13.09

                                              Revolución social inaplazable

                                                                                                                             José Carlos García Fajardo*

"Estoy amargamente decepcionado pues no hemos sabido responder a la amenaza del terrorismo internacional y temo que hayamos contribuido a incrementar el nivel de violencia en el mundo". Así se expresaba el 18 de diciembre de 1972 ante la Asamblea General, George Bush, entonces Embajador de EEUU en la ONU.

Tres meses antes, el mundo entero se había conmocionado por los atentados terroristas en la ciudad olímpica de Munich. El Secretario General, Kurt Waldheim, había inscrito en el orden del día "medidas para prevenir el terrorismo" con un proyecto de Resolución. Intervino el Embajador de Arabia, Jamil Barody, para proponer "el estudio de las causas subyacentes a ciertas formas de terrorismo que se apoyan en la miseria, la frustración, las injusticias y la desesperanza que llevan a ciertas personas a sacrificar sus vidas y las de sus semejantes en un esfuerzo para provocar cambios radicales". Por supuesto, el Embajador Bush retiró un proyecto que, afrontado con valor hace treinta años, quizás hubiera contribuido a la necesaria revolución social en un mundo cuyas instituciones van por detrás de sus logros científicos y técnicos mientras ahondan la fractura entre sociedades más que entre civilizaciones.

En 1991, EEUU consiguió establecer su prepotencia económica sobre Oriente Medio instalándose militarmente en los feudos de las dinastías petromafiosas del Golfo Arábigo. Excepto Irán, controlaron las importantes reservas de petróleo indispensables para mantener su nivel de desarrollo.

Diez años más tarde, otro musulmán de Arabia Saudita, Osama Bin Laden, millonario y preparado intelectualmente, convoca a los musulmanes del mundo – no sólo a los árabes - a alzarse contra EEUU. Como veinte años antes, él mismo había ayudado a los talibanes, formados en Pakistán y financiados por EEUU, contra el Ejército Rojo que se había instalado en Kabul en 1979. En su día, la antigua presidenta de Pakistán, Benazir Bhuto, había advertido al viejo Bush: "ustedes han creado un monstruo que se rebelará como Frankestein".

A pesar de que el 13 de septiembre Bin Laden declarara que aunque él "no había ordenado el bombardeo (sic) de EEUU, lo sostenía porque era la reacción de los oprimidos contra el poder de los tiranos", por todos los bazares desde Yakarta hasta Marrakech se extendió como la pólvora el mito de un nuevo Mahdi, o Enviado, dirigiéndose al pueblo de los creyentes, a la Umma, que no sabe de fronteras. El 7 de octubre juró "por Dios, que América no conocerá la seguridad hasta que no la consiga Palestina" en su escenificada aparición televisiva. Sabía lo que decía y a quienes se dirigía con voz dulce y gestos medidos, con un estudiado aspecto, con la gruta y los compañeros que, en el imaginario de cualquier musulmán, rememoraban al Profeta y a los compañeros que le acompañaron desde Medina para reconquistar La Meca. No hubo palabra sin motivo: "la batalla de Jerusalén" que evocaba a Saladino vencedor de los Cruzados, "la tragedia de Al Andalus" cuando los cristianos expulsaron a los musulmanes de España, "la humillación y la desgracia" padecidas en Medio Oriente desde la caída del Imperio Otomano, en 1918, hasta la afrenta del Sionismo apoderándose de Palestina y amenazando con la locura ultraderechista del Gran Israel.

Una vez más, una proposición no tiene por qué ser cierta para que arrastre a las muchedumbres. La Historia es un mosaico de ejemplos: etnocentrismo, esclavitud, razas superiores e inferiores, religiones beligerantes embutidas de pretendidas misiones que ignoraban derechos fundamentales, postergación de la mujer, prepotentes derechos de conquista de tierras y de pueblos "para que los evangelizasen", a cruz y a espada. La historia de China, de India, de Africa, de América y del mundo reposa sobre no pocas mentiras repetidas hasta que terminan por creerse.

Pareciera que con la disolución de la URSS, en 1991, se iban a aprovechar los dividendos de la paz para hacer un mundo más justo y solidario. A la Guerra Fría sucedió el fundamentalismo del pensamiento único, el control de la globalización por poderes transnacionales que ahogaron la política, la sociedad y la esperanza. Como Margareth Thatcher había sentenciado "No hay sociedad, sólo individuos".

Cabía esperar que después de la Guerra del Golfo los Aliados habrían comprendido que pisaban el acelerador de un potente vehículo con la mirada puesta en el retrovisor. Ni derrocaron a Sadam ni, desde hace diez años, han dejado de bombardear continuamente al pueblo iraquí en un embargo decidido por EEUU y Gran Bretaña al margen de la ONU. Los mismos que ahora lideran la ofensiva en Afganistán en una guerra inútil e innecesaria si de verdad quieren castigar a los dirigentes terroristas del grupo liderado por Bin Laden.

Las catástrofes humanas en tierras africanas, latinoamericanas y del sudeste asiático no les hicieron comprender que el mundo se había hecho abarcable como para no cooperar y establecer un ordenamiento sociopolítico que respetase las señas de identidad y promoviese un auténtico desarrollo: endógeno, sostenible, equilibrado y global en el que los fanatismos y las concepciones imperialistas tenían que dar paso a una sociedad más justa y solidaria. No fue así. Ahora asistimos estupefactos e impotentes a una desoladora situación que ha vuelto del revés los parámetros establecidos.

No ha pasado más de un mes y el terror y el sufrimiento han logrado acercar a líderes que parecían irreconciliables. Parece increíble que el diálogo que hoy nos parece normal, lo tuvieran por imposible los dirigentes de la OTAN y del G8 hace unas semanas.

No se ha sabido ver así y el esperado nuevo paradigma, pasó a manos de los grandes intereses económicos sin alma, arraigo ni esperanza de futuro. Contra esta injusticia social y contra el malestar de una sociedad sin rumbo fue contra lo que se alzó la sociedad civil en algo más que "algaradas antiglobalización", como algunos trataron de descalificar. Ahora comienzan a asumir que no estaban tan locos quienes buscaban propuestas alternativas a la gestión de la globalización.

Bin Laden es tan anacrónico como el proyecto hegemónico de EEUU y de sus aliados. Durante años nos habían deslumbrado con la fuerza imparable de la Nueva Economía, el poder de la mano invisible para conducir las finanzas, la magia de la Bolsa y la necesidad de adaptarse a los reajustes estructurales del FMI. Poco antes de que se derrumbaran las Torres Gemelas se venía abajo su flamante economía anunciando con una recesión.

Se empeñan en olvidar que los inesperados y espantosos atentados de Nueva York y Washington fueron "avisos" de quienes hubieran podido meter en cada avión estrellado maletas con artefactos nucleares.

Lo mismo que ahora sucede con el carbunco, tratable con antibióticos comunes, y que ha provocado una oleada de sensacionalismo que distrae la atención del campo de batalla.

Alguien intenta ofuscar a la opinión pública para justificar la expansión de un Imperio amenazado en el flanco irracional de los fundamentalismos integristas aliados a la pobreza y a la miseria de los excluidos mientras éstos contemplan el crecimiento del Norte sociológico a costa de los recursos del Sur.

¿Dónde queda ahora la amenaza de los Estados basura que "justificaban" un Escudo antimisiles a mayor gloria de quienes ven en Wall Street cómo se disparan sus acciones? Soy incapaz de imaginar a un ser humano invirtiendo a futuros en la industria de la guerra y de la muerte.

No es posible sostener esta postura de espectadores impotentes. Es preciso actuar desde todos los frentes para que llegue la voz de los sin voz.

Es un imperativo ético para que nuestros hijos no se avergüencen de nosotros porque, pudiendo tanto, nos atrevimos a tan poco.

*José Carlos García Fajardo

Presidente de la ONG Solidarios y profesor universitario

Centro de Colaboraciones Solidarias

nesemu@lander.es