Un decálogo
para la reflexión
Sobre
la corresponsabilidad de los acreedores
Alberto Acosta
Simón Bolívar, 10 de
noviembre de 1824
James
Wolfensohn, presidente del Banco Mundial repitió una vez más el mensaje,
"la culpa de la crisis la tienen los gobiernos" de los países
pobres. Con esta afirmación, expresada en el marco de la reciente
Asamblea Anual del FMI y del Banco Mundial, se ratificó una vez más aquella
apreciación unilateral que endilga los problemas a los países
subdesarrollados. Esta declaración se inserta en aquella posición defendida a
ultranza por los países del Norte, que niegan cualquier corresponsabilidad en
su calidad de acreedores.
Es
cierto que en el problema del endeudamiento externo hay una gran responsabilidad
de los gobiernos y, en especial, de las elites de los países endeudados. Los
gobiernos de dichos países, muchos de ellos dictatoriales en la década de los
setenta, recurrieron irresponsablemente al endeudamiento externo en lugar de
introducir las reformas
estructurales que habrían sido indispensables, al tiempo que transferían
masivamente recursos a favor de los grupos dominantes. Por eso, a primera vista,
condonar la deuda representaría un error, pues podría beneficiar a los ricos,
pero no hacerlo sería mantener el peso sobre los pobres. hay una relación
inversamente proporcional entre servicio de la deuda e inversiones sociales.
El
punto de partida de estas diez reflexiones, como acertadamente considera Javier
Iguiñiz, pasa por reconocer que "los conquistadores y las oligarquías,
los gobiernos y las elites en general no han sido ajenas al problema, y los
acreedores de los últimos años conforman uno de los elementos de la punta más
reciente de un proceso de siglos".
Así,
reconociendo las dificultades para individualizar las variables
responsabilidades, pues éstas son sistémicas, tengamos presente que el análisis
de la situación no puede realizarse al margen de la acción delos agentes que
han participado en ella, como recomienda Amartya Sen, Premio Nobel de Economía
de 1998. Análisis que nos conduce a dilucidar el problema desde una perspectiva
global y no desde una simple sumatoria de situaciones individuales.
1.
Para entender la lógica de la deuda externa, en consecuencia, hay que
enmarcarla en un contexto sistémico. La deuda en sí es otra manifestación de
las evoluciones del propio sistema capitalista. Y como tal las crisis de deuda
se suceden cíclicamente, con una serie de elementos nuevos y otros que ya se
repitieron en épocas anteriores: a mediados de la década de los 20, a
principios de los años 70 o en los años 90 durante el siglo XIX; o durante la
famosa depresión de los años 30 o en los años 80 y 90 ya en el siglo XX.
Epocas en las cuales la deuda no simplemente fue un problema financiero, sino
que desempeñó un papel importante como palanca para imponer la voluntad de los
países acreedores sobre los deudores. Imposición que revistió diversos
caracteres, inclusive violentos.
2.
Vistas así las cosas, la demanda de préstamos no es la única razón de su
existencia. La crisis de sobre endeudamiento encuentra sus orígenes en la
sobreoferta de recursos financieros en los países desarrollados, especialmente
en los EEUU. Recordemos que el surgimiento del sobreendeudamiento en los años
setenta tuvo su origen con los eurodólares a fines de los años sesenta, mucho
antes del alza de los precios del petróleo. La masa de eurodólares se amplió
masivamente con la eliminación unilateral de la convertibilidad del dólar en
oro, en agosto de 1971. Luego creció el monto de recursos
financieros con los petrodólares, los cuales, al no encontrar utilización
productiva en el Norte, fueron canalizados alegremente hacia el Sur,
tradicionalmente marginado de los mercados financieros internacionales.
3.
En los EEUU se generó, también, la reversión del flujo de capitales, sobre
todo en los años 80, en tanto sus desequilibrios económicos le transformaron
en una aspiradora de capitales: la transferencia neta negativa -desembolsos
menos pago de capital e intereses- desde América Latina fue de unos 238 mil
millones de dólares de 1982 a 1990, monto superior en más de tres veces a los
valores anualizados del Plan Marshall, con el que los EEUU ayudaron a la
reconstrucción de Europa. En este contexto, hay estudios que demuestran que la
deuda de América Latina, solo por concepto de su servicio, ya estaría pagada.
Dicha reversión tuvo como detonante la multiplicación por tres y hasta por
cuatro de las tasas de interés vigentes en la época del endeudamiento
agresivo: 1974-1981; alza provocada, en especial, por la política económica de
los EEUU, el
reaganomics.
Esta elevación repentina y arbitraria de las tasas de interés, que llegó al
20%, provocó dicho
reflujo
masivo de capitales:los países pobres endeudados fueron "amarrados a la
pesada rueda del interés compuesto". Con tasas de interés altas, los EEUU
atrajeron capitales de América Latina. Fueron una gran aspiradora. En ese flujo
entraron, a más del servicio de la deuda, el deterioro de los términos de
intercambio, la fuga de capitales (en muchos países superior al monto global de
la deuda externa), la remesa de utilidades y la repatriación de capitales de
las inversiones extranjeras, la transferencia por regalías, la fuga de
cerebros, etc. Con estos recursos los países ricos, con los EEUU a la cabeza,
financiaron y financian sus transformaciones tecnológicas.
4.
Que se sepa nunca los países ricos han frenado estos bienvenidos flujos de
recursos del Sur, algo por demás beneficioso para ellodesde la época colonial.
Resaltemos lo difícil, sino imposible, que es recuperar los depósitos de los
dictadores escondidos en los países ricos: "en Suiza se lava más
blanco". Qué pasaría si los gobiernos del Norte establecieran un impuesto
especial a los depósitos e inversiones de los habitantes del mundo pobre
realizados en el Norte, tanto para desalentar dichas transferencias como para
financiar programas de desarrollo. No hacer nada también es otra forma de
complicidad. Y demorar las
soluciones también ayuda a agravar los problemas; cuanta
razón tuvo el Papa Juan Pablo II cuando, el 23 de septiembre
pasado,al recibir a un grupo de destacados músicos, preguntó "¿por
qué los avances para resolver el problema de la deuda son tan lentos? ¿Por qué
tantas vacilaciones? ¿Por qué tanta dificultad para proporcionar los
fondos necesitados, incluso para las propuestas ya acordadas? Son los
pobres los que pagan el costo de la
indecisión y del retraso".
5.
En varios y prolongados períodos, los países deudores han sufrido, además,
una profunda caída de los precios de sus materias primas; precios que
experimentan una evolución inestable: basta observar la situación del petróleo,
cuya reducción en 1982-83 contribuyó a debilitar las economías de los países
exportadores de crudo altamente endeudados. Problema agravado por el
neoproteccionismo de los países industrializados,
los acreedores; basta con recordar las dificultad esque tiene el banano
latinoamericano para ingresar al mercado europeo.
6.
En el listado de corresponsables brilla con luz propia la banca privada, que
actuó en forma consciente y muchas veces coordinada, con los "préstamos
sindicados". Sus prácticas no sólo que fueron inapropiadas, sino que
muchas veces fueron imprudentes o abiertamente corruptas: pensemos en los créditos
innecesarios que banqueros internacionales obligaron a contratar a varios países
subdesarrollados(Brasil, por ejemplo), en la multiplicidad de préstamos sin
"objeto lícito", en aquellos créditos entregados a empresas privadas
sin garantía gubernamental y que luego fueron transformados en deuda pública
-"sucretizados"- por presión de los acreedores, a la cabeza los
organismos multilaterales: Banco Mundial y FMI. Existió una pésima
administración de los créditos por parte de los acreedores en su desesperación
por prestar, cuando los recursos financieros les sobraban o no encontraban una ubicación productiva en el
Norte. Muchas veces recurrieron a comisiones y "spreads" cuestionables
jurídicamente. En suma, la banca prestó en forma precipitada cuando
tenía
exceso de fondos y luego encareció de manera drástica los créditos o aún los
frenó cuando vislumbró dificultades. Y, por último,la corresponsabilidad de
los acreedores privados ha sido públicamente aceptada por los organismos
multilaterales, que hoy les convocan a compartir la carga de una renegociación
de la deuda.
7.
Junto a los bancos asoma una multitud de compañías extranjeras, muchas de
ellas transnacionales, que participaron activamente en la danza de los millones,
vendiendo incluso tecnologías obsoletas. Hay casos paradigmáticos de empresas
que con tal de vender sus productos propiciaban cualquier locura: la construcción
de una planta termonuclear por un valor de 2.500 millones de dólares en las
Filipinas sobre terreno sísmico y que no funciona por estar rajada, por
ejemplo. En esta línea de actos donde la corresponsablidad es indiscutible, a más
de que la corrupción es inocultable, cabe la fábrica de papel de Santiago de
Cao en el Perú, que no pudo operar por no tener suficiente agua, o el
inconcluso tren eléctrico de Lima; la refinería de estaño de Karachipampa en
Bolivia, la cual, por estar ubicada a 4.000 metros de altura, no tiene
suficiente oxígeno para trabajar, la procesadora de basura para Guayaquil, que
se compró pagó, pero que nunca se instaló; la acería ACEPAR en Paraguay, que
no funciona desde su culminación a mediados de los años 80; o, la
imprenta del Ministerio de Educación de Quito, instalada en
1991, 10 años después de
haber sido comprada (y que aún no funciona), cuando el país de origen de la
maquinaria ya no existía: la República Democrática Alemana. Estos y otros
muchos proyectos resultaron improductivos, constituyen grandes elefantes
blancos, a pesar de contar con la costosa asesoría de consultores y empresas
extranjeras y la supervisión de los organismos multilaterales, pero permanecen
como un pasivo oficial a ser pagado por los países pobres. Y en otros tantos
proyectos su costo final fue muy superior al inicialmente presupuestado. La
venta de armas es otra muestra de esta complicidad.
8.
Un puesto destacado corresponde a las instituciones financieras:Banco Mundial,
BID, FMI, controlados por los Estados de los países más ricos. Durante el festín
crediticio, estos organismos entregaron préstamos a manos llenas en el mundo
subdesarrollado o ayudaron a contratarlos. Esa era la mejor salida frente a la
recesión en los países centrales. Además, estos organismos alentaban la
contratación de créditos externos: el BID, para mencionar un caso, anunciaba
en1983 (ya en plena crisis), que el precio promedio del petróleo en los años
ochenta llegaría a los 50,- dólares por barril y en los noventa a 80,- dólares
por barril: mensaje que forzaba el endeudamiento agresivo de gobiernos
irresponsables en el caso de los países exportadores de crudo y que aupaba
grandes inversiones energéticas no petroleras de los importadores.
Posteriormente, ya en plena crisis, estos organismos -con funcionarios a
endeudar. Fueron los responsables de los costosos y muchas veces inútiles
programas de estabilización subsidiados por los cuatro costados-asumieron el
papel de cobradores y ajustadores de las economías que ellos contribuyeron y
ajuste estructural; en este contexto volvieron a endeudar a los países pobres
con créditos destinados a planes de transformación estructural, que en más de
una ocasión concluyeron en enormes fracasos o en procesos de una corrupción
masiva, como lo es el salvataje de la banca en el Ecuador.
9.
Con las diversas opciones de "solución" al problema de la deuda
-inspiradas e impuestas desde el Norte: renegociaciones, Plan Baker, menú de
opciones, Plan Brady, Iniciativa para las Américas, Programa para países
pobres muy endeudados (HIPC), etc.- vienen atadas las condicionalidades de política
económica y los propios esquemas de ajuste estructural. La deuda, entonces, no
es sólo un problema cuantitativo, sino eminentemente cualitativo. Su pago o su
renegociación sirven de gran palanca para profundizar los ajustes
estructurales: privatizaciones, reducción del tamaño del Estado, recorte de
las inversiones sociales, flexibilización laboral, apertura de la economía,
liberalización de los mercados en suma, disminución de la capacidad de
desarrollo nacional. Parecería que lo que importa, en última instancia, no es
cobrar la totalidad de la deuda, sino lograr que los países subdesarrollados
participen sumisamente en la economía mundial, aceptando las condiciones del
nuevo (des)orden internacional capitalista. Esta constatación es vital: la
deuda resulta la continuación de la política imperial por otros medios, para
ponerlo en términos de Karl von Clausewitz.
10.
Para completar este decálogo de corresponsabilidades, incluyamos la deuda ecológica,
en la cual los deudores son los países ricos y los acreedores los pobres. Esta
deuda, que se originó con la expoliación colonial -la tala masiva de los
bosques naturales, por ejemplo-, se proyecta tanto en el "intercambio ecológicamente
desigual", como en la "ocupación gratuita del espacio ambiental"
de los países pobres por efecto del estilo de vida depredador de los países
industrializados. Así, hay que incorporar las presiones provocadas sobre el
medio ambiente a través de las exportaciones de recursos naturales -normalmente
mal pagadas y que tampoco asumen la pérdida de nutrientes y de la
biodiversidad, para mencionar otro ejemplo-provenientes de los países
subdesarrollados, exacerbadas últimamente por los crecientes requerimientos que
se derivan del servicio de la deuda externa y de la propuesta aperturista a
ultranza. Propuesta que, al estimular al máximo las exportaciones, ha devenido
en promotora y aceleradora de los monocultivos, del uso incontrolado de agrotóxicos,
de la deforestación masiva, de la mayor e indiscriminada presión sobre los
recursos naturales. Adicionalmente, desde la lógica de recortes fiscales de los
programas de ajuste estructural y de las políticas de estabilización se han
reducido sustantivamente las escasas inversiones destinadas
a aquellos proyectos de protección y aún de restauración ecológica
que serían indispensables para reducir la sobre-explotación de la oferta
ambiental. Y la deuda ecológica crece, también, desde otra vertiente
interrelacionada con la anterior, en la medida que los países más ricos han
superado largamente sus equilibrios ambientales nacionales, al transferir
directa o indirectamente "polución" (residuos o emisiones) a otras
regiones sin asumir pago alguno. A todo lo anterior habría que añadir la
biopiratería, impulsada por varias corporaciones transnacionales que patentan
en sus países de origen una serie de plantas y conocimientos indígenas. Por
eso bien podríamos afirmar que no solo hay un intercambio comercial y
financieramente desigual, sino que también se registra un intercambio ecológicamente
desequilibrado y desequilibrador.
Finalmente,
durante el libertinaje financiero de los setenta y también aunque en menor
medida en la primera mitad de los noventa, los gobiernos (muchos de ellos
dictatoriales) y los grupos dominantes en los países periféricos -apoyados por
EEUU y sus aliados- encontraron la oportunidad para satisfacer, aunque sea
parcial y temporalmente, el déficit crónico de financiamiento. Y lo hicieron
sin preocuparse demasiado por el uso de los créditos, que mayormente fueron en
provecho de los grupos dominantes y que, adicionalmente, contribuyeron para
postergar reformas estructurales indispensables, como pudo ser el
establecimiento de un sistema tributario socialmente equitativo.
Posteriormente,
en la época del pago, aquellos sectores marginados de los
"beneficios" del endeudamiento foráneo fueron convocados a asumir su
servicio. La deuda, entonces, fue, al decir de Horacio Verbitsky,
"el
gran mecanismo reciclador de las relaciones de poder porque unos gozan del crédito
y otros lo pagan".
Luego,
en los años de la crisis, los gobiernos latinoamericanos mantuvieron su actitud
sumisa, condescendiente con la banca internacional, las transnacionales, los
organismos multilaterales decrédito, los gobiernos de los países ricos. Además,
las elites dominantes de estos países, por su complicidad con los acreedores,
sea por que se habían transformado en tenedores de papeles de la deuda o sea
por el miedo al "gran garrote", nunca plantearon salidas conjuntas,
siempre se impusieron los clubes de los acreedores (Club de París, Club de
Londres o comités de gestión). "¡Desgraciada condición humana! Siempre
los tiranos se han ligado, los libres jamás", clamaba con angustia Simón
Bolívar.