Mercosur
-
Europa:
Un
Proyecto
Histórico
Theotonio
Dos
Santos
A
comienzos
de
los
años
50
el
pensamiento
económico
latinoamericano
produjo,
sobre
todo
en
la
CEPAL,
una
abundante
literatura
sobre
la
importancia
de
la
integración
económica
a
comienzos
de
los
años
50.
En
esa
época
no
se
podría
imaginar
que
una
política
de
cooperación
siderúrgica
entre
algunos
países
europeos
que,
hace
poco
tiempo
se
mataban
entre
sí
en
una
guerra
odiosa,
llegaría
a
constituir
esta
obra
colosal
de
la
cooperación
humana
que
es
hoy
la
Europa
Unificada.
En
América
Latina
tuvimos
que
asistir
impotentes
a
las
dificultades
de
la
colaboración
regional,
iniciada
por
ALALC
en
1960.
Tuvimos
que
restringir
nuestras
pretensiones
integracionistas
bajo
presión
de
la
doctrina
del
panamericanismo
pero,
sobre
todo,
por
la
pesada
herencia
de
nuestro
pasado
colonial
y
dependiente.
Nuestras
infraestructuras
de
carreteras
y
de
comunicación
se
dirigían
fundamentalmente
hacia
la
exportación
de
productos
primarios
a
los
centros
de
la
economía
mundial.
Desconocíamos,
y
hasta
hoy
así
es,
lo
que
pasaba
en
nuestros
países
vecinos.
Nuestra
diplomacia
se
orientaba
verticalmente
hacia
los
centros
del
poder
mundial,
dándole
una
importancia
secundaria
a
América
Latina.
En
este
ambiente
poco
favorable,
presenciamos
el
debilitamiento
de
ALALC,
buscando
muchas
veces
razones
técnicas
para
su
fracaso,
cuando
sufríamos,
de
hecho,
las
consecuencias
de
una
estructura
del
poder
mundial
en
que
éramos
más
espectadores
que
autores.
De
los
años
30
hasta
la
década
de
los
ochencha,
logramos
avanzar
en
dirección
a
una
estructura
económica
más
orientada
a
nuestros
mercados
internos.
Y
pudimos
aumentar
la
densidad
de
nuestras
relaciones
diplomáticas
regionales
hasta
la
creación
del
Mercosur.
Esta
cooperación
en
el
Cono
Sur
de
América
mostró
las
potencialidades
del
intercambio
entre
economías
de
desarrollo
medio,
como
Brasil
y
Argentina.
El
éxito
del
Mercosur
vino
a
estimular
iniciativas
diplomáticas
regionales
de
gran
repercusión
para
el
destino
de
las
Américas
y
de
nuestras
relaciones
con
el
resto
del
mundo.
Hoy
señalamos
el
entusiasmo
que
esta
experiencia,
aún
restringida
y
localizada,
despertó
en
todo
subcontinente
de
América
del
Sur.
Los
países
que
componen
el
Pacto
Andino
y
el
Pacto
Amazónico
desean,
ardorosamente,
unirse
al
Mercosur,
visto
como
una
exitosa
experiencia
de
cooperación
económica
y
diplomática.
Conseguimos
romper
el
inmovilismo
diplomático
que
se
inspiraba
en
el
miedo
de
afrontar
el
panamericanismo
exclusivista.
Conseguimos
construir
una
cooperación
iberoamericana,
con
claro
apoyo
de
la
Unión
Europea.
En
1989,
los
presidentes
de
América
Latina
pudieron
reunirse,
por
primera
vez,
en
la
Primera
Cumbre
Iberoamericana.
Rompimos,
en
definitiva,
las
amarras
que
impedía
autopercibirnos
como
una
compleja
identidad
cultural,
como
hermanos
con
intereses
económicos
y
políticos
comunes.
Por
ello,
los
que
siempre
aspiramos
a
una
unidad
de
América
Latina
vimos,
con
mucho
gusto,
que
la
Unión
Europea
haya
comprendido
la
importancia
geopolítica
de
la
cooperación
de
América
Latina
y
del
Caribe
(cada
vez
más
identificado
con
nosotros)
con
la
nueva
Europa,
que
nace
de
la
firme
decisión
de
crear
su
moneda
propia
y
de
llevar,
hasta
las
últimas
consecuencias,
el
espíritu
de
la
cooperación
entre
los
pueblos.
Queremos
formar
parte
de
esta
aventura
europea.
No
compartimos,
de
ningún
modo,
las
dudas
y
el
escepticismo
de
los
que
desconfían
de
la
capacidad
de
latinoamericanos
y
europeos
construir
una
colaboración
efectiva
y
provechosa.
No
reducimos
la
propuesta
europea
de
una
integración
entre
el
Mercosur
y
la
Unión
Europea
a
un
proyecto
de
zona
de
libre
mercado.
Sabemos
que
la
perspectiva
europea
no
es
la
de
una
ALCA
interatlántica.
Trátase
de
la
creación
de
un
espacio
de
cooperación
económica,
sociopolítica
y
cultural.
No
coincidimos
con
la
reducción
de
este
debate
a
un
propósito
ingenuo
de
nuestros
tecnócratas
de
exigir
a
los
europeos
una
coherencia
con
las
ideas
neoliberales,
que
nunca
orientaron
efectivamente
la
realidad
europea.
No
tiene
sentido
exigir
que
Europa
abandone
su
concepto
de
seguridad
alimenticia
(que,
por
cierto,
debe
mucho
a
un
gran
brasileño,
Josué
de
Castro,
hoy
olvidado
a
causa
de
la
dictadura
brasileña)
como
condición
para
el
avance
de
esta
integración
de
gran
significado
para
ambas
comunidades.
Es
perfectamente
posible
avanzar
por
partes
y
establecer
acuerdos
específicos
y
bilaterales
que
permitan
una
mayor
participación
de
nuestros
productos
agroindustriales
en
la
economía
europea.
También
es
posible
avanzar
en
los
acuerdos
de
cooperación
científica
y
en
el
intercambio
de
inversiones.
Hay
un
precedente
importante
en
este
sentido
que
es
el
avance
de
la
cooperación
iberoamericana.
Si
prestamos
atención
a
la
constitución
y
desarrollo
de
las
cumbres
iberoamericanas,
veremos
que
ellas
representaron
un
salto
geopolítico
para
América
Latina.
La
primera
reunión
de
los
presidentes
latinoamericanos
se
realizó
con
ocasión
de
la
creación
de
estas
cumbres
iberoamericanas.
Siempre
estuvimos
prohibidos
por
Estados
Unidos
de
reunirnos
separadamente
del
gigante
del
norte.
La
doctrina
Monroe
quiso
sujetarnos
a
un
panamericanismo
suicida.
El
autodesignado
líder
de
mira
con
buenos
ojos
nuestra
identidad
iberoamericana.
Sin
embargo,
los
hechos
demostraron
que
cuando
la
comunidad
europea
respaldó
el
proyecto
de
reconstitución
de
una
herencia
histórica
tan
profunda
como
el
iberoamericanismo,
él
se
desarrolló,
echó
raíces
y
se
estableció
definitivamente.
Lo
mismo
ocurrió
cuando
Brasil
y
Argentina
superaron
una
competición
artificial
manipulada
históricamente
por
intereses
favorables
a
una
balcanización
de
América
Latina,
y
establecieron
el
Mercosur.
El
salto
obtenido
en
nuestro
comercio
exterior
en
menos
de
una
década
es
una
muestra
de
la
fuerza
de
una
perspectiva
de
cooperación
latinoamericana.
Argentina
está
reviviendo
este
proyecto
después
de
que
sus
enemigos
trataron
de
impedir
su
continuidad
e
intentaron
establecer
un
falso
dilema
entre
el
Mercosur
y
nuestra
integración
en
la
economía
mundial.
Al
contrario
de
lo
que
piensan
estos
señores
que
representan
una
vieja
oligarquía
de
inspiración
colonial,
nuestra
integración
en
la
economía
mundial
no
será
hecha
con
la
sumisión
a
las
imposiciones
de
las
grandes
potencias,
sino
por
nuestra
integración
regional
y
nacional.
Solamente
naciones
bien
integradas
internamente
pueden
ocupar
un
lugar
privilegiado
en
el
comercio
mundial.
Véase
el
ejemplo
reciente
de
Brasil.
Al
abrir
unilateralmente
todas
sus
puertas
para
el
comercio
mundial
sólo
consiguió
derrumbar
sus
exportaciones
y
ahora
sus
importaciones,
después
de
la
devaluación
inevitable
de
su
moneda
en
enero
de
1999.
Como
resultado
de
esta
integración
subordinada
al
mercado
mundial,
Brasil
disminuyó
su
participación
en
el
comercio
mundial
del
1,2%
al
0,8%.
Esto
quiere
decir
que
la
política
de
apertura
irresponsable
en
vez
de
globalizarnos,
como
nos
prometía,
sólo
consiguió
desglobalizarnos.
No
se
trata
de
cerrar
economías
que,
al
contrario
de
lo
que
se
dice,
estuvieron
siempre
abiertas
y
sumisas
al
mercado
mundial.
Trátase
de
asegurar
un
efectivo
camino
de
integración
en
el
mercado
mundial,
y
para
esto
tenemos
que
saber
respetar
nuestros
orígenes
históricos,
nuestras
herencias
culturales
y
nuestros
intereses
geopolíticos
reales.
Y
nuestro
proyecto
de
afirmación
cultural
pasa
claramente
por
el
reconocimiento
de
nuestras
raíces
ibéricas
y
nuestra
aventura
común
latinoamericana.
En
el
momento
actual,
las
inversiones
españolas
ganaron
un
papel
especial
en
Brasil
y
en
toda
América
Latina.
Esto
es
una
buena
señal.
No
se
trata
de
alejar
el
capital
norteamericano,
sino
de
contrarrestar
cualquier
dominio
unilateral
en
la
región.
Desde
luego
reconocemos
nuestra
realidad
hemisférica
a
pesar
de
que
nunca
tuvimos
ningún
papel
protagónico
en
su
configuración
estratégica.
Juscelino
Kubitschek,
por
ejemplo,
lanzó
la
Operación
Panamericana
(OPA),en
1959,
pero
supo
al
mismo
tiempo
romper
con
el
Fondo
Monetario
Internacional
que
quería
bloquear
su
Plan
de
Metas,
que
permitió
a
Brasil
avanzar
50
años
en
5.
La
OPA
fue
seguramente
uno
de
los
antecedentes
de
la
Alianza
para
el
Progreso,
pero
no
le
fue
reconocido
ningún
papel
en
la
formulación
e
implantación
de
ésta.
La
OEA
tuvo
fuerte
apoyo
brasileño,
pero
se
transformó,
durante
muchos
años,
en
un
simple
apéndice
de
la
política
exterior
norteamericana.
Todo
esto
es
muy
diferente
del
proyecto
de
la
cooperación
iberoamericana
que
desarrolla
América
Latina
junto
con
España
y
Portugal,
y
que
empieza
a
dar
fruto
en
varios
sectores.
Podemos
encontrar
ahí
los
antecedentes
de
una
futura
cooperación
eurolatinoamericana
que
cambiará
positivamente
la
dirección
de
nuestra
inserción
internacional
con
la
apertura
de
nuevas
opciones
comerciales,
tecnológicas
y
culturales.
*
Theotonio
Dos
Santos
es
profesor
titular
de
Economía
de
la
Universidad
Federal
Fluminense,
es
coordinador
de
la
Cátedra
y
Red
UNESCO-Universidad
de
las
Naciones
Unidas
sobre
Economía
Global
y
Desarrollo
Sostenible
y
presidente
del
Consejo
Consultivo
de
Relaciones
Internacionales
del
Estado
de
Río
de
Janeiro.