ALASEI - Bonn

Agencia Latinoamericana de Servicios Especiales de Información

Director: Gunter Weller

Michaelstr. 7, D-53111 Bonn (Alemania)

Tel (0049 228)  69 77 22      Fax (0049 228)  721 79 59

LA UTOPÍA DEL NEOLIBERALISMO:

LA EXPLOTACIÓN DE TODO LO EXPLOTABLE

  Bonn (ALASEI), diciembre 2001 - El pasado mes de noviembre inició actividades en Bonn un nuevo grupo de la red alemana de ATTAC. En comparación con otros países vecinos (Bélgica, Francia, Suecia, etc.), ese retraso resulta sorprendente. Sobre todo si se tiene en cuenta que ya en enero del 2000 se reunieron en Francfort fuerzas y organizaciones de la sociedad civil alemana para unirse en una red contra la disolución de la solidaridad social y el deterioro de la situación real de la gran mayoría de la población. Y sin embargo, aquellos grupos tardaron todavía un año en unirse bajo el techo común de ATTAC. Quizás porque entre ellos  -y no digamos entre la gran opinión-  no era aún suficientemente clara la conciencia de lo amenazador del neoliberalismo. Esa es la razón por la que nos decidimos a insistir una vez más sobre el peligro que se cierne sobre nosotros si no no nos alzamos al grito de ¡EL MUNDO NO ES UNA MERCANCÍA!

Según la opinión hoy imperante, el sistema neoliberal es un orden económico perfecto, regido por la implacable lógica del libre mercado. Un mecanismo que sanciona sin dilación las infracciones, bien automáticamente, bien a través del FMI (Fondo Monetario Internacional, con sede en Washington), o de la OMC (Organización Mundial de Comercio, con sede en Ginebra), que imponen una política de reducción de costos salariales y del gasto público, y de flexibilización del trabajo.

Por generalizada que esté, la teoría de que el mercado resuelve por sí sólo todos los problemas no es más que un postulado: una afirmación indemostrada e indemostrable. Frente a los hechos  -de los que nos ocuparemos enseguida y que fundamentan una tesis muy diferente-, el neoliberalismo es una fantástica utopía, de espaldas al principio fundamental de toda ciencia natural o social: la adecuación al único canon, el de los resultados reales. Nos encontramos ante una contraposición de la lógica puramente económica   -en el sentido más estrecho del término, con los únicos criterios concurrencia y eficiencia-  a la lógica social, es decir, enfocada a la sociedad civil como un todo, y cuyos criterios son el derecho y la justicia. Y sin embargo, esta teoría se ha constituido en brújula de la exigua minoría que determina las relaciones económicas, y hace así posible la realización de un programa de destrucción sistemática de todo orden social solidario, de todo hacer colectivo.

La marcha hacia la utopía neoliberal  -LA PURA Y PERFECTA ECONOMÍA DEL MERCADO LIBRE, A TRAVÉS DE LA DESREGULACIÓN DE LOS SISTEMAS FINANCIEROS (formulación de Pierre Bordieu, insigne sociólogo y Profesor en el Collége de France)-  se lleva adelante mediante una política que liquida literalmente todas las posibilidades de dirección o influencia por parte de los poderes públicos. El poder fáctico que sostiene esa política radica en los sectores sociales cuyos intereses patrocina: accionistas, banqueros, industriales, políticos que se han pasado al „laissez faire“, altos burócratas de las finanzas; el objetivo que esa política persigue es eliminar todas las estructuras de la sociedad civil que pueden oponerse al „libre“ mercado químicamente puro:  ·los Estados nacionales, cuya área de acción se reduce por momentos;  ·los grupos salariales, sustituidos por la remuneración individual;  ·el ascenso según criterios no fáciles de objetivar para los demás  -de donde se sigue el aislamiento de los trabajadores-;  ·las organizaciones de defensa de los derechos laborales, como sindicatos, uniones profesionales, cooperativas.

Por otra parte, la globalización de los mercados financieros, unida al avance de las técnicas de información facilita  ·una movilidad del capital desconocida hasta ahora, y  ·la posibilidad de comparar en cada momento la rentabilidad de todas las empresas en Bolsa.  La combinación de ambos factores permite a los inversionistas que sólo buscan el mayor beneficio en el menor tiempo ejercer presiones brutales sobre cualquier empresa. y dictar las políticas de empleo, remuneraciones salariales, etc., que, por lo menos a corto plazo, convienen a sus intereses.

Y así se llega al imperio absoluto de la flexibilidad: empleos por tiempo limitado, mano de obra alquilada, continuo recambio del personal „de la casa“. En el seno mismo de las empresas se impone el „principio de concurrencia“: entre las filiales autónomas, entre los diversos equipos de trabajo, y entre los empleados mismos. Para eso se aplican técnicas como la fijación de metas individuales, las conversaciones individuales de evaluación, la evaluación permanente, la „delegación de responsabilidades“ para asegurarse la auto-explotación de determinados empleados, la ficticia „independencia“ de asalariados para hacerlos responsables de sus ventas, de su producción, de su filial, etc.  Por estos procedimientos se resquebraja  -o se elimina-  la solidaridad colectiva. En las empresas se entabla una „lucha darwiniana de todos contra todos“ (Pierre Bopurdieu), y a todos los niveles jerárquicos. La vinculación al trabajo y a la empresa gira ya sólo sobre la amenaza de despido, o sobre un carrerismo que pisotea toda solidaridad. Los gestores que en cada momento han de tomar decisiones  -pendientes ellos mismos casi siempre del tubo del oxígeno-  tienen así en reserva el ejército de los desempleados, que asegura el „armónico“ funcionamiento del respectivo microsistema.

El viejo contrato de trabajo  ha pasado a la historia. Nunca se habían pronunciado tan frecuentemente en las empresas las palabras „confianza“, „lealtad“, „colaboración“...  Los hechos son que el fantasma amenazador del despido obliga a la resignada aceptación de las famosas „lentejas, que si las quieres las tomas, y si no, las dejas“. Tres cuartas partes de los empleos son a plazo limitado; mientras que prácticamente desaparece la barrera de protección contra el despido. „La utopía neoliberal se convierte así en una máquina infernal, a cuya coacción tampoco escapa la mayoría de los estamentos directivos. Una situación que tiene mucho de común con los peores tiempos del sistema marxista“ (Pierre Bourdieu).

La fe cuasireligiosa en la omnipotencia del libre comercio es común tanto a los que viven de él (financieros, altos jefes de empresa, etc.), como a los políticos y elevados funcionarios, que son los primeros en promover la absoluta libertad en la economía, la supresión de las reglamentaciones para todos los mercados  -el primero, claro está, el laboral-, la general privatización de todos los servicios públicos y la reducción del gasto público y de los gastos sociales.

Pero ¿qué dicen los economistas?  Los economistas, al margen de toda confrontación con los hechos reales, confían en sus postulados. Y desprecian como innecesarios los resultados de otras ciencias que no se ajustan a la rectilínea lógica de sus acariciados modelos. En realidad, no comprenden la profunda complejidad del acontecer real. En una reciente entrevista de prensa, el prestigioso Nobel de Economía James Tobin, hablando de su idea de un impuesto sobre todas las transacciones financieras, le asignaba sólo una función estabilizadora de los mercados financieros; las consecuencias, probablemente muy positivas desde el punto de vista social, e internacional en orden al desarrollo, no sólo no merecían su atención, sino que las consideraba ajenas a sus intenciones. Para él  -declaró-  lo único importante es estabilizar el mercado, porque „donde impera el mercado, aumenta el producto social bruto, y consiguientemente el bienestar“. Bien claro está que este insigne científico puro jamás ha „perdido“ tiempo en informarse de a quiénes llega, y a cuántos no, ese estadístico  bienestar.

Y por otra parte, aunque los economistas no tengan los mismos intereses que el núcleo duro de los „creyentes“, tienen los suyos propios, y muy específicos. Teorizantes y librescos, eternamente de espaldas a las realidades sociales, han dedicado toda su existencia a sostener el dogma  -otra cosa no es-  del mercado omnipotente y omnisciente. ¿Cómo reconocer ahora que se habían equivocado? ¿Cómo pasarse, al final, a la herejía? Una actitud explicable, por lo menos desde el punto de vista psicológico („explicable“ no es lo mismo quejustificable“).

Pero el mundo está ahí, a pesar de los economistas. Y de esa realidad mundial forman parte las consecuencias del funesto avance neoliberal hacia su utopía:  ·la miseria de un sector cada día mayor, aun en los países estadísticamente prósperos;  ·el abismo creciente entre los ingresos de unos y otros sectores;  ·la desaparición progresiva de las áreas autónomas de producción cultural (cine, editoriales) acorraladas por la comercialización;  ·el establecimiento en los altos niveles del Estado, la Economía, y las empresas mismas, de la lucha de todos contra todos. Y lo que es aún mucho más grave,  ·la destrucción de las instancias colectivas que podrían hacer frente a los letales efectos de la máquina infernal, en especial el progresivo desmontaje del Estado, custodio de los valores comunitarios públicos.

Esa marcha hacia la utopía neoliberal se desarrolla casi imperceptiblemente, como la deriva de las masas continentales; con lo que sus funestas consecuencias quedan desdibujadas entre las inciertas nieblas del futuro. A lo que ayuda, paradójicamente, la resistencia de algunas fuerzas conservantes (no „conservadoras“) que defienden el viejo orden tirando de las reservas que aún quedan de él. Esos restos de solidaridad preservan todavía a una parte de la sociedad del „sálvese el que pueda“ que arrolla a la gran mayoría, menos afortunada. Pero esa resistencia conservante es un capital social que no se regenera, sino que se agota. Al lado de esas fuerzas (sindicatos, uniones de toda índole  -lo importante es la unión-, partidos, etc.) el Estado debería seguir ocupando el lugar preeminente que le ha correspondido siempre. El Estado nacional  -y mejor aún el supranacional, si logra mantenerse inmune a la infección del virus imperante-  podría controlar el lucro en los mercados financieros; impedirles que sigan desmantelando el mercado laboral; articular y organizar los intereses públicos. Porque „la categoría interés público no brotará jamás en el suelo envenenado por la divisa:
EL DINERO LO ES TODO“ (una vez más, Pierre Bourdieu).

ALASEI - Bonn
Fuente: Programa del Congreso ATTAC, Berlin, 19 a 21 Octubre 2001

© 2001 Todos los derechos reservados por ALASEI-Bonn, G.Weller. Fax 0049 228-721 79 59 | E-mail: ALASEI.Weller@gmx.de