Con o sin Saddam

Por Martín Lozada
Especial para "Río Negro"

Conforme el devenir de los acontecimientos en el conflictivo escenario iraquí, la captura de Saddam Hussein resulta ahora episódica y carente de peso específico. Apenas si logra contrarrestar el amargo sabor producido por los sistemáticos atentados contra los objetivos militares de la coalición y, de modo más general, la evidencia de que resulta imposible pacificar una sociedad a través de la ocupación ilegítima y una masiva presencia militar en el terreno.

Ninguno de los objetivos explícitamente aludidos y perseguidos por la coalición liderada por los Estados Unidos está siendo en realidad plasmado.

Así como que las razones que pretendían darle legitimidad jurídica y estratégica a su presencia en la región no pasan de ser argumentaciones formales que apenas disimulan lo que llevan detrás.

No obstante a que parte de la prensa de los Estados Unidos simula cohesión y consenso en torno de la presencia en Irak, lo cierto es que ni siquiera la captura de Saddam Hussein, cuyos efectos están aún por verse, ha impedido que el "síndrome somalí" se instale en las esferas diplomáticas, políticas y aun en aquellos ciudadanos con alguna memoria histórica reciente. En 1992, las Naciones Unidas inició en Somalia la intervención militar "Restore Hope" (Devolver la esperanza). A los Estados Unidos se le otorgó un rol militar exclusivo que sirvió para vilipendiar todo lo mucho que las organizaciones no gubernamentales habían allí trabajado para paliar la desnutrición.

La reciente película "La caída del halcón negro" expresa con contundencia de qué forma humillante las tropas de la principal potencia del planeta debieron abandonar las calles de Mogadiscio. A 10 años de la invasión, Somalia continúa sumida en la anarquía. No hay un gobierno central y el poder se lo disputan los líderes de los distintos clanes. Una cuarta parte de los niños fallece antes de cumplir los 6 años y 500.000 habitantes pueden morir próximamente a causa del hambre. El caso somalí presenta una gran actualidad en el presente.

La intervención de entonces tuvo un carácter histórico, puesto que se trató de la primera operación humanitaria llevada adelante a través del uso de la fuerza armada, con fundamento en el capítulo VII de la Carta de Naciones Unidas que legitima, en ciertas circunstancias puntuales, el uso de la fuerza militar. Sin embargo, en Somalía y en las posteriores operaciones de asistencia humanitaria acontecidas durante los años noventa, quedó claramente demostrado que media un sutil y dramático paso entre "asistencia humanitaria" e "injerencia y manipulación". Esas operaciones trajeron aparejada una serie de intervenciones muy precisas sobre aspectos nucleares del Estado y la sociedad del país afectado. Ya sea en lo que hace a su autogobierno, a la disponibilidad de sus recursos naturales o a la imposición de políticas de Estado o de matriz económica.

Ahora vuelve a manipularse el argumento humanitario. Tanto es así que días atrás el gobierno japonés informó que enviará tropas a Irak y que por primera vez desde la II Guerra Mundial participará directamente de un conflicto bélico. Sin embargo, desde Tokio se justificó la decisión señalando que el despliegue de tropas está tan sólo destinado a ofrecer "asistencia humanitaria".

Los hechos, en Medio Oriente, distan cada vez más de las palabras. La actual presencia de la coalición en Irak, ilegítima en su inicio e irrazonable en su continuación, consolida día a día la depreciación del sistema de derecho internacional y su reducción conceptual a extremos que rayan con su eliminación. En este contexto no puede dejarse de pensar en el objetivo que, según Goering, debía perseguir la invasión de Polonia por las tropas del III Reich: ni más ni menos que terminar con la legalidad impuesta por la Revolución Francesa.

Así, recordando al jurista Carl Schmitt, podría afirmarse que en las arenas de Bagdad pretende normalizarse un "estado de excepción permanente", en que el soberano es quien decide a su antojo, y a fuerza de oportunidad, sobre la excepción. Y que la excepción, lamentablemente, incluye la destrucción del sistema de derecho internacional, con consecuencias desestabilizadoras que habilitan la aplicación de la ley del más fuerte a cambio de argumentos carentes de peso legal y desprovistos, inclusive, de sentido común. La sombra del detenido Saddam Hussein nos recuerda que a la fecha es tan sólo un actor secundario del drama iraquí. Que el eje del poder se ha desplazado en estos últimos meses y que la coalición deberá sentarse a negociar, tarde o temprano, con nuevos interlocutores a la hora de pactar la paz y una retirada ordenada del territorio bajo precario control.

La captura de Hussein es, en todo caso, una nueva oportunidad para que la comunidad internacional retome la iniciativa, ahora sin siquiera el fantasma del tirano, y exija esfuerzos en torno de dos auténticas prioridades: una verdadera democratización y el retiro de las tropas de ocupación militar y su reemplazo general por un contingente de Naciones Unidas. De lo contrario, todo lo que se afirme acerca de la democracia y la prosperidad del pueblo iraquí seguirá siendo baladí, pura retórica de trinchera.