La vieja estafa en los bancos nuevos.

                                                                                                                                                     Juan José Balatti
                                                                                13-01-02

Las centrales del pensamiento único no responden al algo nuevo, tienen un origen, un desarrollo y un final.  Estamos asistiendo a la caída de la modernidad, su etapa final es una "postmodernidad" insoportable, a la que podríamos llamar la “chatarra” de la modernidad.

Cuando terminaba la edad media y comenzaba a nacer el nuevo sistema, los hombres se sentían inseguros pero esperanzados, temían  por no conocer lo que vendría, pero necesitaban superar la crisis en la que hallaban inmersos, intuían que algo nuevo estaba por nacer. ¿Nos sucede a nosotros algo semejante?

Desde 1989 pienso que la caída de la bipolaridad mostró el derrumbe de los dos sistemas y no de uno solo. Hoy estoy convencido que así fue. Quienes creyeron que habían triunfado, insistieron en su visión del mundo y en la bondad de sus medios. De esta manera, uno, reforzó el pensamiento único, porque el otro se había retirado. Los dos habían sido parte de la un mismo acuerdo, el de los tres “viejitos decrépitos” de Yalta. El otro  había decidido poner fin a la bipolaridad y crear una "multipolaridad" porque veía llegar su propia implosión, la necesidad de frenar la carrera nuclear de consecuencias funestas para la humanidad y no continuar atando la economía a la obtención de la supremacía militar.

Lo que subyacía en ambos, comienza a manifieste a toda orquesta hoy en el mundo: el paradigma oculto de la modernidad.

Con la modernidad comenzó una nueva etapa en donde el poder y el dinero serían los principales ordenadores de la vida de los hombres y de las sociedades. Con paso lento, firme y continuo, el nuevo poder, el nuevo “becerro de oro” fue  colocado en el altar de la humanidad para ser adorado como el nuevo dios al cual los hombres deberían rendir culto entregando hasta su vida. Se debía vivir y morir por el poder y por el dinero.

Hace algunos años en la sede central del Banco de la Nación tuve la vivencia de haber entrado a una catedral, como las europeas, a un lugar de culto, por su diseño, por el respeto de quienes trabajan y concurren y hasta por el silencio reinante pese a la gran cantidad de personas presentes. Al salir me encaminé a la Catedral. La otra, la tradicional, estaba vacía, sólo dos o tres rezando. ¿Había triunfado el nuevo dios? ¿Y si había triunfado, cuál era su triunfo?  

Esta catedral del dios dinero me hizo recordar como las centrales del pensamiento financiero la fueron construyendo a través del tiempo. Un ejemplo puede aclararlo todo, me decía un  viejo amigo con “saggesse”.

En Inglaterra, con su particular concepto de la ética, se comenzó a considerar la acumulación del dinero la señal de la elección divina. Son los teóricos ingleses los que promueven la auto-reproducción del dinero mediante intereses como “modelo” privilegiado para la acumulación de riquezas. Decía Benjamín Franklin, uno de los padres de la patria americana “la naturaleza del dinero es prolífera y generadora. El dinero es capaz de engendrar dinero, y su progenie engendrar más, y así sucesivamente” lo contrario de la que decía Santo Tomás “el dinero no pare dinero”.

La encarnación de esta ideología económica es el Banco de Inglaterra, el prototipo de todos los bancos centrales que hoy existen en 1694. Allí se realiza el salto de cualitativo, y el  mecanismo del préstamo usurario se convierte en el instrumento multiplicador del poder del dinero, del poder financiero.

El Banco Inglés nace como una operación de “Gran Usura”. Se atrae a los depositantes prometiéndoles los frutos de un mecanismo: “El banco saca beneficios del interés sobre toda moneda que crea de la nada” decía Ezra Pound .

En un artículo sobre el nacimiento del Banco de Inglaterra decía Accame: “Se trataba, en práctica, de prestar dinero al Estado(1), dando moneda  contante al Rey Guillermo de Orange(2) enzarzado en gastos militares, pero obteniendo a cambio, además de los intereses, la autorización para hacer circular billetes de banco propios(3) por el mismo importe del crédito depositado. De este modo el banco duplicaba el patrimonio, por una parte representado por las monedas de oro y plata prestadas a la corona inglesa cuya devolución esperaba siempre (¿…?); y por otra, por el papel moneda aceptado por los privados, que se sentían tranquilos con la garantía pública dada por el soberano. De las dos partes el banco cobraba intereses”. Esta estafa es el primer experimento con éxito que inaugura la deuda pública y hace de ella uno de los instrumentos de acumulación de capital. Nace la “bancocracia moderna” como la define Treviris, donde la clase de rentistas prolifera a costa de los contribuyentes. Pound identifica el emblema de esta casta en el banquero Bidddle(4) que entre 1816 y 1832 manipula el Banco Central de los Estados Unidos (afiliado al Banco de Inglaterra) para sacar beneficios privados, provocar crisis económica artificiales que empobrecen a los pobres, hacer que las guerras(5) duren más con el fin de financiarlas, comprar jueces y periodistas(6) 

Así es la liturgia en la catedral del dinero.

¿Podremos ir a las dos catedrales? ¿Si elegimos una de las dos, cuál será?

(1-2-3-4)      Cualquier semejante con el presente es expresión del genoma del sistema que nació con la modernidad.

(1)                        Organismos internacionales de crédito y sistema financiero.

(2)                        Proceso Militar de 1976.

(3)                        Derivados de cualquier clase y especie.

(4)                        Notorios banqueros de estos días.

(5)                        Irak, Afganistán,…

(6)                        Corte Suprema y casi todos…