I. La cuestión teórica de las alternativas
La cuestión fundamental es saber si realmente existen alternativas al sistema
económico actual que, de hecho, domina el conjunto del planeta, comprendidos
algunos países socialistas en transición hacia el sistema de mercado. ¿sería
entonces una objeción válida decir, en la línea de Adam Smith, que el
capitalismo toma el ser humano tal cual es, mientras que las alternativas lo
enfocan tal como se quisiera que sea? En otras palabras, ¿Serían las
alternativas -teniendo en cuenta las más recientes experiencias- meras utopías?
En efecto, la historia del bloque soviético parece dar la prueba del fracaso de
las soluciones de recambio. El socialismo real no es más una referencia creíble;
de ahí, el vacío ideológico que deja el puesto al "pensamiento único".
Más aún, solamente ahora se comienzan a estudiar las múltiples razones
internas y externas que han provocado la caída de los regímenes del Este (Eric
J. Hosbawn, 1999, 483-517). De otra parte, la creación destructora, que
caracteriza el capitalismo, toma dimensiones planetarias y las contradicciones
que conlleva sobre los planos ecológicos y sociales se vuelven cada vez más
insoportables en el sentido literal de la palabra. Las resistencias se
multiplican en diversos medios, sobre numerosos planos y en el mundo entero, en
la búsqueda de alternativas. Sin embargo, nadie cree que pueda producirse un
cambio en un lapso de corto tiempo, por una simple revolución política. El
fracaso del socialismo real, al menos, habrá hecho tomar conciencia del hecho
de que toda transición es un proceso de largo aliento.
Evidentemente, aún no es tiempo de hacer una síntesis de las proposiciones
alternativas, tanto en el orden del pensamiento, como en el de las prácticas.
La fascinación del mercado es omnipresente. Es suficiente con echar una mirada
sobre China o Vietnam, para constatar que este último se volvió el objeto de
la última consigna del partido comunista y que la integración a la
mundialización es presentada como un objetivo nacional. Incluso si en esos países
han encontrado algunas soluciones originales para conciliar mercado y
socialismo, la integración de dichas perspectivas en el proyecto político está
sumergida por la lógica del capitalismo, que no deja ninguna margen de
maniobra. Sin embargo, frente a la opción neoliberal, se presentan hoy en día
dos corrientes de alternativas: la neokeynesista y la poscapitalista.
1. La corriente neokeynesista
Esta orietentación preconiza, en su modelo teórico, la aceptación de la lógica
del mercado como motor de la economía, pero a condición de regular el sistema,
de limitar sus efectos perversos e impedir que no desemboque sobre los abusos.
Esta parece para muchos una solución razonable y realista.
El modelo de referencia es, en este caso, el de la sociedad europea de después
de la segunda guerra mundial, con sus pactos sociales entre el capital y el
trabajo, con el Estado como garante y árbitro de la repartición de las
riquezas. En una cierta medida, fue también así, en el Sur, la característica
del modelo de Bandoung, según la expresión de Samir Amin, es decir, un
proyecto de desarrollo nacional y populista formulado por los países
recientemente independientes de Asia y Africa, igual para América Latina
(desarrollismo). En esas regiones, la alianza entre una burguesía emergente y
el sector organizado de los trabajadores de la economía formal se anuda en
torno a un proyecto de desarrollo por sustitución de las importaciones.
La idea consiste en aplicar a escala mundial los principios del keynesianismo y
de regular el sistema económico capitalista. Después del ultraliberalismo que
condujo a la desregulación del mercado, de los flujos financieros y de la
organización del trabajo y que engendra los programas del ajuste estructural,
desformando las funciones del Estado, el reloj comienza su trayectoria inversa.
Se trata de restablecer las condiciones de la competencia, tratando siempre y al
mismo tiempo de reducir la destrucción del medio ambiente y las injusticias
sociales. Como hoy en día el problema no se plantea solamente a nivel de
Estados, es necesario encontrar los medios de una regulación mundial y
construir, a este efecto, los instrumentos adecuados. Según el
neokeynesianismo, es a ese nivel se plantea el problema de las alternativas.
Esta corriente conoce numerosas variantes, en dependencia de si los
protagonistas ponen el acento sobre las regulaciones cuyo fin es salvar el
capitalismo o sobre el establecimiento de los límites destinados a repectar un
principio de precaución (ecología) y a salvaguardar los derechos elementales
(trabajadores, la soberanía de los Estados...). En la primera categoría puede
situarse a ciertos voceros del Foro Internacional de la Economía, que
tienen sus asientos anuales en Davos, incluido George Soros, genio de la
especulación y filósofo de la economía, sin olvidar a ciertos dirigentes del
Banco mundial y del FMI. En la segunda parte, el abanico es igualmente basto,
despues de la Tercera vía de Toni Blair y de Bill Clinton, muy próximas
según las cuentas, de la primera orientación, hasta la socialdemocracia y la
democracia cristiana, ambas se pronuncian por una "economía social del
mercado".
Lo que caracteriza el conjunto de sus diversas posiciones es que ellas no
vuelven a cuestionar la lógica del capitalismo, pero que tratan de remediar sus
abusos y sus excesos. El capitalismo salvaje es rechazado, sea porque pone en
peligro el sistema mismo, sea porque sus costos ecológicos y sociales son muy
elevados. En el primer caso, se basa sobre una ética interna del sistema: las
reglas del juego deben ser respetadas, pero para hacerlo funcionar mejor. En el
segundo caso, el juicio, más o menos severo, porta sobre los efectos perversos
del sistema, atribuidos sobre todo a los agentes económicos, que es necesario
enmarcar en las normas y controlar mejor. Entonces, la ética consiste en hacer
un llamado a la conciencia de los actores en presencia y a establecer un cuadro
normativo para el funcionamiento de la economía. La doctrina social de la
Iglesia se sitúa netamente en esta línea.
2. La corriente poscapitalista
Aquí se considera la organización de la economía sobre otras bases
diferentes a la del capitalismo, o de la que hoy en día llamamos, para parecer
más civilizados, la economía de mercado(según Milton Friedman, Premio Nobel
de Economía, se trata de la misma cosa). Es la lógica misma del capitalismo
que se pone en tela de juicio, o sea, una economía de mercado centrada sobre
ella misma o una actividad capaz de generar un máximo de beneficio que se
traduce en acumulación, fuente de la actividad productora y del crecimiento. A
ello el poscapitalismo opone una definición diferente de la economía: se trata
de una actividad que permita asegurar las bases materiales del bienestar físico
y cultural del conjunto de los seres humanos.
Mientras que la primera definición da más valor al esfuerzo de los individuos,
de los cuales en esta visión de las cosas, la suma constituye la sociedad; la
segunda definición, subraya el hecho de que la economía es una construcción
colectiva y recuerda que el mercado es una relación social.
Se trata entonces de una crítica más fundamental que la posición
neokeynesista e inevitablemente va a parar sobre las proposiciones de
alternativas más radicales. Ello merece un examen más profundo, antes de
abordar la cuestión de la credibilidad.
Cierto, entre los protagonistas del poscapitalismo hay divergencias. Encontramos
una izquierda revolucionaria, que estima que la toma del poder es la llave de un
cambio rápido y radical.
Cruzamos también los que se pueden curiosamente calificar de
"conservadores" y que, en los países ex socialistas o, si se quiere,
oficialmente socialistas, promueven un retorno a las soluciones soviéticas,
incluso al estalinismo, en un esfuerzo de conjurar o de evitar el caos mafioso
del mercado sin rienda, tal como por ejemplo se experimenta hoy en día en
Rusia. Mientras tanto, la mayoría de los otros admiten la idea de que la
transición hacia un modelo alternativo de economía es un proceso de larga
duración.
Hoy en día se ha comenzado un esfuerzo teórico serio que reúne en un dialogo,
antes impensable, a los pensadores marxistas de diversas tendencias y a los
intelectuales de izquierda de diferentes orígenes, librepensadores y creyentes.
Es cierto que la investigación teórica se encuentra aún en sus inicios, pero
ha sido bien empezada, como lo prueban actividades como la celebración en París
del 150 aniversario del Manifiesto del Partido Comunista, que reunió 1500
intelectuales de los cinco continentes y se constató la existencia de varias
revistas que abordaron el tema.
Evidentemente, es apenas posible señalar el conjunto de las perspectivas
consideradas; el aporte de Lucien Sève en su obra Commencer par les fins,
es bien importante. El analiza sin concesiones los fracasos del socialismo real,
pero aboga también por una reflexión teórica que no desprecie el pasado y que
permita proseguir un trabajo intelectual; enfrenta con osadía al capitalismo en
una perspectiva radical: "Rebasar el capitalismo sigue siendo, en el
sentido más propio y más fuerte de la palabra, una revolución, o sea, un
radical "derrocamiento" del orden existente" (Lucien Sève,
1999, 97); el autor insiste sobre la necesidad de la reflexión teórica
para la acción.
Algunos dirán que se trata de una utopía. En respuesta, los protagonistas del
proyecto les toman la palabra, pero dan al término un sentido diferente, el que
Paul Ricoeur llama "la utopía necesaria", es decir, un objetivo no
precisado en el tiempo, pero que sintetiza las aspiraciones colectivas. En dicha
condición, utopía no es sinónimo de irrealizable; pero la teoría no puede
pararse ahí. Debe también examinar los datos del análisis social y económico,
permitiendo así dar cuenta de las experiencias del pasado y apreciar las múltiples
resistencias al sistema capitalista que se manifiestan hoy en día. En efecto,
estas últimas no son todas antisistémicas ni necesariamente aptas para
formular las hipótesis de acciones alternativas, lo que recuerda la necesidad
de criterios de juicio.
Para que una alternativa concreta sea creíble, no es suficiente con que ella
funcione. Es necesario que se inscriba en un conjunto más vasto y que forme uno
de los elementos de la construcción del objetivo último, sin el cual ella no
puede transformarse rápidamente en uno de los elementos del sistema existente,
este último posee una enorme facultad de adaptación y de absorción, de donde
la importancia de la teoría para la construcción de las alternativas.
Queda bien claro que, para esta corriente, las alternativas se sitúan en la
superación del capitalismo. Una tal gestión implica también un juicio ético.
Como ya lo hemos dicho, los partidarios del neoliberalismo ponen en relieve, de
una parte el estímulo de la iniciativa individual, que ellos estiman ser
valorizante para el ser humano y, de otra parte, la convergencia de los
intereses contradictorios que se anulan en el mercado, lo que conforma el carácter
autorregulador de este último. Algunos van incluso más lejos, como Michael
Novak, quien en Estados Unidos defiende la idea de que el capitalismo es la
forma de organización de la economía más próxima del evangelio, ya que ella
alía el respeto de la persona con el bien común o, aún más, Michel
Camdessus, ex director del FMI, quien declaraba una semana antes de su demisión,
en un simposio de Pax Romana en Washington, que el FMI es uno de los
elementos de la construcción del Reino de Dios.
La necesidad de rebasar el capitalismo supone, pues, una condición ética a la
búsqueda de las alternativas. Es también -en la medida en que uno puede
deslegitimarlo- posible movilizar la opinión pública y hacer converger las
acciones. Ahora bien, en la perspectiva poscapitalista, este acción va más
lejos que una simple condenación de los abusos. Para reproducirse a largo
plazo, todo sistema y especialmente el sistema capitalista tiene necesidad de
instancias críticas que le permitan corregir sus disfuncionamientos. Es por eso
que las reacciones, incluso radicales, no llegan a recuestionar las bases teóricas
de su construcción, terminando por serle útiles.
La deslegitimación propuesta por el poscapitalismo, antes de ser moral, se
apoya sobre la incapacidad del capitalismo de responder a las exigencias mínimas
de la economía, definida como un mecanismo del conjunto social, que debe
garantizar la seguridad material de todos los individuos y de todos los pueblos.
Es lo que la repartición de las ganancias en el mundo, expresada en forma de
copa de champaña por el gráfico del PNUD, muestra muy claramente.
Karl Polanyi, economista norteamericano de origen húngaro, lo había
comprendido bien cuando explicaba que el capitalismo había desenclavado la
economía de la sociedad y había hecho de ellas "una sola".
Es necesario agregar que el capitalismo tiende a imponer sus leyes al conjunto
de las actividades colectivas de la humanidad. El proyecto a largo plazo es de
reinsertar la economía en la sociedad y por esta razón, el mismo autor no duda
en proclamar la superioridad moral del socialismo sobre el capitalismo (Karl
Polanyi, 1995).
Para la corriente poscapitalista, la reacción ética frente a los abusos se
inscribe en una visión más global, ya que estos últimos no son simples
accidentes del camino ni el resultado de perversiones individuales. El análisis
poscapitalista los estima connaturales al sistema, lo que fácilmente es
confirmado por el hecho que los mismos agentes económicos del "capitalismo
civilizado" y comprendidos aquellos del capitalismo dicho "rhénan",
en el Sur y/o en el Este europeo, los promotores del "capitalismo
salvaje". La rentabilización del beneficio o la ley de la competencia no
conoce límites en el marco de las relaciones de fuerza. Es en la medida en que
el capitalismo encuentra resistencias organizadas, cede terreno, pero no sin
utilizar la represión, la fuerza, las dictaduras políticas e incluso las
guerras para defender sus intereses.
En esta perspectiva, se trata de construir otra mundialización, la de las
resistencias y las luchas (F. Houtart y F. Polet, 1999). Frente a la
"globalización" del capital, se encuentra una fragmentación
de los movimientos populares o de las organizaciones de defensa de diversos
derechos, parcelación debida a la diversidad geográfica y sectorial. Sólo una
convergencia permitiría construir una nueva fuerza. A pesar de sus
imperfecciones, la acción contra la OMC comenzada en Seattle es un importante
aliciente.
Los progresos tecnológicos y las cuestiones ecológicas también tienen su
lugar en la visión poscapitalista. Los primeros no aparecen como un fin en sí,
menos aún como un medio de rentabilizar el beneficio, pero sí como un medio
para mejorar la suerte de los seres humanos sobre el conjunto del planeta; de ahí
la atención sobre las condiciones sociales del desarrollo de las tecnologías
(los costos humanos), de su función en el sistema económico (suprimir el
empleo o bien mejorar las condiciones de trabajo), del reparto de sus aportes en
las sociedades (reservadas a una minoría o repartidas entre todos), del
caracter ético de su aplicación (biotecnología) y de sus consecuencias sobre
el medio ambiente natural (CO², etc.). En cuanto a los factores ecológicos, éstos
son objeto de una atención particular, pues si Marx había dicho, hace siglo y
medio, que el capitalismo destruye las dos fuentes de su misma riqueza, la
naturaleza y los seres humanos, los regímenes socialistas no estuvieron nada
atentos a las exigencias de la ecología. Nunca jamás, dirán los partidarios
de una solución poscapitalista, el principio de precaución exige que la
utilización de la naturaleza escape a la lógica de la mercancía y se inscribe
en un marco que hoy en día sólo puede ser mundial.
Como el mercado es una relación social, en muchos casos es el derecho del más
fuerte el que se impone. En la actual coyuntura, incluso si el polo central del
capitalismo se encuentra repartido entre los tres elementos de una tríada que
comprende Estados Unidos, Europa y Japón, que en conjunto, disfrutan de
numerosos monopolios económicos, científicos y estratégicos, la fuerza
militar que garantiza el sistema se encuentra en las manos de Estados Unidos.
Thomas Friedman, consejero de la secretaria de Estado, Madeleine Albright,
escribía en el New York Times Magazine del 28 de marzo de 1999, un artículo
titulado "Para que la mundialización funcione, Estados Unidos no deben
tener miedo de actuar como la superpotencia invencible que es en realidad",
y dice: "La mano invisible del mercado no funcionará jamás sin un puño
invisible. McDonald's no puede extenderse sin McDonnell-Douglas, el fabricante
del f-15. El puño invisible que garantiza la seguridad mundial de las tecnologías
de la Silicon Valley se llama el ejército, la fuerza aérea, la fuerza naval y
el cuerpo de marines de los Estados Unidos (Thomas Friedman, 1999, 61). Tal
declaración tenía, al menos, el mérito de la franqueza. La oposición
al hegemonismo norteamericano se inscribe en dicha perspectiva y el
cuestionamiento de la OTAN, que es una expresión mayor, no tiene otras razones
(Samir Amín, 1999). Ella se manifestó en ocasión de la guerra de Kosovo, como
fruto de un análisis que va más allá de lo inmediato y que se inscribe en la
perspectiva global del poscapitalismo. El inicio de la institucionalización de
la defensa europea que siguió esta guerra manifiesta una cierta conciencia de
las contradicciones existentes al mismo seno de la tríada y ello indica también
la posibilidad de una alternativa.
II. Las alternativas concretas
Cada uno de los dos proyectos a los que acabamos de referirnos propone
alternativas; el primero, la orientación neokeynesista, con el fin de humanizar
el capitalismo; y el segundo, el poscapitalista, para rebasarlo. El concepto de
alternativa es entonces ambivalente, ya se trate de alternativas que se sitúan
en el interior de la economía capitalista o las que preconizan una
alternativa al sistema capitalista. Ambas formulan un pensamiento teórico,
construyen una ética, alimentan las resistencias y proponen las etapas
concretas.
Coinciden sobre algunos puntos políticos y recomiendan ciertas regulaciones,
como por ejemplo la de los flujos financieros internacionales, pero la filosofía
de base es muy diferente. Hay que estar atento para no equivocarse, pues
numerosos factores de orden social e incluso cultural juegan su papel para
desnivelarlos.
De otra parte, en ambos lados se habla hoy de alternativas (en plural), pero en
sentidos igualmente distintos. Para los unos, no hay más objetivos globales,
estos últimos presentan un riesgo de regreso a otro "pensamiento único";
en cambio, existe un conjunto de soluciones concretas que permiten presentar
alternativas creíbles a la solución contemporánea, reconocida como
insostenible. Es la concepción que más se acerca a las posiciones
neokeynesianas. Para los otros, las alternativas concretas no son creíbles que
en la medida en que ellas se inscriben en un reemplazamiento progresivo del
sistema capitalista, es decir, como etapas en una transición inevitablemente
larga. Después de todo, ¿no le fue necesario más de cuatro siglos al
capitalismo para construir sus bases materiales de su reproducción (la
industrialización y la división del trabajo)? Es normal, entonces, que otro
modo de producción también tome su tiempo para construirse. "El problema
del socialismo, decía Maurice Godelier, es que tuvo que aprender a caminar con
las piernas del capitalismo". La nueva revolución tecnológica podría
ayudar a transformar las cosas, pero es obvio que ello no se hará automáticamente.
Antes de proponer los campos concretos en los cuales las alternativas creíbles
son presentadas hoy en día, recordemos tres cosas. La primera es que las
alternativas, que son el fruto de actores sociales, no pueden surgir más que de
la deslegitimación de la situación existente, es decir, del capitalismo real.
Esta etapa es indispensable. En otros términos, es necesario destruir la idea
de que no hay más alternativas. En efecto, en la medida en que una tal convicción
siga prevaleciendo, ninguna solución será creíble y los juegos serán hechos
con avance; de aquí la importancia del papel de las instancias morales para
aquellos que quieren regular el sistema económico existente y, a la vez, para
aquellos que quieren reemplazarlo.
El segundo recordatorio es acerca del hecho de que el mercado es una relación
social y de que, en el marco de la mundialización, su transformación no se hará
sino en el seno de un nuevo equilibrio que exija una convergencia de las
resistencias y de las luchas a la misma escala. No se trata de utilizar
solamente simples técnicas económicas o de gestión para cambiar el sistema
económico y sus prolongaciones sociales, políticas y culturales. Hay,
entonces, un abanico de acciones sociales y políticas indispensables a la
puesta en marcha de las alternativas.
La tercera observación: es necesario cambiar el sistema (adaptarlo o
reemplazarlo, según las perspectivas), pues la simple suma de alternativas, tan
múltiples como sean, no bastarían para alcanzar este objetivo. Sin embargo,
existe una cantidad de lugares y numerosos actores, probablemente muchos más
que hace medio siglo. Hoy en día, el conjunto de las poblaciones del universo
está implicado directa o indirectamente en las relaciones sociales del
capitalismo: directamente por la relación capital/trabajo; indirectamente por
un gran número de otros mecanismos, como la fijación de los precios de los
productos agrícolas de exportación o de las materias primas, los mecanismos de
la deuda externa, la apertura de los mercados, la fluctuación de las monedas o
la especulación financiera. En efecto, ¿cómo explicar no solamente la
existencia de más de 20 millones de desempleados en Asia del Este y del
Sur-Este, a partir de las crisis bancarias y financieras, sino también por el
hecho que los dalits (intocables) de India se subleven en las luchas de
castas (y no de clases), precisamente a partir del momento en que el país
decreta la apertura de la economía a los principios del liberalismo, incluyendo
entre otros la supresión de los subsidios a la alimentación de base; o más aún,
que la revuelta de los pueblos indígenas de Chiapas en México coincide con la
misma fecha de la puesta en marcha del Tratado de Libre Comercio con Estados
Unidos? ¿Cómo comprender la radicalización social de los movimientos
feministas en el Sur, sin ponerla en relación con la feminización de la
pobreza? Y podríamos multiplicar los ejemplos.
Así, las alternativas concretas (en plural) pueden ser consideradas sea como
parapeto puesto al sistema, sin que este último no sea impugnado en su lógica
fundamental, sea tanto como jalonear en la vía del rebasamiento. Es cierto que
algunas proposiciones concretas pueden a veces coincidir con las diferencias de
intensidad, pero a veces también se revelan casi idénticas.
La regulación de los flujos financieros es propuesta tanto por George Soros
como por ATTAC, movimiento de origen francés, en favor del impuesto Tobin. Pero
entre los dos polos representados, de una parte por el financiero americano y,
de otra, por la iniciativa del Le Monde Diplomatique, hay mucho más que
matices. Los últimos objetivos son opuestos; el primero quiere salvar el
capitalismo y lo declara muy abiertamente. El segundo quiere sobrepasar, incluso
si junta diversas corrientes.
Para abordar el problema de las alternativas creíbles, es necesario situarse en
tres niveles diferentes: el de la utopía, el de los objetivos a mediano plazo y
el de las medidas concretas. Desde luego, a estos tres escalones, debemos
agregar hoy en día numerosas ideas, proposiciones y experimentaciones.
1. El nivel de las utopías
Hablando de las utopías, recordemos que no se trata de una ilusión, sino de un
proyecto movilizador. Este último no puede ser una pura construcción del espíritu;
debe ser enraizado en lo real, a sabiendas que este último se inscribe en un
espacio y en un tiempo que forman una red de condicionamientos para los actores
sociales que las ponen en marcha. No hablaremos aquí de la utopía neoliberal,
que expresándose por la voz, entre otras, del primer director de la OMC, veía
el fin de todas las miserias del mundo y la realización de la felicidad de la
humanidad, a partir del primer cuarto del siglo XXI, a condición de liberar
totalmente la economía. Es precisamente el olvido -quizá no tan inocente como
parece a primera vista- de considerar el mercado como una relación social que
vuelve ilusoria esta posición.
Las dos orientaciones, neokeynesista y poscapitalista, rechazan identificar la
utopía con un futuro mítico, separándose radicalmente en el nivel de la
definición del objetivo último. La primera concibe un mercado regulado,
obedeciendo a los imperativos fijados por fuera de sí mismo y garantizados por
las autoridades públicas, posición bastante cercana -por ciertos aspectos- a
las neoclásicas, deseando sobre todo recrear las condiciones de la competencia,
lo que quizá permite comprender el acercamiento entre liberales sociales y
socialistas de la Tercera vía.
Para la lógica poscapitalista se trata de derrocar la lógica del
capitalismo y, por ende, establecer las nuevas reglas del juego económico: el
reemplazamiento de la noción de ganancia por el de necesidad, la toma en cuenta
de la manera social de producir en el proceso de producción y en el desarrollo
de las tecnologías, el control democrático no solamente del campo político,
sino también de las actividades económicas, el consumo como medio y no como
objetivo, el Estado como órgano técnico y no como instrumento de opresión,
etc. Desde luego, en función de estos criterios las experiencias del socialismo
real son juzgadas hoy en día por esta corriente, con el fin de analizar lo que
no funcionó y el por qué.
El nivel de las utopías debe traducirse en programas; es, pues, necesario dar
un paso más. Como ya lo hemos dicho, las alternativas a mediano y corto plazos,
propuestas por las dos corrientes que no aprueban la fase neoliberal de
acumulación capitalista, se ocultan muy frecuentemente. Son, entonces, los
lugares de convergencia los que vamos a evocar.
2. Las alternativas a mediano plazo
Utilizando la expresión "a mediano plazo", indicamos los objetivos
generales que se estiman alcanzables pero que o, bien, deben ser traducidos en
un gran número de proposiciones más concretas, tomadas de las alternativas a
corto plazo y que se organiza según sus posibilidades o, bien, necesitan de un
largo combate, frente a las fuerzas de oposición que encuentran. En seguida
vamos a recorrer los dos campos principales de acción: de una parte, las
alternativas económicas y sus dimensiones sociales y, de otra parte, las
alternativas políticas.
a) Las alternativas económicas y sus dimensiones sociales
En el campo económico, el primer objetivo de una alternativa a mediano plazo es
otro tipo de modulación de los intercambios mundializados. En efecto, la
oposición a la mundialización no apunta sobre la universalización de las
transaciones pero sí, sobre la manera como ellas se realizan en el mercado
capitalista. Es eso lo que ha sido expresado en Seattle y en Bangkok. Algunos
sectores de las actividades interhumanas deben situarse por fuera de la lógica
de mercado, so pena de perder su sentido. Es el caso de la cultura, la educación
y de los medios de comunicación. La apertura de los mercados debe procurar márgenes
de maniobra a las economías débiles. La libre circulación no puede concernir
únicamente a los capitales y los bienes, sino que debe también incluir a las
personas.
Las actividades especulativas que dominan la economía mundial deben ser
canalizadas o totalmente eliminadas, etc. Para cada uno de estos puntos, se han
propuesto soluciones.
La mundialización actual favorece los intereses económicos de las naciones más
fuertes y, a la vez, a las empresas transnacionales en pleno proceso de
concentración; los reagrupamientos económicos regionales constituyen
igualmente otra manera de situarse en la "globalización". De hecho,
estos últimos corresponden a dos perspectivas alternas: de una parte, podrán
responder progresivamente y mejor a las necesidades de las poblaciones,
diversificando los intercambios internos y de otra parte, constituirán una base
más sólida de negociación en una economía mundializada y ofrecerán así, un
punto de partida a una pluripolaridad económica y política futura, frente a la
unipolaridad actual, la de la tríada (Europa, Japón y Estados Unidos), bajo la
hegemonía de estos últimos.
Para modificar las relaciones Norte-Sur, hay otro aspecto de la mundialización
contemporánea; se trata de levantar los obstáculos al desarrollo de las economías
dependientes, cambiando completamente la orientación de los flujos
financieros que convergen hacia las economías desarrolladas, consecuencia de su
peso en las relaciones mundiales.
Dichos obstáculos están constituidos por la fluctuación de los precios de las
materias primas y de los productos agrícolas, los subcontratos y las zonas
francas, a condiciones fiscales y sociales draconianas, la importancia del
servicio de la deuda, las exigencias de las inversiones extranjeras, las tasas
usureras de inversión a corto plazo (capitales golondrinas), la evasión de
los capitales locales hacia lugares de más alta rentabilidad, etc. En todos
esos dominios, las soluciones están avanzadas y algunas, de entre ellas, ya son
parcialmente aplicadas o sometidas a discusión.
Continuando con las materias directamente ligadas a la mundialización, la
reducción del comercio de armas y su estricto control internacional
forman también uno de los objetivos a mediano plazo de las alternativas, como
también las armas de destrucción masiva, de las cuales el control debería ser
objeto de un poder realmente internacional y no solamente depender de algunas
naciones que dominan el orden mundial.
Existen proyectos en ese sentido y son creíbles en la medida en que una
voluntad política pueda ser despejada. Después del fin de la Guerra Fría, se
ha hablado de "dividendos de la paz". Esta noción, que ha conocido un
debate de ejecución, podría ser entendida.
Como las alternativas significan una transformación o un reemplazo del
capitalismo, hoy en día mundializado, no es suficiente con abordar únicamente
la dimensión espacial, sino que es necesario también tener en cuenta una lógica
que actualmente se ejerce a nivel mundial. En ese dominio, el primer aspecto es
el de los límites puestos a la lógica mercante. Entre los que proponen
las alternativas, nadie piensa en abolir el mercado, pues, si este último es
una relación social, puede también construirse sobre la base de una verdadera
reciprocidad. A este efecto, el desarrollo de una economía social, incluso si
el contexto actual limita considerablemente sus potencialidades, abre la vía a
más de una solución, comprendida la propiedad de los medios de producción por
el conjunto de los productores. Concretamente, se demuestra por los frenos
puestos a la concentración de las empresas, escapando por ese cauce a las
legislaciones o, aún más, por el paro de las privatizaciones en todas partes y
sobre un plano positivo, por devolver el valor a los sectores no mercantes, en
tanto que contribución real a "la riqueza de las naciones". Lo
anterior es objeto de reivindicaciones concretas de varios movimientos sociales.
La reorganización del proceso de producción y de distribución, que
conoce en la actual fase neoliberal una etapa de considerable desregulación en
función del criterio de rentabilidad, es también una de las alternativas a
mediano plazo. Concierne sobre todo cuatro sectores: en primer lugar, la
revalorización del capital productivo por relación al capital financiero, a
fin de parar el decrecimiento relativo del primero y de reducir el carácter
especulativo del segundo; luego, una utilización crítica de las tecnologías
para evitar que la rentabilidad no sea el único criterio de su desarrollo y de
su aplicación, introduciendo otros parámetros, tales como el bienestar humano,
la dignidad de las personas, el respeto a la naturaleza.
En tercer lugar, se encuentra la redefinición del trabajo, que ha sido
profundamente modificado por las nuevas tecnologías, pero que
debe ser organizado en función de otros parámetros diferentes de la
competencia salvaje entre las empresas (y que desemboca en la flexibilización
del tiempo de trabajo, la individualización de los trabajadores, el trabajo de
los niños, la presión sobre los costos de la cobertura social y de la
seguridad de los lugares de trabajo, etc.). Es necesario citar el factor ecológico,
del que las exigencias son cada vez más reconocidas. Es posible que a corto
plazo este último elemento sea el mejor e incluso forzar la adopción de
alternativas a la lógica capitalista, ya que no es posible continuar con el
actual curso de las cosas, caracterizado por la explotación de los recursos no
renovables y la destrucción del medio ambiente para la simple obtención de un
beneficio a corto plazo.
Sobre un plano más general, puede decirse que los diferentes
objetivos alternativos van en el sentido indicado por Polanyi de reinsertar la
economía en la sociedad, sometiéndola a los imperativos sociales y ecológicos.
La cumbre de las Naciones Unidas en Copenhague y la de Río de Janeiro (la
Agenda 21), muestran que no es pura ilusión, incluso si los resultados
concretos son todavía desalentadores. Recordemos sin embargo que la
interpretación de esos objetivos alternativos a mediano plazo es diferente en
las perspectivas neokeynesista y poscapitalista y que ello puede tambien tener
una repercusión sobre las vías propuestas para su realización.
b) Las alternativas políticas
Las alternativas económicas no tienen ninguna oportunidad de salir a la luz sin
las alternativas políticas. En efecto, la mundialización actual da al sistema
económico capitalista un predominio del poder, es decir, una enorme capacidad
de imponer sus normas al funcionamiento de la vida colectiva. En el sentido
extenso de la palabra, el contrapeso sólo puede ser político; de ahí, un
cierto número de objetivos a mediano plazo. Sobre el plano mundial,
esencialmente se trata de reforzar las organizaciones internacionales y de
democratizarlas. Ello también concierne el Consejo de Seguridad, en su
papel de mantener la paz, así como las organizaciones especializadas de las
Naciones Unidas. En cuanto a las organizaciones nacidas de la conferencia de
Bretton Woods (Banco Mundial, FMI y, más recientemente, la OMC) que se
volvieron los instrumentos eficaces de la aplicación del Consensus de
Washington, el regreso a su función original de regulación del sistema
económico mundial, sobre otros criterios diferente a la simple rentabilidad del
capital, es una de las perspectivas alternativas seriamente consideradas. Todo
ello va a la par con la restauración del Estado en su papel de garante de los
objetivos sociales y de las preocupaciones ecológicas, con el reforzamiento de
su eficacia técnica y el crecimiento del control democrático a todas las
escalas.
La realización de dichos objetivos alternativos a mediano plazo dependen, en el
plano internacional, de tres factores esenciales: una convergencia de las
resistencias al capitalismo y de las luchas sociales a todos los niveles; una
voluntad política de todos los Estados; y el desarrollo del Derecho
Internacional. Incluso puede afirmarse que la dinámica de estos tres factores
va a dirigir la posibilidad de realización de las alternativas.
En el primer caso, el establecimiento de redes de movimientos sociales y la
organización de acciones comunes están en curso de realización. En 1999,
algunos eventos simbólicos sacaron a la luz pública su existencia, por ejemplo
El Otro Davos, que reunió a cinco movimientos sociales importantes de 5
continentes, para afirmar que existe otra manera de concebir la economía
mundial diferente de la del mercado, y la acción común llevada a cabo en
Seattle, entre los sindicatos obreros norteamericanos, especialmente y
otros movimientos sociales de diferentes categorías y de diversas regiones del
mundo.
Algunas iniciativas a nivel de los Estados, especialmente sobre el plano
regional, manifiestan una voluntad política de encontrar alternativas, por
ejemplo el Merco-Sur y ASEAN, que desarrollan proyectos económicos, en clara
oposición al establecimiento de zonas de libre intercambio entre países de la
región y Estados Unidos. En el plano del Derecho Internacional, es necesario señalar
las numerosas iniciativas en el dominio de los derechos humanos y del Derecho de
los Pueblos en relación con el Derecho Mercantil, entre otras, las iniciativas
del Tribunal Permanente de los Pueblos y de la Liga Internacional por los
Derechos de los Pueblos.
3. Las alternativas a corto plazo
Para que pueda hablarse de alternativas creíbles, es necesario fijar no
solamente una finalidad y formular los objetivos a mediano plazo, sino también
hacer las proposiciones a corto plazo, que puedan construir la base de las
acciones reivindicadoras y de programas políticos.
Es imposible hacer un catálogo, pero es suficiente con dar algunos ejemplos que
prueban que la posibilidad de crear alternativas existe.
La mayoría se sitúa en el dominio de las regulaciones, pero se inscribe como
etapas en un proceso a más largo plazo, sea para humanizar la relación social
capitalista, sea para transformarla. Pueden clasificarse en diferentes campos:
Regulaciones económicas: tasación de las operaciones financieras
internacionales (tasa Tobin); fiscalidad regional e internacional; supresión de
paraísos fiscales; anulación de la deuda de los países pobres;
reagrupamientos regionales bajo la forma de mercados comunes o de zonas de
cooperación económica; reestructuración de las instituciones financieras
internacionales, etc.
-Regulaciones ecológicas: protección de los recursos no renovables;
protección de las riquezas biológicas; establecimiento de reglas
internacionales sobre la polución; aplicación efectiva de la Agenda 21, etc.
-Regulaciones sociales: legislación internacional del trabajo; código
de conducta de las inversiones internacionales; participación de los organismos
representativos de los trabajadores en las instancias regionales e
internacionales, etc.
-Regulaciones políticas: constitución de poderes regionales con
competencia reguladora en materias económica y social; reorganización de los
órganos de las Naciones Unidas; gestión mundial del patrimonio ecológico y
cultural; parlamento mundial, etc.
-Regulaciones culturales: protección de las producciones culturales
nacionales y locales.
En conclusión, las alternativas existen. Que ellas son creíbles, no hay
ninguna duda. Al final de cuentas, su realización está ligada a la voluntad de
ponerlas en marcha. En ese momento la credibilidad no se sitúa en el nivel de
las alternativas, pero si al de acción colectiva. Existen formas sociales
capaces de portar los proyectos alternativos a corto y mediano plazos. ¿Existe
una voluntad política para realizarlos? Ese es otro debate que sería bueno
abrir rápidamente.
Bibliografía
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