos y prosperarán". La arrogancia es
ofensiva, pero la objeción va más allá del estilo. Se trata de una postura
altamente antidemocrática: lleva implícita la idea de que la democracia por sí
misma no produce disciplina suficiente. Pero si uno acepta que una fuente
externa lo discipline, pues busca a alguien que sirva para ello, que sepa lo que
es bueno para crecer y comparta sus propios valores. Uno no busca un capataz
arbitrario y caprichoso que un día elogia sus virtudes y al otro lo regaña por
ser corrupto hasta la médula. Los mercados de capital son ese capataz voluble:
incluso sus ardientes partidarios critican sus arranques de exuberancia
irracional seguidos de un pesimismo igualmente irracional.
LECCIONES
DE LA CRISIS
En
ningún momento fue más evidente esa volubilidad que en la crisis financiera
global. Históricamente, la mayoría de las perturbaciones en los flujos de
capital en un país determinado no son resultado de factores internos, sino que
surgen de influencias externas. Cuando Argentina se encontró de pronto con
altas tasas de interés en 1998, no fue a causa de lo que hubiera hecho, sino de
lo que ocurrió en Rusia. No se puede culpar a Argentina de la crisis rusa.
A
las naciones pequeñas en desarrollo les resulta virtualmente imposible resistir
esta volatilidad. He descrito la liberalización de los mercados de capitales
con una metáfora simple: los países pequeños son como embarcaciones pequeñas.
Liberalizar los mercados de capitales es como dejarlos a la deriva en un mar
embravecido. Aun si el capitán es hábil, aun si la embarcación es sólida, es
probable que una marejada la golpee por la borda y la haga volcar. Pero el FMI
empujó las embarcaciones hacia las aguas más turbulentas sin que estuvieran
listas para navegar, con capitanes y tripulantes bisoños y sin salvavidas. ¡Qué
de raro tiene que las cosas hayan resultado tan mal!
Para
ver por qué es importante escoger para disciplinarse a alguien que comparta los
valores propios, pensemos en un mundo en que hubiese libre movilidad de mano de
obra calificada. Esa mano de obra brindaría disciplina. Actualmente, si un país
no trata bien al capital, éste se retira con rapidez; en un mundo con libre
movilidad de trabajadores, si un país no tratara bien a la mano de obra
calificada, ésta también se marcharía. Los trabajadores se preocuparían por
la calidad de la educación para sus hijos y la atención en salud para su
familia, la calidad del medio ambiente y de sus salarios y condiciones
laborales. Dirían al gobierno: si no nos proporcionas esos beneficios
esenciales, nos iremos a otra parte. Sería, en suma, algo muy diferente a la
disciplina que proporciona el libre flujo de capitales.
La
liberalización de los mercados de capitales no ha producido crecimiento: ¿cómo
se pueden instalar fábricas o crear empleos con dinero que entra y sale de un
país de la noche a la mañana? Y cada vez se pone peor: la prudencia aconseja
que las naciones cuenten con reservas monetarias equivalentes al monto de su
deuda a corto plazo, de modo que si una empresa de un país pobre pide prestados
100 millones de dólares a corto plazo a un banco estadunidense, a una tasa
digamos de 20 por ciento, el gobierno debe apartar una cantidad correspondiente.
Pero cuando pide prestado paga una alta tasa de interés, 20 por ciento,
mientras que cuando presta recibe una tasa baja, alrededor de 4 por ciento. Esto
puede resultar excelente para Estados Unidos, pero malamente puede contribuir al
crecimiento de un país pobre. Existe también un alto costo de las reservas en
términos de oportunidad: el dinero estaría mucho mejor empleado en
construir caminos, escuelas o clínicas. En cambio el país se ve obligado a
hacer lo que en términos prácticos es un préstamo a Estados Unidos.
Tailandia
ilustra las verdaderas ironías de tales políticas: allí el libre mercado
condujo a inversiones en edificios de oficinas desocupados, privando a otros
sectores, como educación y transporte, de recursos que mucho necesitaban.
Mientras el FMI y Estados Unidos no se hicieron presentes, el país restringía
los préstamos bancarios para la especulación en bienes raíces. Los
tailandeses conocían la historia: tales préstamos son parte esencial del ciclo
de bonanza y decadencia que ha caracterizado al capitalismo durante 200 años.
Querían asegurarse de que el escaso capital disponible se destinara a crear
empleos. Pero el FMI vetó esta intervención en el mercado libre: si el mercado
libre ordenaba "construyan edificios de oficinas que no se van a
ocupar", eso había que hacer. El mercado sabía más que cualquier burócrata
que equivocadamente pudiera pensar que quizá fuese mejor construir fábricas o
escuelas.
LOS
COSTOS DE LA VOLATILIDAD
La
liberalización de los mercados de capitales viene acompañada inevitablemente
de una enorme volatilidad, la cual impide el crecimiento e incrementa la
pobreza. Aumenta los riesgos de invertir en el país, y por tanto los
inversionistas exigen un bono de riesgo en forma de utilidades mayores que las
normales. No sólo no se estimula el crecimiento, sino que se expande la pobreza
por varios canales. La alta volatilidad incrementa la probabilidad de
recesiones, y los pobres son siempre quienes llevan la peor parte de tales
decaimientos. Incluso en los países desarrollados son débiles o inexistentes
las redes de seguridad para quienes trabajan por su cuenta o en el sector rural;
pero en los países en desarrollo ésos son los sectores dominantes. Sin redes
de seguridad adecuadas, las recesiones que son consecuencia de la liberalización
de los mercados de capitales conducen al empobrecimiento. En nombre de la
disciplina presupuestaria y de la tranquilidad de los inversionistas, el FMI
exige invariablemente reducir el gasto gubernamental, lo cual produce como
consecuencia casi inevitable recortes en los sistemas de redes de seguridad, de
por sí endebles.
Las
cosas son peores aún, porque conforme a las doctrinas de la "disciplina de
los mercados de capitales", si los países tratan de gravar el capital, éste
huye. Por consiguiente, las doctrinas del FMI conducen invariablemente a un
incremento en las cargas impositivas de los pobres y la clase media. Así,
mientras las garantías del fondo permiten a los ricos sacar su dinero en los términos
más favorables (a tasas de cambio sobrevaluadas), la carga de pagar los préstamos
recae sobre los trabajadores que se quedan en los países.
Si
hago hincapié en la liberalización de los mercados de capitales es por lo
apremiante que resulta oponerse a ella y a la forma en que la impone el FMI.
Ilustra lo que puede resultar dañino de la globalización. Aun economistas como
Jagdish Bhagwati, decididos partidarios del mercado libre, se dan cuenta de la
locura de liberalizar los mercados de capitales. A últimas fechas parece que
también el fondo se ha percatado de ella ?al menos en su retórica oficial,
aunque no en sus políticas?, pero demasiado tarde para todas las naciones que
han sufrido tanto por aplicar sus recetas.
Si
bien hay razones importantes para apoyar la liberalización del comercio ?cuando
se realiza de manera apropiada?, la forma en que el FMI la impulsa ha resultado
problemática en extremo. La lógica esencial es simple: se supone que la
liberalización comercial propicia que los recursos se trasladen de sectores
ineficientes que han gozado de protección gubernamental a sectores exportadores
más eficientes. El problema no es sólo que se destruyen plazas laborales antes
que se creen otras ?con el desempleo y la pobreza consecuentes?, sino que los
"programas de ajuste estructural" del fondo (diseñados con la intención,
según se dice, de dar seguridad a los inversionistas globales) vuelven casi
imposible crear empleos, pues a menudo vienen acompañados de altas tasas de
interés, justificadas con un énfasis único en contener la inflación. A veces
esa preocupación es merecida, pero con frecuencia se lleva al extremo. En
Estados Unidos nos preocupa que incrementos pequeños en las tasas de interés
desestimulen la inversión; pues bien, el FMI ha presionado por tasas mucho más
altas en países que cuentan con un ambiente mucho menos favorable para
invertir. Las tasas altas de interés significan que no se crearán nuevas
empresas y em-pleos. Lo que ocurre es que la liberalización comercial, en vez
de trasladar a trabajadores de empleos poco productivos a otros de alta
productividad, los lleva de empleos poco productivos al desempleo. Más que
impulsar el crecimiento, el efecto es incrementar la pobreza. Para empeorar las
cosas, la injusta agenda de la liberalización comercial obliga a los países
pobres a competir con la agricultura estadunidense o europea, que recibe
cuantiosos subsidios.
MANEJO
DE LA GLOBALIZACION
A
medida que la economía de mercado madura en los países, se ha reconocido cada
vez más la importancia de establecer reglas para gobernarla. Hace 150 años,
muchos países experimentaban un proceso interno que era en ciertas formas análogo
a la globalización. En Estados Unidos, el gobierno promovió la formación de
la economía nacional, la construcción de vías férreas y el desarrollo del
telégrafo, todo lo cual redujo los costos de transporte y comunicación dentro
del país. El gobierno electo en forma democrática vigilaba este proceso,
supervisando y regulando, equilibrando intereses, amortiguando las crisis y
limitando las consecuencias adversas de un cambio tan enorme en la estructura
económica. Así, por ejemplo, en 1863 instituyó la primera autoridad
reguladora de la banca y las finanzas ?la Oficina del Contralor de la Moneda?,
porque era muy importante contar con bancos nacionales fuertes, y eso requería
de reglamentaciones estrictas.
Estados
Unidos, una de las democracias industriales menos estatistas, adoptó otras políticas.
La agricultura, ocupación central del país a mediados del siglo xix, estaba
fundamentada en la ley Morrill de 1862, la cual establecía programas de
investigación, extensión y enseñanza. Ese sistema funcionó extremadamente
bien y se le acredita haber tenido un papel toral en los enormes incrementos de
la productividad agrícola ocurridos en el pasado siglo y medio. Se instauraron
políticas para otras industrias en ciernes, entre ellas la radiodifusión y la
aviación civil. La industria de las telecomunicaciones, con la primera línea
de telégrafo entre Baltimore y Washingon, fue fundada por el gobierno federal.
Y es una tradición que ha continuado, con la fundación de la Internet por
parte del gobierno federal.
En
contraste, en el actual proceso de globalización tenemos un sistema que llamo
manejo global sin gobierno global. Instituciones como la Organización Mundial
de Comercio, el FMI, el Banco Mundial y otras conforman un sistema ad hoc
de manejo global, pero está muy lejos de ser un gobierno global y carece de un
mecanismo democrático de rendición de cuentas. Tal situación no sólo induce
a preguntarse si no se estarán tirando por la borda valores importantes, sino
que ni siquiera fomenta el crecimiento en tanto instaura un poder alternativo.
MANEJO
POR IDEOLOGIA
Consideremos
el contraste entre la forma en que se toman las decisiones económicas en
Estados Unidos y en las instituciones económicas internacionales. Las
decisiones económicas del gobierno estadunidense se toman en buena medida en el
Consejo Económico Nacional, formado por el secretario del Trabajo, el de
Comercio, el presidente del Consejo de Asesores Económicos, el secretario del
Tesoro, el procurador general asistente en materia antimonopólica y el
representante comercial. El Tesoro representa un solo voto y con frecuencia
pierde las votaciones. Todos estos funcionarios, por supuesto, forman parte de
un Poder Ejecutivo que responde ante el Congreso y ante los electores. En la
arena internacional, en cambio, sólo se escuchan las voces de la comunidad
financiera. El FMI responde a los ministros de finanzas y a los gobernadores de
los bancos centrales, y uno de los aspectos básicos de su agenda es dar mayor
independencia a esos bancos, lo cual significa hacerlos menos responsables en términos
de democracia. Poco importaría si el FMI sólo se ocupara de asuntos relevantes
para la comunidad financiera, pongamos por caso la aprobación de cheques, pero
de hecho sus políticas afectan todos los aspectos de la vida. Obliga a los países
a aplicar estrictas medidas monetarias y fiscales; evalúa el equilibrio entre
empleo e inflación y siempre da más peso a la inflación que a los empleos.
El
problema de que el FMI ?y por tanto la comunidad financiera? ponga las reglas
del juego no es sólo cuestión de valores (aunque eso es importante), sino
también de ideología. Predomina la visión del mundo de la comunidad
financiera, pese a que está apoyada por muy pocas evidencias. De hecho,
mantiene con tal fuerza sus creencias sobre temas claves, que le parece
innecesario darles sustento teórico y empírico.
Recordemos
otra vez la posición del FMI en cuanto a la liberalización de los mercados de
capitales. Como se indicó, el fondo impulsó un conjunto de políticas que
expusieron a los países a graves riesgos. Uno hubiera creído, dada la
evidencia de los costos, que el organismo tendría montones de pruebas de que
las políticas también rindieron algún buen resultado. En realidad no hubo
tales pruebas: todos los indicios mostraban escasos efectos en el crecimiento,
si es que los hubo. La ideología permitió a los directivos del fondo no sólo
hacer caso omiso de la ausencia de beneficios, sino aun pasar por alto los
enormes costos impuestos a las naciones.
INJUSTA
AGENDA COMERCIAL
La
agenda de la liberalización comercial ha sido fijada por el Norte o, más
exactamente, por intereses especiales del Norte. En consecuencia, una parte
desproporcionada de las ganancias ha ido a dar a los países industriales
avanzados, y en algunos casos las naciones menos desarrolladas han salido
perdiendo. Después de la última ronda de negociaciones comerciales, la Ronda
Uruguay, que terminó en 1994, el Banco Mundial calculó las pérdidas y
ganancias de cada región del mundo. Estados Unidos y Europa tuvieron enormes
ganancias; en cambio, Africa subsahariana, la región más pobre del mundo, tuvo
pérdidas de alrededor de 2 por ciento por efecto de los términos acordados:
las negociaciones abrieron sus mercados a bienes manufacturados en los países
industriales, pero no abrieron los mercados europeo y estadunidense a los
productos agrícolas en los que las naciones pobres a menudo tienen ventaja
competitiva. El acuerdo comercial tampoco eliminó los subsidios a la
agricultura que dificultan tanto la competencia a los países en desarrollo.
Las
negociaciones de Estados Unidos con China relativas a la admisión de ésta en
la Organización Mundial de Comercio mostraron una doble moral que rayó en lo
surrealista. El representante comercial estadunidense, que condujo la negociación,
comenzó insistiendo en que China era un país desarrollado. A los países en
desarrollo se les permite un periodo de transición más largo, durante el cual
pueden aplicar subsidios estatales y otras excepciones a las severas reglas de
la organización. China desearía sin duda ser un país desarrollado, con
ingresos per cápita como los de Occidente y, como tiene gran número de cápitas,
es posible multiplicar un gran número de personas por promedios de ingreso muy
pequeños y concluir que es una gran economía. Sin embargo, no sólo es un país
en desarrollo, sino además una economía de bajos ingresos. Pese a ello Estados
Unidos insistió en que recibiera trato de país desarrollado. China accedió a
tal ficción, y la negociación se llevó tanto tiempo que obtuvo cierto tiempo
adicional para hacer ajustes. La verdadera hipocresía se reveló cuando los
negociadores estadunidenses pidieron que se le concediera estatus de país en
desarrollo para dar tiempo a Estados Unidos de proteger su industria textil.
Las
negociaciones comerciales en las industrias de servicio también ilustran la
dispareja superficie del campo de juego. ¿Cuáles fueron las industrias de
servicio que Estados Unidos calificó de muy importantes? Las de
servicios financieros, en las cuales Wall Street tiene ventaja comparativa. La
construcción y los servicios marítimos no se incluyeron en la agenda, porque
en esos rubros la ventaja comparativa sería para los países en desarrollo.
Considérense
también los derechos de propiedad intelectual, que son importantes para
estimular a los innovadores (aunque muchos abogados corporativos de la propiedad
intelectual exageran su importancia sin tomar en cuenta que buena parte de las
investigaciones más importantes, como las que se realizan en ciencia y matemáticas,
no son patentables). En esos derechos, como son patentes y marcas, se necesita
equilibrar los intereses de los productores con los de los usuarios, que no sólo
son los de naciones en desarrollo, sino también los investigadores en países
desarrollados. Si damos baja rentabilidad al inventor, frenamos la invención;
si imponemos un precio demasiado alto a la comunidad de investigación y al
usuario final, retardamos la difusión de las innovaciones y sus efectos benéficos
en el nivel de vida.
En
las etapas finales de las negociaciones en Uruguay, tanto la Oficina de Políticas
sobre Ciencia y Tecnología de la Casa Blanca como el Consejo de Asesores Económicos
expresaron preocupación de que no se hubiese logrado un equilibrio correcto, es
decir, que se hubieran puesto los intereses de los productores por encima de los
de los usuarios. Les inquietaba que ese desequilibrio llegara a obstruir el
ritmo del progreso y la innovación. Después de todo, el conocimiento es el
elemento más importante de la investigación, y fortalecer los derechos de
propiedad intelectual puede incrementar el precio de ese elemento. También les
preocupaban las consecuencias de negar a los pobres medicamentos que pueden
salvar la vida. Más tarde, este asunto cobró atención internacional en el
contexto del suministro de medicamentos para enfermos de sida en Sudáfrica. La
indignación internacional forzó a las compañías farmacéuticas a retroceder,
y parece ser que en adelante se circunscribirán las consecuencias más
adversas. Vale la pena mencionar, sin embargo, que al principio hasta el
gobierno estadunidense, del Partido Demócrata en ese entonces, apoyaba a las
compañías farmacéuticas.
De
lo que no estábamos totalmente conscientes era de otro peligro que ha venido a
conocerse como biopiratería, el cual se refiere a que los laboratorios
farmacéuticos trasnacionales obtengan patentes sobre medicinas tradicionales.
No sólo pretenden ganar dinero a partir de recursos y conocimientos que
pertenecen a los países en desarrollo, sino que al hacerlo aplastan a empresas
locales que desde hace mucho tiempo suministraban esas medicinas. Aunque no está
claro si tales patentes se sostendrían en los tribunales en caso de que se
entablaran demandas efectivas en su contra, es evidente que las naciones menos
desarrolladas quizá no cuenten con los recursos jurídicos y financieros
necesarios para presentar semejante batalla legal. El tema se ha convertido en
fuente de enorme preocupación emocional y potencialmente económica en todo el
mundo en desarrollo. El otoño pasado, cuando visité un pueblo de la zona
andina de Ecuador, escuché al alcalde indígena denunciar la forma en que la
globalización ha conducido a la biopiratería.
LA
GLOBALIZACION Y EL 11 DE SEPTIEMBRE
Los
acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 trajeron a Estados Unidos un lado aún
más oscuro de la globalización: proporcionó una arena global a los
terroristas. Los sucesos y discusiones posteriores pusieron de relieve aspectos
más amplios del debate sobre la globalización. Hicieron patente lo
insostenibles que son las posiciones unilaterales estadunidenses. El presidente
Bush, que había rechazado el acuerdo internacional dirigido a reducir uno de
los riesgos globales a largo plazo percibidos por la mayoría de los países ?el
calentamiento global, del cual Estados Unidos es el principal responsable?,
convocó a una alianza global contra el terrorismo. El gobierno se dio cuenta de
que para tener éxito se requería de la acción concertada de todos.
Washington
descubrió pronto que una de las formas de combatir a los terroristas era cortar
sus fuentes de financiamiento. Desde el principio de la crisis de Medio Oriente,
la atención mundial se ha concentrado en los centros bancarios alternos y sus
políticas de secreto. Las discusiones que surgieron de esa crisis pusieron énfasis
en la importancia de contar con buena información ?transparencia y apertura?,
pero en los países en desarrollo. Cuando las discusiones se volvieron hacia la
falta de transparencia mostrada por el FMI y los centros bancarios alternos, el
Tesoro de Estados Unidos cambió de tonada. Si se han colocado miles de millones
de dólares en esos paraísos bancarios secretos no es porque brinden mejores
servicios que los bancos de Nueva York o Londres, sino porque el secreto sirve a
varios propósitos perversos, entre ellos la evasión fiscal y el lavado
de dinero. Sería posible clausurar esas instituciones de la noche a la mañana
?u obligarlas a cumplir normas internacionales? si así lo desearan Estados
Unidos y los otros países líderes. Si continúan existiendo es porque sirven a
los intereses de la comunidad financiera y de los ricos. Su existencia no es
accidental; de hecho, la OCDE esbozó un acuerdo para limitar su alcance... y
antes del 11 de septiembre, Bush rechazó también ese acuerdo. ¡Qué torpe
parece esa acción ahora! Si lo hubiera respaldado, estaríamos mucho más
adelante en el camino de controlar el flujo de dinero hacia las manos de los
terroristas.
Hay
un aspecto de la secuela del 11 de septiembre que vale la pena resaltar. Estados
Unidos ya estaba en recesión, pero el ataque complicó las condiciones. Solía
decirse que cuando Estados Unidos estornudaba a México le daba pulmonía. Con
la globalización, el estornudo estadunidense pone en riesgo de pulmonía a
buena parte del mundo, y ahora Estados Unidos padece una influenza grave. Con la
globalización, la errónea política macroeconómica estadunidense ?el fracaso
en diseñar un paquete efectivo de estímulos? tiene consecuencias en todo el
planeta. Y en todas partes crece la indignación hacia las políticas
tradicionales del FMI. Los países en desarrollo están diciendo a los
industrializados: "cuando ustedes experimentan un retroceso, siguen los
preceptos que nos enseñan en los cursos de economía: adoptan políticas
monetarias y fiscales que promueven el crecimiento. Pero cuando nosotros
experimentamos un retroceso, insisten en que adoptemos medidas que frenan el
crecimiento. Para ustedes está bien tener déficits; para nosotros están
prohibidos, aun si obtenemos fondos mediante la venta de anticipada de recursos
naturales". Prevalece una acentuada sensación de desigualdad, en parte por
las enormes consecuencias de mantener políticas de contención.
JUSTICIA
SOCIAL GLOBAL
Hoy,
en buena parte del mundo en desarrollo, la globalización está en tela de
juicio. Por ejemplo en Latinoamérica, después de un breve periodo de
crecimiento a principios de la década de 1990, se han instaurado el
estancamiento y la recesión. El crecimiento no fue sostenido; algunos dirían
que no era sostenible. De hecho, en esta coyuntura, el historial de crecimiento
de la llamada era posreformista no es mejor, y en algunos países es mucho peor,
que en el muy criticado periodo de sustitución de importaciones de los decenios
de 1950 y 1960, cuando los países de la región trataban de industrializarse a
base de restringir las compras al exterior. De hecho, los críticos de la
reforma señalan que el efímero crecimiento de principios del decenio de 1990
fue apenas una "carrerita" que ni siquiera compensó la década
perdida de 1980.
En
toda la región la gente se pregunta: "¿falló la reforma o falló la
globalización?" La distinción es tal vez artificial, porque la
globalización estaba en el centro de las reformas. Incluso en las naciones que
se las arreglaron para crecer, como México, los beneficios se han concentrado
en el 30 por ciento más rico de la población, sobre todo en el 10 por ciento más
alto. Los de abajo han ganado poco, y muchos están peor. Las reformas han
expuesto a las naciones a riesgos mayores, y éstos han recaído injustamente en
los que menos preparados están para afrontarlos. Al igual que en muchos países
donde el ritmo y secuencia de las reformas han hecho que sea mayor la destrucción
que la creación de empleos, así también la exposición a riesgos sobrepasó
la capacidad de crear instituciones que les hagan frente, entre ellas redes de
seguridad efectivas.
En
este yermo panorama pueden encontrarse algunos signos positivos. Los del Norte
se han vuelto más conscientes de las desigualdades de la arquitectura económica
global. El acuerdo de Doha de llevar a cabo una nueva ronda de negociaciones
comerciales ?la "ronda del desarrollo"? promete rectificar algunos de
los desequilibrios del pasado. Se ha producido un cambio marcado en la retórica
de las instituciones económicas internacionales; por lo menos ya hablan de
pobreza. En el Banco Mundial se han efectuado algunas reformas verdaderas, y se
ha notado cierto progreso en trasladar la retórica a la realidad, en asegurar
que se escuchen las voces de los pobres y se tomen en cuenta las preocupaciones
de las naciones en desarrollo. Fuera de ahí, sin embargo, existe a menudo un
abismo entre la retórica y la realidad. No se han puesto en la mesa de
discusiones reformas serias en el manejo de la economía global, en cuanto a quién
toma decisiones y cómo se toman. Si uno de los problemas del FMI es que se ha
dado un peso desproporcionado a la ideología, los intereses y las perspectivas
de la comunidad financiera de los países industrializados (en asuntos cuyos
efectos van mucho más allá de las finanzas), las posibilidades de éxito en
las actuales discusiones de reforma son magras, pues sigue predominando ese
sector. Lo más probable es que produzcan ligeros cambios en la forma de la
mesa, mas no en cuanto a quién se sienta a la mesa y qué asuntos se incluirán
en la agenda.
Los
acontecimientos del 11 de septiembre produjeron una alianza global contra el
terrorismo. Lo que ahora necesitamos no es sólo una alianza contra el mal, sino
una alianza en pro de algo positivo: una alianza global para reducir la pobreza
y crear un mejor ambiente, para crear una sociedad global con más justicia
social.