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¿Suspensión
de pagos o anulación?
Una deuda odiosa
Por Eric Toussaint*
La deuda externa latinoamericana tiene una larga historia, siempre ligada
a los vaivenes e intereses de la economía de los países centrales. Un repaso a
esa historia permite echar otra luz sobre el default argentino y reconocer el
derecho de los pueblos a no pagar una deuda ya pagada con creces. En los dos últimos
siglos, América Latina fue protagonista en cuatro oportunidades de crisis de la
deuda externa, y en todos los países, salvo Argentina, se suspendieron o
renegociaron con ventaja sus obligaciones. Argentina debe hoy más de 132.000
millones de dólares, a pesar de que en los últimos 25 años devolvió más de
200.000 millones...
En 1914, en plena revolución conducida por Emiliano Zapata y Pancho Villa, México
suspendió por completo el pago de su deuda externa. El país entonces más
endeudado del continente sólo devolvió, entre 1914 y 1942, sumas puramente
simbólicas con el único fin de calmar la situación. Entre 1922 y 1942 (¡20 años!)
hubo largas negociaciones con un consorcio de acreedores dirigido por uno de los
directores de la Banca Morgan, de Estados Unidos. En 1938, el presidente Lázaro
Cárdenas nacionalizó sin indemnización la industria petrolera, que estaba en
manos de empresas estadounidenses.
Esta medida provocó naturalmente la protesta de los acreedores. Pero la
tenacidad de México dio resultado: en 1942, los acreedores renunciaron a más
del 90% del valor de sus acreencias y aceptaron unas leves indemnizaciones para
las empresas que les habían sido sustraídas (1). Otros países, como Brasil,
Bolivia y Ecuador, también suspendieron total o parcialmente los pagos a partir
de 1931. En el caso de Brasil, la pausa selectiva en los reembolsos duró hasta
1943, año en el que un acuerdo permitió reducir la deuda en un 30%. Ecuador,
por su parte, interrumpió los pagos desde 1931 hasta los años ‘50.
En los años ‘30, en total 14 países suspendieron los pagos en forma
prolongada. Entre los grandes deudores, sólo Argentina reembolsó sin
interrupción, después de haber hecho lo mismo durante la crisis precedente, a
finales del siglo XIX. Si se comparan los resultados económicos de Argentina en
el decenio de 1930 con los de los otros grandes deudores (México y Brasil), éstos
fueron por supuesto mucho peores.
Ciclos repetidos
La suspensión del pago de la deuda decretada por Argentina en diciembre de
2001, luego de que las movilizaciones populares provocaran la renuncia del ex
presidente De la Rúa, está lejos de ser una première. Desde que la mayoría
de los países de América Latina obtuvo la independencia a principios del siglo
XIX, varias decenas de suspensiones tuvieron lugar durante las cuatro grandes
crisis de la deuda (ver abajo Recuadro « De crisis en crisis »).
Entre 1826 y 1850, en la primera crisis, casi todos los países del continente
detienen sus pagos. Un cuarto de siglo más tarde, en 1876, 11 naciones de América
Latina están en cesación de pagos. En los años ‘30, 14 países decretan una
moratoria (2). Entre 1982 y 2002, México, Bolivia, Perú, Ecuador, Brasil y
Argentina interrumpen en algún momento el reembolso, por un período de varios
meses: la suspensión permite a los países deudores alcanzar las condiciones
favorables para volver a acreditar los pagos, tras haber renegociado con sus
acreedores.
El 26 de noviembre pasado Anne Krueger, número dos del Fondo Monetario
Internacional (FMI), designada por la administración Bush, anunció que el FMI
planeaba establecer un procedimiento que permita a los países en dificultad
suspender los pagos por un período prolongado (3). Ello debería permitir en
algunos casos evitar el estallido de una crisis, al forzar a acreedores privados
a renunciar a una parte de sus pretensiones, volviendo así sostenible el peso
de la deuda.
Para el FMI se trata de disciplinar a los acreedores privados para evitar que se
repitan crisis como las que estallaron en México en 1994, en el sudeste asiático
en 1997, en Rusia en 1998 y últimamente en Turquía y en Argentina. Krueger
precisó que harían falta 2 o 3 años de discusiones en el seno del FMI para
establecer un procedimiento semejante. Pero el estallido de una crisis mayor en
Argentina lo tomó desprevenido.
Queda claro que por parte del FMI y de los acreedores en general, sólo se trata
de un respiro (4). Desde agosto de 1982 y la suspensión provisoria del
reembolso de la deuda mexicana, supieron sacar provecho de la situación. Todas
las interrupciones en los pagos duraron menos de un año y nunca fueron
decididas de manera concertada por varios países. En consecuencia, los
acreedores privados pudieron realizar jugosos negocios y cada vez el FMI logró
recuperar con intereses las sumas puestas a disposición de los deudores para
que pudieran honrar los compromisos internacionales y continuaran o retomaran
los reembolsos (ver abajo Recuadro « A precio fuerte »).
¿Giro histórico?
La deuda externa pública actual de Argentina supera los 130.000 millones de dólares.
Pero durante los 25 años que siguieron a la dictadura militar de 1976, ¡devolvió
más de 200.000 millones! Bajo el régimen de terror de « los años de
plomo » (1976-1983), su deuda externa se multiplicó por 5,5 (pasó de
8.000 a 45.000 millones de dólares). El FMI apoyó y aconsejó de manera sistemática
a los generales, llegando incluso a enviar un alto funcionario, Dante Simone, al
Banco Central argentino. En el último período de la dictadura, la aplastante
mayoría de la deuda externa privada fue transferida de manera ilegal al Estado.
Según el derecho internacional, esas deudas adquiridas por un régimen
dictatorial constituyen una « deuda odiosa ». Al regresar la
democracia, en 1983, el ex presidente Raúl Alfonsin habría podido rechazar con
fundamento la presión del FMI y de los acreedores, pero no fue así. Al
contrario, a principios del régimen constitucional, firmó un acuerdo con el
FMI, comprometiendo a Argentina a devolver hasta el último centavo. Las deudas
contraídas con posterioridad sirvieron en lo esencial para devolver las
anteriores.
En julio de 2000, luego de 18 años de proceso, un tribunal argentino completó
un fallo de 195 páginas que demuestra el carácter ilegítimo de la deuda, la
culpabilidad de los acreedores privados internacionales, del FMI y de la Reserva
Federal de Estados Unidos (5). Demuestra asimismo la rapacidad de los
capitalistas argentinos, que exportan sistemáticamente sus capitales hacia el
extranjero luego de vaciar la economía nacional de su substancia y sus
industrias. Los ciudadanos se encuentran por lo tanto habilitados para exigir al
presidente Eduardo Duhalde que mantenga la suspensión del pago de la deuda en
vistas de obtener su anulación.
Un régimen que dé prioridad de manera coherente a la satisfacción de los
derechos humanos fundamentales de sus ciudadanos y tome medidas concretas en
este sentido, se beneficiaría con un amplio apoyo popular, tanto en Argentina
como en otros países. Brasil, cuya deuda alcanza los 250.000 millones de dólares,
se prepara para las elecciones presidenciales de octubre de 2002. El nuevo
presidente podría constituir un frente con Argentina para enfrentar a los
acreedores. ¿Y por qué no un cartel de países endeudados con la Venezuela de
Hugo Chávez? Ello podría suponer un giro histórico para el subcontinente
latinoamericano.
1 Para un análisis detallado, veáse Carlos Marichal,
A century of Debt Crises in Latin America, 1820-1930, Princeton University
Press, 1989; del mismo autor, La deuda externa: el manejo coactivo en la política
financiera mexicana, 1885-1995, Mimeo, México, 1999.
2 Eric Toussaint, La Bolsa o la Vida, Las Finanzas
contra los Pueblos, Editorial Gakoa, San Sebastian, 2002 , 464pp, ISBN
84-87303-67-6, págs. 159 a 163.
3 Veáse el sitio del FMI:
www.imf.org/external/np/speeches/2001/112601.htm
4 El FMI concedió una demora de un año a Argentina para un
desembolso de 741 millones de dólares que debería haberse realizado el
17-1-02.
5 El fallo se encuentra en el sitio del CADTM:
http://users.skynet.be/cadtm, "Dossier Argentina".
E.T.
*Presidente del Comité para la anulación de la deuda del Tercer Mundo. Autor
de La Bolsa o la Vida, Las Finanzas contra los Pueblos, Editorial
Gakoa, San Sebastian, 2002 , 464pp, ISBN 84-87303-67-6,
Traducción: Pablo Stancanelli
Recuadros
De crisis en crisis
En
dos siglos, las economías de América Latina fueron golpeadas por cuatro crisis
de la deuda. La primera se declaró en 1826 y se prolongó hasta la mitad del
siglo XIX. La segunda comenzó en 1876 y terminó en los primeros años del
siglo XX. La tercera duró de 1931 hasta finales de los años 1940. La cuarta, aún
en curso, estalló en 1982.
Los orígenes de estas crisis y los momentos en que estallan están íntimamente
ligados al ritmo de la economía mundial y, principalmente, al de los países más
industrializados. Las fases previas al estallido, durante las cuales la deuda
aumenta fuertemente, se corresponden cada vez con el final de un largo ciclo
expansivo de los países más industrializados. Generalmente, es provocada por
una recesión o un crack que golpea a una o a las principales economías
industrializadas.
La primera crisis de 1826 fue provocada por el crack financiero de la Bolsa de
Londres en diciembre de 1825. La segunda estalló en 1873, luego de un crack
bursátil en Viena seguido de otro en Nueva York. La crisis de 1931 se sitúa en
la onda expansiva del hundimiento de Wall Street en 1929. El cuarto sismo, en
1982, fue provocado por el efecto combinado de la segunda recesión económica
mundial de posguerra (1980-1982) y del alza de las tasas de interés decidida
por la Reserva Federal de Estados Unidos en 1979. Cada una de esas cuatro crisis
duró entre 15 y 30 años. Involucraron al conjunto de los Estados
independientes de América Latina y el Caribe casi sin excepciones.
Las dificultades que agitan a Argentina y que tendrán efectos a escala en todo
el continente, incluso más allá, son la manifestación evidente de la
continuación de la cuarta crisis de la deuda latinoamericana, que estalló en
1982. Este desajuste tiene sus propias características, pero las conclusiones
de un análisis histórico y económico riguroso hacen resaltar las similitudes
evidentes con las tres precedentes. Las turbulencias fueron precedidas cada vez
por un frenesí de préstamos acordados a los países latinoamericanos por los
mercados financieros del Norte, en forma de títulos y/o préstamos bancarios.
En general, las crisis se tradujeron en una transferencia masiva de capitales
desde los países latinoamericanos endeudados hacia los acreedores de los países
industrializados. Estuvieron generalmente acompañadas por la pérdida de
elementos de soberanía nacional: los acreedores se otorgaron el derecho de
recaudar las tasas de aduana o los impuestos (Haití, Perú, República
Dominicana en los años 1930); metieron mano en los principales recursos de
exportación (México, entre 1995 y 1997: los ingresos del pétroleo pasaron por
una cuenta bancaria en Nueva York, controlada por la Reserva Federal de Estados
Unidos); impusieron su jurisdicción nacional para tratar los litigios, y, en
algunos casos, intervinieron militarmente para recuperar sus acreencias (bloqueo
del puerto de Caracas en 1902 por navíos de guerra de distintas potencias
industriales). Frutos enteros de las economías endeudadas fueron a parar a
manos de los acreedores.
E.T.
A
precio fuerte
Entre 1980 y 2000, los acreedores recibieron a modo de reembolso, por el
conjunto de América Latina, 192.000 millones de dólares más que las sumas
prestadas. Los años 1999 y 2000 fueron particularmente rentables: los países
de América Latina devolvieron 86.200 millones de dólares más de lo que
recibieron en nuevos préstamos durante los dos años en cuestión.
Contrariamente a la idea dominante, el FMI no ayuda a los países endeudados de
forma generosa. Hace pagar sus intervenciones a precio fuerte. Entre 1980 y
diciembre de 2000, puso 71.300 millones de dólares a disposición de los países
latinoamericanos y éstos reembolsaron 86.700 millones. ¡El FMI ganó 15.400
millones! (1).
Entre 1982 y 2000, América Latina reembolsó 1.450.000 millones de dólares a
sus acreedores, es decir, más de cuatro veces el volumen total de su deuda en
1982.
1 En Banco
Mundial, World Development Indicators 2001, Nueva York, 2002.
Eric Toussaint
Articulo publicado en Le
Monde Diplomatique, février 2002
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