“No temas al instante,

dice la voz de lo eterno

Rabrindanah Tagore

                  MIEDOS

Estados alterados

 

El miedo es un síntoma íntimo frecuente en las sociedades en crisis, que se manifiesta al ver o sentir un peligro o una causa posible de padecimientos o de dolor. Esa sensación de inseguridad, de incertidumbre ante el futuro, el temor contingente de lo cotidiano planea desde hace unos años sobre los argentinos.

 

La herencia recibida por el nuevo Gobierno tiene índole y pesadez estructurales. Diez años de neoliberalismo menemista no han afectado solamente las superficies de la sociedad. Son los nudos del lazo social los que han sido desatados. Y es la capacidad de decisión nacional la que ha sido desvirtuada. El país del 2000 encuentra arruinada su economía, fragmentada su conformación social, agudizadas sus desigualdades, deteriorada su calidad institucional, frágil su capacidad de acción colectiva, confundida su palabra. Sobre todo, y lo más grave, los argentinos sienten que su Nación ha perdido buena parte de su soberanía política, que ya no es un amparo, ni siquiera un ámbito de proyectos comunes. Cuando el ex ministro Dromi confesó hace diez años, no sin cierto cinismo, que "el país estaba de rodillas", y se inicio el proceso de transferencia del patrimonio público, quedaba profetizada la situación con que nos encontraríamos en el fin del siglo.

 

Eduardo Haro Tecglen[1] afirma que la sociedad mundial puede dividirse en tres partes. "La capa superior de las multinacionales, cada vez mas concentradas por las fusiones; la clase política dirigida por ellas; y la tercera clase, que "sería la del

 

ocio, el entretenimiento, la literatura y el arte. Suficientemente vigilada, incluso pagada, y tolerada, pero dotada de libertad, contando con que los rebeldes, los denunciantes, los que escriben la columna de los periódicos, son inofensivos". Podríamos agregar, para los que vivimos en estas latitudes, aún cuando también proliferan en el “Primer Mundo”, una cuarta parte, que resulta más difícil de tipificar pero que el mundo académico y político ha consensuado en llamar “los excluidos”.

 

Aunque tan exagerada como la profecía de Dromi, el esquema de Haro Tecglen nos deja intuir una primaria conclusión: un pueblo que no tiene derecho a definir su propio proyecto, vulnerable ante poderes externos en los que no influye, ha de estar medroso y desorientado.

Los argentinos tienen demasiados miedos, y ello conspira contra un valor fundamental de la democracia, como es la libertad. Una sociedad insegura, desconfiada y temerosa no reúne todos los atributos necesarios para el ejercicio de sus libertades publicas e individuales. Por ejemplo, pierde la energía creativa y la capacidad crítica. El malestar se expresa con la queja opacada, y la violencia frecuentemente se manifiesta en la vida familiar, en grupos sociales reducidos, o en reacciones circunstanciales de súbita pero breve conexión comunitaria. Pero, por temor o exceso de prudencia, por ilusión o por esperanza, por decepción o por paciencia, lo más grave es que oculta o disimula el debate público sobre las grandes cuestiones argentinas.

 

El repertorio

 

En primer lugar hay, claro está, miedo al desempleo, a la disminución de los ingresos, a caer en la pobreza y  a su perpetuación indefinida. Este temor se extiende a la pérdida de la salud, a las dificultades del acceso a la vivienda, a la educación, y en fin a la imposibilidad de una mínima satisfacción de necesidades básicas.

 

Miedo a la inseguridad ciudadana, miedo al ataque violento, al robo, a los marginales y a los ilegales, a ir a las canchas de fútbol y a tomar un taxi, a la juventud villera y a las bandas que hacen picadas nocturnas, a la ruta y al accidente de tránsito, a “la mano dura” y a la inoperancia judicial. A las leyes represivas y a las garantías constitucionales, a los encarcelados y a los carceleros, a los reprimidos y a los represores.

 

Miedo a la devaluación de la moneda y miedo a la dolarización. Miedo a la recesión y miedo a la inflación. Miedo al mercado y miedo a la intervención del Estado en la economía, el cual se presume ineficaz y corrupto. Miedo al "riesgo país", indicador de la mirada de los prestamistas del exterior, término más usado por los economistas y los deudores. Si ese riesgo es alto, como lo reconocen los estudiosos y las consultoras internacionales, la calificación provoca temor y pesimismo. Temen los ricos por la estabilidad de sus rentas, y los pobres por la inestabilidad de sus deudas.

 

Miedo a que no alcance el dinero para pagar los medicamentos, cuyos precios siguen subiendo y son frecuentemente inaccesibles. Miedo de no poder pagar la medicina “prepaga”, perder la obra social o de terminar en un hospital público. Miedo al seguro del automóvil, la tarjeta de crédito (miedo hasta de poseerla), las expensas y los alquileres, la cuota del crédito hipotecario o de la heladera. Miedo si cae la convertibilidad, y pánico constante porque el ingreso es insuficiente.

 

Cada uno, desde el pequeño comerciante hasta el gran ejecutivo de las multinacionales (que también siente el ajuste en la empresa y la precarización de su trabajo), desde el contratado en la administración pública, hasta el estudiante sin salida laboral para cuando obtenga su título habilitante; desde el humilde productor del campo hasta el alto funcionario que teme ajustes en el presupuesto que no le permitan llevar adelante sus proyectos. Miedo del legislador que no puede enfrentarse con sus votantes, que experimenta el peso de la impotencia que inyecta temores o la resignación que los oculta con el “estrés” depresivo.

 

 

           

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El miedo como síntoma y expresión de angustia no es asimilable al terror. Esta sensación, ya vivida en los años 70 por los argentinos, opera sobre nuestras fibras más íntimas e inmoviliza a quien la sufre. El miedo genera ansiedad, acelera nuestro ritmo buscando saciar lo indecible, la incertidumbre. La democracia nos permite la certeza de que no seremos víctimas del terrorismo de Estado, como en el pasado; pero esta democracia no garantiza por sí sola la certidumbre de un futuro mejor. En la democracia, afirma la teoría liberal, lo único  predecible es la certeza de las reglas de juego. Pero esta definición es insuficiente porque sólo apela a los procedimientos, porque no garantiza la verdadera libertad – elemento esencial de un pueblo soberano-; porque no protege la igualdad –que es el fundamento de la justicia- y porque carece de su tercer componente: la solidaridad- que permite la cohesión del tejido social.

 

Pocas certezas tienen los ciudadanos argentinos en la actualidad, la mayor de ellas es la escasa o nula capacidad de dar respuesta por parte de los gobiernos a las demandas sociales. El proceso electoral existe pero el dueño del juego es externo. Esto trae como consecuencia una democracia frágil, no como afirmara O’ Donnell, por ser delegativa, sino porque aquí, ni siquiera hay poder alguno a quien delegar.

 

Las urgencias

 

Es demasiado pronto para realizar valoraciones del nuevo Gobierno. Pero nunca es demasiado temprano para movilizar el diálogo, para que se pronuncien los disensos y se expresen las inquietudes justificadas. En el respeto y la madurez que exigen la gravedad de la hora –que ha sido bien denunciada por la Alianza – no puede postergarse la discusión abierta y sincera sobre una crisis que ya viene de lejos. La conciencia crítica no puede ni debe limitarse a la denuncia de los paradigmas de la corrupción más desaforada, como la que con insistencia se centra sobre el ex presidente de PAMI o sobre la ex Secretaria de Recursos Naturales. En todo caso, existen  hechos y personajes que están profundamente entroncados con el régimen menemista, que demandarían mayor atención: los contratos de concesión de Peajes viales, la oscura política de privatizaciones en el área de Energía y Comunicaciones, las falencias de los órganos de control sobre la prestación por esas empresas privadas de los servicios públicos esenciales. No son para el olvido los turbios manejos financieros que tuvieron como cómplice por acción o por omisión al Directorio del Banco Central, entre otros.

 

Las presiones del Fondo Monetario Nacional, con sus tecnócratas que no han sido elegidos por el voto popular de ninguna parte del mundo, resultan intolerables para un país que conserve un mínimo de dignidad que en el espacio público se denomina Soberanía. El F.M.I., que representa la especulación financiera de los grandes acreedores de la Argentina, ha fracasado en la formulación de políticas interiores en todas los países donde se ha inmiscuido. A ese intervencionismo y dirigismo supra estatal se somete el destino de los argentinos, aunque se le prohíbe análoga política al Estado democrático cuyo gobierno esta originado en el sufragio soberano.

 

Un crédito stand by es demasiado poco -aunque se admita la urgencia por obtener ese aval-para renunciar a un futuro que necesita decisiones que, alguna vez, atiendan al bienestar general de la población, como lo expresa nuestra Constitución.

 

Libertad sin debate

 

Sin embargo, el temor más pernicioso para una democracia, es el miedo a hablar o escribir un discurso alternativo al dominante, una suerte de parálisis que afecta el ejercicio de la libertad. Erich Fromm y Hanna Arendt denunciaban el miedo a la libertad como un signo de los tiempos preautoritarios en la Alemania de la primera posguerra. Esa experiencia histórica enseñan que las crisis recesivas agudas provocan la búsqueda del “salvador” mesiánico. Son el umbral de todos los totalitarismos. Si el problema argentino registra  características distintas a las que examinaran estos pensadores, los síntomas de la anomia argentina permiten abrigar la sospecha de algunas similitudes alarmantes.

 

Por otra parte, si Latinoamérica de hoy no es la República de Weimar, resulta igualmente oportuna una mirada sobre el mundo bolivariano. ¿Qué queda de un orden democrático protegido por el Estado de Derecho en los países que liberó Simón Bolívar  hace casi dos siglos, mientras conformaba el gran proyecto republicano continental? El Perú de Fujimori, el Ecuador de no se sabe ya quien, la Colombia de la droga, las fuerzas paramilitares y la guerrilla, y la Venezuela cargada de ilusiones ante el nacionalismo populista de Chávez, muestran ejemplos de convulsión social, retroceso económico, y quiebre del Estado de Derecho, que sólo conserva sus rasgos exteriores en los que nadie ya cree.

 

¿Será posible que nos engañemos nuevamente, como en los tiempos de la generación de 1880, invadidos de la soberbia de creernos los carapálidas de América? Todo el norte argentino, de los Andes al Río Uruguay, toda la Patagonia, el tercer cinturón del conurbano bonaerense, y los barrios marginales de las ciudades del interior, están muy cerca de la patética tradición latinoamericana de miseria y desorden institucional. Bastante más de lo que los bolsones de riqueza y privilegio imaginan o despreciativamente ignoran.

 

La clase política no debería distraerse de la misión que le cabe. Los problemas argentinos superan la mera solución gestionaria y gerencial a la que se siente atraída por comodidad o molicies imaginativas. Exigen proyecto, planificación, debate y discusión participativa, y más que nada, gobierno soberano, con capacidad de decisión independiente. Este es el miedo que deberían abandonar los dirigentes. Porque no puede confundirse el poder de un gobierno democrático con el mezquino poder de designación y despido de empleados y funcionarios, ese triste "oficio del tráfico de cargos públicos" que condenaba Bolívar, ni con la "política del favor personal" que denunciaba Moisés Lebensohn.

 

Si los miedos se instalan mucho tiempo en una sociedad, la ceguera nubla los horizontes.Y entonces solo permanece un presente de alienación colectiva.

 

·          Este informe ha sido elaborado por el Equipo de Análisis Político de la Fundación Arturo Illia para la Democracia y la Paz.



[1]  "El País"- Madrid, 15 de febrero de 2OOO