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721 79 59 LA
UTOPÍA DEL NEOLIBERALISMO: LA
EXPLOTACIÓN DE TODO LO EXPLOTABLE Según
la opinión hoy imperante, el sistema neoliberal es un orden económico
perfecto, regido por la implacable lógica del libre mercado. Un mecanismo que
sanciona sin dilación las infracciones, bien automáticamente, bien a través
del FMI (Fondo Monetario Internacional,
con sede en Washington), o de la OMC (Organización
Mundial de Comercio, con sede en Ginebra), que imponen una política de
reducción de costos salariales y del gasto público, y de flexibilización del
trabajo. Por
generalizada que esté, la teoría de que el mercado resuelve por sí sólo
todos los problemas no es más que un postulado:
una afirmación indemostrada e indemostrable. Frente a los hechos
-de los que nos ocuparemos enseguida y que fundamentan una tesis muy
diferente-, el neoliberalismo es una fantástica utopía, de espaldas al
principio fundamental de toda ciencia natural o social: la adecuación al único
canon, el de los resultados reales. Nos encontramos ante una contraposición de
la lógica puramente económica
-en el sentido más estrecho del término, con los únicos criterios concurrencia
y eficiencia-
a la lógica social, es decir, enfocada a la sociedad civil como un todo, y cuyos
criterios son el derecho
y la justicia. Y sin embargo,
esta teoría se ha constituido en brújula de la exigua minoría que determina
las relaciones económicas, y hace así posible la realización de un programa
de destrucción sistemática de todo orden social solidario, de todo hacer
colectivo. La
marcha hacia la utopía neoliberal -LA PURA Y PERFECTA ECONOMÍA
DEL MERCADO LIBRE, A TRAVÉS DE LA DESREGULACIÓN DE LOS SISTEMAS FINANCIEROS
(formulación de Pierre Bordieu, insigne sociólogo y Profesor en el Collége de France)-
se lleva adelante mediante una política que liquida literalmente todas
las posibilidades de dirección o influencia por parte de los poderes públicos.
El poder fáctico que sostiene esa política radica en los sectores
sociales cuyos intereses patrocina: accionistas, banqueros, industriales, políticos
que se han pasado al „laissez faire“, altos burócratas de las finanzas; el
objetivo que esa política persigue es eliminar todas las estructuras de la
sociedad civil que pueden oponerse al „libre“ mercado químicamente
puro: ·los
Estados nacionales, cuya área de acción se reduce por momentos;
·los grupos salariales, sustituidos por la
remuneración individual; ·el ascenso según criterios no fáciles de
objetivar para los demás -de donde
se sigue el aislamiento de los trabajadores-;
·las organizaciones de defensa de los derechos
laborales, como sindicatos, uniones profesionales, cooperativas. Por
otra parte, la globalización de los mercados financieros, unida al avance de
las técnicas de información facilita ·una movilidad del capital desconocida hasta ahora,
y ·la posibilidad de comparar en cada momento la
rentabilidad de todas las empresas en Bolsa.
La combinación de ambos factores permite a los inversionistas que sólo
buscan el mayor beneficio en el menor tiempo ejercer presiones brutales sobre
cualquier empresa. y dictar las políticas de empleo, remuneraciones salariales,
etc., que, por lo menos a corto plazo, convienen a sus intereses. Y
así se llega al imperio absoluto de la flexibilidad: empleos por tiempo limitado, mano de obra alquilada, continuo
recambio del personal „de la casa“. En el seno mismo de las empresas se
impone el „principio de concurrencia“: entre las filiales autónomas, entre
los diversos equipos de trabajo, y entre los empleados mismos. Para eso se
aplican técnicas como la fijación de metas individuales, las conversaciones
individuales de evaluación, la evaluación permanente, la „delegación de
responsabilidades“ para asegurarse la auto-explotación de determinados
empleados, la ficticia „independencia“ de asalariados para hacerlos
responsables de sus ventas, de su producción, de su filial, etc.
Por estos procedimientos se resquebraja
-o se elimina- la solidaridad colectiva. En las empresas se entabla una
„lucha darwiniana de todos contra todos“ (Pierre
Bopurdieu), y a todos los niveles jerárquicos.
La vinculación al trabajo y a la empresa gira ya sólo sobre la amenaza de
despido, o sobre un carrerismo que pisotea toda solidaridad. Los gestores que en
cada momento han de tomar decisiones -pendientes
ellos mismos casi siempre del tubo del oxígeno-
tienen así en reserva el ejército de los desempleados, que asegura el
„armónico“ funcionamiento del respectivo microsistema. El
viejo contrato de trabajo
ha pasado a la historia. Nunca se habían pronunciado tan frecuentemente
en las empresas las palabras „confianza“, „lealtad“, „colaboración“...
Los hechos
son que el fantasma amenazador del despido obliga a la resignada aceptación de
las famosas „lentejas, que si las quieres las tomas, y si no, las dejas“.
Tres cuartas partes de los empleos son a plazo limitado; mientras que prácticamente
desaparece la barrera de protección contra el despido. „La utopía neoliberal
se convierte así en una máquina infernal,
a cuya coacción tampoco escapa la mayoría de los estamentos directivos. Una
situación que tiene mucho de común con los peores tiempos del sistema
marxista“ (Pierre
Bourdieu). La
fe cuasireligiosa en la omnipotencia del libre comercio es común tanto a los
que viven de él (financieros, altos jefes de empresa, etc.), como a los políticos
y elevados funcionarios, que son los primeros en promover la absoluta libertad
en la economía, la supresión de las reglamentaciones para todos los mercados
-el primero, claro está, el laboral-, la general privatización de todos
los servicios públicos y la reducción del gasto público y de los gastos
sociales. Pero
¿qué dicen los economistas? Los
economistas, al margen de toda confrontación con los hechos reales, confían en
sus postulados. Y desprecian como innecesarios los resultados de otras ciencias
que no se ajustan a la rectilínea lógica de sus acariciados modelos. En
realidad, no comprenden la profunda complejidad del acontecer real. En una
reciente entrevista de prensa, el prestigioso Nobel de Economía James Tobin,
hablando de su idea de un impuesto sobre todas las transacciones financieras, le
asignaba sólo una función estabilizadora de los mercados financieros; las
consecuencias, probablemente muy positivas desde el punto de vista social, e
internacional en orden al desarrollo, no sólo no merecían su atención, sino
que las consideraba ajenas a sus intenciones. Para él -declaró- lo único
importante es estabilizar el mercado, porque „donde impera el mercado, aumenta
el producto social bruto, y consiguientemente
el bienestar“. Bien claro está que este insigne científico puro jamás ha „perdido“ tiempo en informarse de a
quiénes llega, y a cuántos no, ese estadístico
bienestar. Y
por otra parte, aunque los economistas no tengan los mismos intereses que el núcleo
duro de los „creyentes“, tienen los suyos propios, y muy específicos.
Teorizantes y librescos, eternamente de espaldas a las realidades sociales, han
dedicado toda su existencia a sostener el dogma
-otra cosa no es- del mercado omnipotente y omnisciente. ¿Cómo reconocer
ahora que se habían equivocado? ¿Cómo pasarse, al final, a la herejía? Una
actitud explicable, por lo menos desde
el punto de vista psicológico („explicable“ no es lo mismo que „justificable“). Pero
el mundo está ahí, a pesar de los economistas. Y de esa realidad mundial
forman parte las consecuencias del funesto avance neoliberal hacia su utopía:
·la miseria de un sector cada día mayor, aun en los
países estadísticamente prósperos; ·el abismo creciente entre los ingresos de unos y
otros sectores; ·la desaparición progresiva de las áreas autónomas
de producción cultural (cine, editoriales) acorraladas por la comercialización;
·el establecimiento en los altos niveles del Estado,
la Economía, y las empresas mismas, de la lucha de todos contra todos. Y lo que
es aún mucho más grave, ·la destrucción de las instancias colectivas que
podrían hacer frente a los letales efectos de la máquina infernal, en especial
el progresivo desmontaje del Estado, custodio de los valores comunitarios públicos.
Esa
marcha hacia la utopía neoliberal se desarrolla casi imperceptiblemente, como
la deriva de las masas continentales; con lo que sus funestas consecuencias
quedan desdibujadas entre las inciertas nieblas del futuro. A lo que ayuda,
paradójicamente, la resistencia de algunas fuerzas conservantes (no „conservadoras“) que defienden el viejo orden
tirando de las reservas que aún quedan de él. Esos restos de solidaridad
preservan todavía a una parte de la sociedad del „sálvese el que pueda“
que arrolla a la gran mayoría, menos afortunada. Pero esa resistencia
conservante es un capital social que no se regenera, sino que se agota. Al lado
de esas fuerzas (sindicatos, uniones de toda índole
-lo importante es la unión-,
partidos, etc.) el Estado debería seguir ocupando el lugar preeminente que le
ha correspondido siempre. El Estado nacional
-y mejor aún el supranacional, si logra mantenerse inmune a la infección
del virus imperante- podría
controlar el lucro en los mercados financieros; impedirles que sigan
desmantelando el mercado laboral; articular y organizar los intereses públicos.
Porque „la categoría interés público
no brotará jamás en el suelo envenenado por la divisa: ALASEI - Bonn ©
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