¿La tasa Tobin contra el
capitalismo financiero?
Jean-Marie Harribey
Publicado en Iniciativa Socialista número 56, primavera 2000.
Jean-Marie Harribey es profesor de Ciencias Económicas y sociales en la
Universidad de Bordeos IV. Texto publicado originalmente en Economie
et politique, n° 267-268 (540-541), julio-agosto 1999. Publicación en
Iniciativa Socialista autorizada por el autor.
Las
discusiones en torno a la tasa Tobin relanzadas desde hace un año por la Association
pour la taxation des transactions et l’aide aux citoyens (ATTAC), así
como el interés que suscitan, demuestran que la necesidad de disponer de otra
presentación de la economía y el deseo de actuar sobre ella están muy vivos
entre los ciudadanos. La razón de esto es que el fiasco del sistema económico
se muestra a la luz del día ya que el paro y la probeza crecen en el mundo y
los ecosistemas están amenazados por poluciones de toda suerte. Un fiasco en el
que la financiarización del capitalismo carga con una fuerte responsabilidad y
ante el cual una tasación del movimiento de capitales sería, sin duda,
necesaria, pero no suficiente. ¿Podemos quedarnos satisfechos con una nueva
regulación del capitalismo que evitaría la transformación de las relaciones
sociales?
1. La financiarización del capitalismo
Las
finanzas son inherentes a una economía monetaria como es la capitalista. En su
seno, la moneda es esencialmente el intrumento de la acumulación de capital.
Sin ella, los propietarios de los medios de producción no podrían transformar
en ganancia la plusvalía producida por el trabajo en beneficio, y acrecentar así
su capital. Además, sin creación monetaria la acumulación sería imposible,
porque a lo largo de un sólo período el capital sólo puede recuperar, por
medio de la venta de las mercancías producidas, los adelantos hechos bajo la
forma de salarios y útiles de producción. Para que sea realizada una ganancia
acumulable, es preciso que sea puesta en circulación una cantidad de moneda a
la que corresponde a los adelantos precedentes. Por medio del crédito, el
sistema bancario anticipa la ganancia monetaria que representa al "trabajo
vivo" apropiado por el capital. El capitalismo, por tanto, no puede
acumular prescindiendo de la financiación.
Desde
hace dos decenios, para poner remedio a una rentabilidad del capital
insuficiente en un contexto de crecimiento económico débil, la política
liberal ha consistido en modificar la distribución del valor añadido entre los
salarios y las ganancias, en beneficio de éstas últimas, lo que ha conseguido
gracias al paro. Los capitalistas saben que cuanto más aumenta la tasa de
explotación de los asalariados, mayor tasa de ganancia pueden esperar. Así, el
canón de ganancia se eleva progresivamente, lo que lleva a los accionistas a
exigir más y más despidos, pero esto, a fin de cuentas, implica un inevitable
castigo: dado que la ganancia es creada por el trabajo, la lógica de la
rentabilidad financiera frena la acumulación de conjunto del capital y la
posibilidad de crear nueva plusvalía, lo que tiene como consecuencia una dura
competencia y el estallido de una crisis de sobreproducción que, en 1997,
degeneró en crisis financiera en el sudeste asiático.
Paralelamente,
y con el propósito de aprovechar los menores costes salariales de los países
en desarrollo, se había producido un redespliegue de las actividades a escala
mundial, para lo que el capital había exigido y obtenido que todos los obstáculos
a su libre circulación fuesen progresivamente eliminados. Estos fenómenos han
conducido a una enorme hinchazón de los mercados financieros.
La
mayor parte de las veces, un mercado financiero es un mercado a
plazo. En tales mercados, todos los operadores prometen pagar más tarde y
en cada venta de títulos, en vez de cobrar el montante, vuelven a poner en
juego su dinero, virtual en cierto modo. Estos operadores son esencialmente los
fondos de cobertura (hedge funds), los
fondos de mutualidades y los fondos de pensiones. Estos fondos han adquirido una
gran potencia financiera, pues poseen una gran cantidad de acciones de las
grandes sociedades multinacionales, hasta el punto que puede decirse que las
transaciones se realizan entre ellos. Para evitar pérdidas en tal o cual fondo
especulativo, el precio de las acciones debe subir más de lo que sube la
producción de las empresas respectivas. Así nace el fenómeno denominado burbuja finaciera, que no es otra cosa que capital ficticio.
Cuanto
se produce un krach financiero, lo que se desinfla esencialmente es esa hinchazón
ficticia precedente: al igual que ésta no representab un crecimiento real de
riquezas materiales, el desinflamiento tampoc representa un empobrecimiento
real, salvo si la espiral que se desencadena hace descender los títulos por
debajo del valor representativo de las riquezas reales y provoca el
empobrecimiento de demasiados poseedores del capital que deciden entonces cerrar
las industrias y los comercios en los que han invertido, despidiendo en masa.
Los
sobresaltos financieros, teniendo poco que ver, por lo que se ve, con la evolución
de la economía real, han acreditado la idea de las finanzas se habrían hechos
autónomas respecto a la producción, pero esta apreciación es engañosa en
gran medida, por dos razones. En primer lugar, si todos los propietarios de
activos financieros quiseran vender sus títulos al mismo tiempo, no podrían
hacerlo y las cotizaciones caerían a cero. En segundo lugar, si durante un período
prolongado todos los capitalistas ganan y si su enriquecimiento crece más
deprisa que la producción, independientemente del crecimiento ficticio que se
desinfla con el estallido de la burbuja financiera, esto significa que el
reparto del valor añadido en el mundo se ha modificado a favor del capital y en
detrimento del trabajo. Cuando Renault cierra Vilvorde, cuando Sony anuncia la
supresión de 17.000 empleos "para satisfacer a sus accionistas" (Le
Monde, 10 marzo 1999), cuando Alcatel y Elf proyectan hacer lo mismo, comprimen los costes salariales manteniendo la misma producción, y
por tanto la aumenta la tajada de las ganancias y las acciones suben en Bolsa.
Esto no demuestra, como pretenden la mayor parte de los comentaristas, que el
capital obtiene ganancia sin trabajo, sino que el capital reparte, de forma aún
más ventajosa para él, los frutos de un trabajo cada vez más productivo.
Así,
el capital es libre en sus movimientos, pero no autónomo respecto al trabajo,
único creador de nuevo valor. Esta es la razón por la que los multinacionales
se proponían maniatar a los Estados con el Acuerdo Multilateral de Inversiones,
para evitar todo cuestionamiento de la relación de fuerzas entre capital y
trabajo, relación de fuerzas ventajosa para el primero gracias al desempleo que
afecta al segundo. Relación de fuerzas que la reducción del tiempo de trabajo
podría permitir invertir en favor de los asalariados si fuese acompañada de la
creación de empleos. La reapropiación colectiva de los incrementos de
productividad es el reto principal del conflicto arededor de la duración del
trabajo.
El
provenir de los sistemas de jubilaciones plantea problemas similares. Los
partidarios de los fondos de pensiones propagan la falsa idea según la cual un
determinado modo de financiación de las jubilaciones sería supuesta solución
a un desequilibrio demográfico, cuando lo cierto es que, en cualquier momento y
con cualquier sistema, los activos sostienen a los inactivos y que la
productividad del trabajo crece mucho más rápido que el ritmo de disminución
de la relación activos/inactivos (Harribey [1998]). Difunden también el
espejismo de la posibilidad de que crecimiento simultáneo de todas las rentas
por encima de la tasa de crecimiento de la economía global, lo que es
imposible. Cuando ambas mistificaciones se hunden, terminan sugiriendo una nueva
conquista del mundo: si las cantidades ahorradas se invirtiesen en países
pobles en rápido desarrollo, las rentas percibidas serían importantes, pues la
mano de obra sería mal pagada.
En
realidad, si las cantidades destinadas a la protección social quedasen bajo la
tutela de los grupos financieros, aumentarían los riesgos de desestabilización
económico y financiera, de la que los primeras víctimas serían los más
pobres de los países pobres y de los países ricos. El frenesí financiero se
ve estimulado por la privatización de la moneda, hoy en curso a través de la
generalización de la independencia de los bancos centrales, garante ante los
operadores financieros de la continuidad de la lucha contra la inflación,
peligrosa para la renta financiera. La banca central europea es el ejemplo más
significativo.
La
campaña a favor de la capitalización es el último avatar del viejo sueño
liberal de asociar el trabajo a su propia alienación. Convirtiendo al
asalariado en un pequeño accionista, se le desarma. Convirtiendo en rentistas a
los asalariados mejor remunerados, se fija de forma duradera su sometimiento a
la empresa. Víctima de esta esquizofrenia, el asalariado que desease obtener
una renta lo más elevada posible fragilizaría su propio empleo y condenaría
el de su hijo, que, sin embargo, debería más tarde sostener con su propio
trabajo la jubilación del padre.
2.¿Regular el capitalismo o transformar las relaciones sociales?
El
liberalismo estipula que los mecanismos de mercado permiten alcanzar la mejor
situación posible para todos los agentes económicos, a condición de que ningún
obstáculo -es decir, ninguna reglamentación- dificulte el funcionamiento de
estos mercados. Asegura que los mercados son eficaces y que, en la medida que la
especulación es un buen indicador del estado del mercado, hay que permitirla
actuar. El fracaso provocado por el capitalismo financiero ha inducido la
quiebra de esta ideología.
En
1972, James Tobin propuso "arrojar un poco de arena en los engranajes de
las finanzas" y restablecer así una forma de control de los cambios, que
había sido suprimido con ocasión del desmantelamiento del sistema monetario
internacional de Bretton Woods por Nixon en 1971. La propuesta de Tobin consiste
en imponer un pequeño impuesto (0,1 a 0,5%) las transaciones de cambio entre
monedas, para desincentivar la circulación financiera puramente
especulativa(1).
La
tasa Tobin supone que quienes detentan capitales no esperarían una ganancia
sobre el mercado de cambios superior a la tasa. Exige una concertación
internacional para evitar los paraísos especulativos. Al menos, los países del
G7, la Unión Europea, Suiza, Australia, Hong Kong y Singapur deberían poderse
de acuerdo, ya que casi la totalidad de las transaciones tienen lugar en sus
plazas financieras. Una institución mundial debería encargarse del control.
Sin embargo, por el momento, ninguna tiene esa misión, ni siquiera la OMC o el
FMI.
Por
otra parte, existe una indefinición en cuanto a la bae tributaria de la tasa:
¿afectaría únicamente a las transaciones de cambio, o incluiría también
todas las transiciones sobre las operaciones a plazo, ya se trate de títulos o
incluso de productos?
Por
último, conviene prever la utilización del producto de la tasa. La Conferencia
de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) ha estimado en
720.000 millones de dólares su montante anual y propone que se reparta así: la
mitad para los Estados donde fuese recaudada y la otra mitad para un fondo de
redistribución hacia los países pobres.
La
mayor parte de las objecciones de los liberales contra la tasa Tobin son
rebatibles y bastaría para hacerla atrectiva la energía que despliegan para
desacreditarla. Ellos han entendido muy bien que, al perturbar la circulación
especulativa de los capitales, la tasa obstaculizaría el proceso fundamental de
apropiación de la plusvalía, esto es, de la parte de riquezas reales
destinadas al capital. Una vez realizado el reparto global entre salarios y
ganancias, este proceso de apropiación toma dos formas:
-
La circulación de los capitales tienede a igualar las condiciones de remuneración
del capital en el mundo, de lo que se sigue que los precios se fijan
recompensando a los sectores modernos muy capitalizados y castigan a los
sectores menos modernos, porque la tasa de ganancia se aplica ala masa de
capital invertido cuya estructura entre medios de producción y salarios cambia
de un sector a otro, teniendo lugar una apropiación por los sectrores
capitalizados del equivalente monetario de una cantidad de trabajo superior a la
incorporada en las mercancías producidas en esos sectores, y, por el contrario,
una pérdida en los sectores arcaicos de una parte del equivalente monetario del
trabajo incorporado en las mercancias que producen. No hay que dejarse engañar
por las apariencias: el valñor añadido que parece nacer en un sector
considerado como de "alto valor añadido" es, con mucha frecuencia,
una mezcla, inextricable a simple vista, de valor añadido en ese sector y de valor captado a otros sectores por medio de los precios(3).
-
A continuación, la circulación de capitales, gracias a la compra de títulos
remuneradoes, tiene por objetivo apropiarse de los resultados de los grupos más
productivos. La tasa Tobin trata de limitar la especulación nacida de esta
segunda forma de apropiación, pero como esta forma especulativa no existiría
sin la primera, que es el rasgo dominante de la acumulación capitalista a través
de la aplicación de la ley del valor, convendría preguntarse sobre el propio
sistema, puesto que estos dos procesos de apropiación -que actúan simultáneamente-
retroactúan ejerciendo presión sobre el empleo y los salarios(4), es decir,
sobre la producción de plusvalía.
Por
sí sola, la tasa Tobin no puede convertir un mundo de guerra económica en un
mundo de cooperación y paz. Aislada, podría incluso ser un martillazo sobre
hierro frío, si los poseedores de capitales desterritorializasen completamente
sus transiciones cambiarias -por ejemplo, usando exlusivamente Internet para
ellas-, suprimiendo de hecho el uso de los mercados de cambio. También podrían
esquivar la tasa si la política monetaria retrocediese aún más con la llegada
de monedas totalmente privadas (algunas deben soñar con una moneda Microsoft).
Para
ser eficaz, la tasa Tobin, además de reorientar la acción de todos los
organismos internacionales, debería insertarse en un plan de conjunto sobre las
decisiones que gobiernan el porvenir del planeta:
-
Transformar la fiscalidad, disminuyendo la carga fiscal sobre los ingresos del
trabajo y harmonizando la fiscalidad sobre el capital, tanto sobre el patrimonio
como sobre las rentas. Sería ridículo imponernuna tasa fiscal sobre la
velocidad de transmisión de la propiedad y dejar exonerada a la propiedad en sí
misma y a sus rentas. Además, la tasa Tobin podría combinarse con una tasación
de las inversiones directan en el extranjero y con un impuesto unitario sobre
sobre los beneficios de las multinacionales.
-
Asociar a la tasa sobre movimientos de capitales una penalización a los bancos
que se prestan al juego de la especulación adelantando las cantidades
necesarias para ella. Por ejemplo, se obligaría a los bancos a un depósito
suplementario no remunerado en la Banca central.
-
Tomar precauciones contra los comportamientos especulativos de los propios
bancos centrales, poniendo fin a ese disparate que consiste en hacerles
independientes frente a la democracia.
La
tasa Tobin no es una panacea. Es una herramienta que puede mostrarse útil de
cara a la urgente necesidad de arrebatar al capital el derecho de dirigir económicamente
el mundo entero, que ha conquistado por medio de la total libertad de circulación.
Discutir
sobre la tasa Tobin tiene el interés de restablecer el debate sobre las
alternativas al capitalismo y reabrir la discusión sobre un proyecto de
sociedad menos alienante e injusto. La reciente crisis ha dado la ocasión para
ello. La libertad de circulación del capital, tan importante para quienes lo
poseen, aparece crudamente tal y cómo es: para ellos, equivale a la posibilidad
de acaparar sobre los mercados financieros el valor añadido, que es y seguirá
siendo producto del trabajo humano, y no, como frecuentamente se entiende, una
posibilidad de obtener dinero a partir de la nada.
NOTAS
(1)
Tengo un 1$ que cambio por 6 francos con el propósito de cambiarlos después
por algo más de un 1$, apostando a la apreciación del franco, o bien con el de
comprar con ellos mercancías o títulos finacieros extendidos en francos. En el
primer caso, la tasa Tobin intervendría dos veces: al cambiar el dólor por
francos, y en el cambio en sentido inverso. Si 500 especuladores han hecho estos
dos tipos de operaciones, una tasa de un 0,1% sobre cada una de ellas permitiría
recoger un dólar de impuestos (en realidad, un poco más, ya que hemos supuesto
que la tasa de cambia ha subido). En el segundo caso, yo compró 6 frrancos de
mercancías francesas. Mi vendedor puede necesitar un dólar para comprar
Coca-Cola americana, y cambia móneda. El vendedor de Coca-Cola puede querer
francos, etc. Si, con ese mismo dólar, se realizan mil transacciones entre el dólar
y los francos, finalmente se recaudará un dólar, del que cada operador pagará
la milésima parte. A diferencia de lo que cree D. Cohen ("Les mirages
de la Tobin Tax", Libération, 29
junio 1998), no hay que considerar que haya tenido lugar una completa expropiación
por el hecho de que circula un dólar y es recaudado también un dólar, ya que
hya habido 1.000 dólares de mercancías reales producidas e intercambiadas. Por
otra parte, si el dólar ha servido para comprar un equipamiento productivo, el
repetido cambio de propietario de la acción representativa de la inversión no
pone ni quita nada a la materialidad y a la productividad del equimamiento en sí
mismo.
(2)
"El volumen de transaciones disminuaría considerablemente", indica O.
Davanne [1998, p. 42]. Precisamente, ese es el objetivo buscado.
(3)
He evocado la problemática subyacente a la distinción entre valñor añadido y
valor captado en Harribey [1997 et 1999], distinción que sólo toma un
verdadero sentido en el interior de la teoría marxista del valor.
(4)
Esta presión para captar más y más valor es denunciada con razón por J.P.
Fitoussi [1999], pero el autor no la liga a la única teoría del valor
susceptible de esclarecer esta cuestión, ya que considera la ganancia como
"recompensa del espíritu empresarial", sin distinguir el origen de la
ganancia y su eventual justificación.
REFERENCIAS
-
ATTAC, http://attac.org
-
Chesnais F. [1998], Tobin or not Tobin,
Une taxe internationale sur le capital, Paris, L’Esprit frappeur.
-
Davanne O. [1998], "Instabilité du système financier international",
Rapport du Conseil d’analyse économique,
n° 14.
-
Fitoussi J.P. [1999], "La valeur et l’argent", Le Monde, 5 junio.
-
Harribey J.M. [1997], L’économie économe,
Le développement soutenable par la réduction du temps de travail, Paris,
L’Harmattan.
-
Harribey J.M. [1998], "Répartition ou capitalisation, on ne finance jamais
sa propre retraite", Le Monde, 3
noviembre.
-
Harribey J.M. [1999],"La soutenabilité: une question de valeur(s)",
Université Bordeaux IV, CED, D.T. n° 34.
-
Khalfa P., Chanu P.Y. (coord.) [1999], Les
retraites au péril du libéralisme, Paris, Syllepse.
-
Nikonoff J. [1999], La comédie des fonds
de pension, Une faillite intellectuelle, Postface de J.M. Harribey, "Il
n’y a pas de génération spontanée du capital", Paris, Arléa.
-
Observatoire de la mondialisation [1998], Lumière
sur l’A.M.I., Le test de Dracula, Paris, L’Esprit frappeur.
-
Wachtel H.M. [1998], "Trois taxes globales pour maîtriser la spéculation",
Le Monde diplomatique, octubre.