Ataque a Irak: primer acto de la guerra
preventiva en el Oriente Medio, después
será el turno de Irán, Siria y otros países

                                                                                                           Luiz Alberto Moniz Bandeira*

 

“Este será un gobierno republicano y militar. Entre los dos mi corazón se balancea sin saber cuál es el peor. Wall Street será el Estado Mayor. La reacción vendrá para el mundo de estas dos fuerzas conjugadas en el mayor poderío ya alcanzado por un pueblo y en el momento más incierto e inseguro para la vida de todos los pueblos. El capitalismo en el poder no conoce limitaciones, sobretodo las de orden internacional. El esfuerzo para volver al orden mundial es el espectáculo que vamos a presenciar. El nuevo orden, que se iniciaba por la liberación de los pueblos del régimen colonial, va a sufrir nuevos embates. Pero acabará por vencer, inclusive porque este pueblo, al que me parece, no está unido en el sentido de apoyar esta vuelta violenta a un pasado internacional, que llevará inevitablemente el país a la guerra con casi todos los demás pueblos”
Oswaldo Aranha (1952)1

De Hitler a Bush: Irak y el Nuevo Siglo Americano

En 1933, agentes de la Gestapo indujeron a Marinus van der Lubbe, enfermo mental y fichado comunista, a emprender el incendio del Reichstag (Parlamento alemán), de acuerdo a la idea de dos próceres del nazismo, Joseph Goebbels y Hermann Goering, hecho ese que permitió a Adolf Hitler obtener poderes extraordinarios e implantar la dictadura, legalmente, sin revocar una línea siquiera de la Constitución de Weimar2.

El 1939, poco antes de invadir Polonia, Adolf Hitler, hablando al Alto Comando de la Wehrmacht, dijo: “Daré una razón propagandística para comenzar la guerra, no importa si es plausible o no. Al vencedor no se le pregunta después si él dijo o no la verdad”3. En efecto, hombres de las SS, uniformados como soldados poloneses, atacaron una estación de radio en Gleiwitz, Alemania, frontera con Polonia. Ahí estaba la “razón propagandística”. El proyecto de Hitler y de los nazis era extender el dominio de Alemania del Atlántico a los Urales y de Narvik a Suez, transformar en realidad el refrán del himno nacional – Deutschland übre Alles – y construir el Gran Imperio Germánico – III Reich – para durar por lo menos un milenio.

Casi 70 años después, George W. Bush ganó la presidencia de los EE.UU., mediante un golpe judicial. El atentado terrorista contra el World Trade Center y el Pentágono (11/09/2001), que la CIA y el FBI, a pesar de tener informaciones nada hicieron por impedir, permitió que su gobierno se legitimase y él, seis días después (17/09/2001), firmó un documento de dos páginas y media, clasificado como Top Secret, en el cual delineó la campaña en Afganistán, como parte de la guerra global contra el terrorismo, y ordenó al Pentágono que iniciase la planificación de opciones militares para la invasión de Irak. En seguida, no sólo solicitó y obtuvo del Congreso poderes para hacer la guerra contra el terror, sino que comenzó con el bombardeo y la ocupación de Afganistán, así como trató de montar, gradualmente, un sistema represivo, violando derechos civiles en los EE.UU.

Después de esos hechos, George W. Bush ordenó al Pentágono la elaboración de planes de contingencia para el uso de armas nucleares contra siete países, no solamente Rusia y los que denominó como “eje del mal” – Irak, Irán y Corea del Norte – sino también China, Libia y Siria. En abril de 2002, proclamó entonces su propósito de derrocar a Saddam Hussein y cambiar el régimen político en Irak, con una aberrante falta de respeto al principio de no-intervención en los asuntos internos de otros países, acordado en el Tratado de Westphalia, de 1648.

Y, el 1º de junio, hablando a los cadetes de West Point, anunció el cambio de estrategia de seguridad nacional de los EE.UU., sustituyendo la doctrina de “containment and deterrence” por la de “preemptive attacks”, o sea, de ataques preventivos y, de ser necesario, unilaterales, contra grupos terroristas o países percibidos como amenaza, lo que viola el derecho internacional moderno, que apenas autoriza el uso de la fuerza en defensa propia, para combatir amenazas reales, no potenciales, pero no como acción preventiva y anticipada. “The war terror will not be won on the defensive” – declaró George W. Bush 4.

De hecho, dejó claro que su proyecto era ampliar y consolidar la hegemonía de los EE.UU., sobre todas las regiones, remodelando los países, conforme a sus intereses económicos y políticos, al declarar que pretendía extender la paz, evidentemente la pax americana, alentando “free and open societies on every continent”, y, para no dejar la menor duda, agregó: “The requirements of freedom apply fully to Africa and Latin America and the entire Islamic world”5.

No fue sin fundamento que, cuando el presidente George W. Bush intensificó los preparativos para atacar Irak, en setiembre de 2002, Herta Däuber-Gmelin, ministra de Justicia en el gobierno de Gerhard Schröeder, comparó sus métodos con los que usó Hitler, en los años 30, antes de explotar la II Guerra Mundial. Evidentemente, el contexto es otro, la retórica, diferente, pero la esencia es la misma. El atentado terrorista contra las torres gemelas del World Trade Center y el Pentágono ofreció a George W. Bush la “razón propagandística” para declarar la guerra permanente contra el terror, e imponer a todos los países, en todos los continentes, inclusive en el “Islamic World”, según resaltó para los cadetes de West Point, lo que llamó “free and open societies”, o sea, regímenes dóciles y favorables a los intereses económicos y políticos de los EE.UU.

Y a fin de proseguir en la consecución de tal objetivo, después de ocupar Afganistán, olvidó a Al Qaeda y a Osama Bin Laden, y se empecinó en la demonización de Saddam Hussein, acusándolo de poseer armas de destrucción masiva, sin presentar pruebas y evidencias consistentes, apenas como “razón propagandística” para comenzar la guerra contra Irak, que ya estaba en sus planes, desde que asumió el gobierno americano6.

También el gobierno de John F. Kennedy buscó una razón propagandística para invadir Cuba, en 1962, y una fuerza del Pentágono propuso, como pretexto, la explosión de un navío norteamericano en Guantánamo7, para atribuir la culpa al gobierno de Fidel Castro, que podría también ser acusado, con pruebas fraudulentas de interferencia electrónica, por cualquier falla en el lanzamiento de la nave espacial Mercury, así como por el derribo sobre la Habana de un avión civil de pasajeros, cuya explosión la CIA accionaría por radio8. Sólo no perpetró la invasión, unilateralmente, por temer que la URSS, como represalia, invadiese Berlín o Turquía. Pero la URSS se desintegró y no importa al presidente George W. Bush si la acusación para atacar Irak es plausible o no. También debe pensar que “al vencedor no se le pregunta después si él dijo o no la verdad”, verdad ésta que podría, además, ser fabricada después de la ocupación de Irak.

La guerra contra Irak constituye el primer acto en la implementación de la estrategia de seguridad nacional, según la doctrina de “preemptive attacks”, que el gobierno del presidente George W. Bush oficializó en un documento de 33 páginas – The National Security Strategy of the United States of America – divulgado en setiembre de 2002, como si representase una respuesta al atentado terrorista del 11 de setiembre de 2001. El atentado contra las Torres Gemelas del World Trade Center y el Pentágono, sin embargo, sirvió una vez más como “razón propagandística”, justificativa para el establecimiento de un estado de guerra permanente, atendiendo los intereses del complejo industrial-militar-petrolífero, al mismo tiempo en que, luego de repudiar el acuerdo de Kyoto y denunciar el tratado anti-balístico (ABM) con la URSS, Bush no sólo retiró la firma de los EE.UU. del tratado que creó la Corte Penal de La Haya, para juzgar crímenes de genocidio, crímenes contra la humanidad y otros crímenes de guerra, sino que trató de presionar a los otros países, con amenazas, con el objetivo de dispensar a los soldados americanos y no someterlos a su jurisdicción.

En realidad, la doctrina de “preemptive attacks” fue formulada, a inicios de los años ‘90, por un pequeño círculo de teóricos conservadores, entre los cuales se encontraba Paul Wolfowitz y I. Lewis “Scooter” Libby, que hace mucho tiempo presionaban en el sentido de que los EE.UU. ampliase la función de las armas nucleares, a fin de garantizar su superioridad militar y ejercer influencia económica, política y estratégica. En 1992, el entonces secretario de Defensa, Dick Cheney, emitió un documento elaborado, en gran medida, por Paul D. Wolfowitz, que era su sub-secretario, definiendo que la primera misión política y militar de los EE.UU., luego de la Guerra Fría, consistía en asegurar que ningún poder rival emergiese en Europa, Asia y en la extinta URSS9.

En aquella época, el presidente George Bush, padre de George W., no adhirió a esa idea. Bill Clinton fue electo presidente en 1993 y los lobbies (Munitions Industrial Base Task Force, The Heritage Foundation y otros) lo acusaron de continuar el desmantelamiento sistemático de la defensa nacional, que el presidente Ronald Reagan reconstituyera en los años 80’, y que la fuerza militar, por él propuesta, era muy pequeña para defender los intereses de los EE.UU. Y, el 3 de junio de 1997, un grupo compuesto por Jeb Bush, hermano de George W. Bush, Dick Cheney, Francis Fukuyama, el teórico del fin de la historia con la victoria del liberalismo, I. Lewis Libby, Paul Wolfowitz, Donald Rumsfeld y otros, la misma caterva que se encaramó en el poder en 2000/2001, emitió una declaración, lanzando el Project for the New American Century (Proyecto para el Nuevo Siglo Americano) con la propuesta de aumentar los gastos en defensa, fortalecer los vínculos democráticos y desafiar los “regímenes hostiles a los intereses y valores” americanos, promover la “libertad política” en todo el mundo, y aceptar para los EE.UU. el rol exclusivo de “preservar y extender un orden internacional amigable (friendly) para nuestra seguridad, nuestra prosperidad y nuestros principios”.

Si Hitler y los nazis pretendieron imponer Deutschland ubre alles, i.e., Alemania para todos, George W. Bush y los radicales de derecha que lo rodean quieren imponer America for all.

Esos radicales de derecha, que el presidente George W. Bush representa, están íntimamente vinculados a los intereses no sólo de la industria petrolífera, como muchos imaginan, sino también al complejo industrial-militar. George W. Bush está ligado a la empresa de energía CEO, así como Dick Cheney, su vice-presidente, que es accionista de la firma Halliburton (petróleo, defensa, construcción) y cuya esposa, Lynn Cheney, es vice-presidente y directora de la firma Lockheed Martín; el secretario de Estado, general Colin Powel, es accionista de la General Dynamics; Donald H. Rumsfeld, secretario de Defensa, es director de Gilead Sciences (biotecnología); Paul Wolfowitz, secretario adjunto de Defensa, es co-presidente de la task force de Nunn-Wolfowitz, Hughes Electronics; Dov Zakheim, sub-secretario de Defensa, es vice-presidente de Systems Planning Corporation (firma de consultoría en el área de defensa); el U.S. Trade Representative, Robert Zoellick, que negocia el ALCA, es integrante del Consejo Consultivo de la Enron, empresa de energía que fraguó los balances y no pagó los impuestos federales entre 1996 y 1999; y Condoleezza Rice, asesora de Seguridad, pertenece a la dirección de la Chevron; Otto J. Reich, que pasó de secretario de Estado-Asistente a enviado especial para América Latina, fue lobbista de la Lockheed Martín y promovía la venta de los aviones de combate F-16. Y no sólo esos, sino casi todos, sino todos los otros miembros del gobierno de George W. Bush representan los intereses de esas corporaciones, que integran el complejo industrial-militar-petrolífero, cuyos lucros aumentan con el clima de guerra, gastos en defensa y conquista de áreas de petróleo, en el Mar Caspio (Afganistán) y en el Golfo Pérsico (Irak), beneficiando a sus accionistas.

Esas industrias bélicas necesitan experimentar los nuevos armamentos y tecnologías en una guerra real y gastar los stocks que poseen y recibir nuevas encomiendas del gobierno americano. Por otra parte, la derrota de Saddam Hussein permitiría que los EE.UU. ocupen Irak, controlen las reservas de petróleo y consoliden su predominancia en la región.

Después será el turno de Siria, de Irán, de Egipto, de Libia y de otros países, de modo de aplicar plenamente lo que los ideólogos neo-conservadores de los institutos de estudios de Washington , jefes civiles del Pentágono, articuladores de Wall Street Journal y los accionistas de las empresas petrolíferas y de material bélico entienden como “requirements of freedom” (requisitos de libertad), no sólo para Africa y América Latina, sino para el “entire Islamic world” (el mundo islámico entero) estableciendo “un orden internacional amigable (friendly) para nuestra seguridad, nuestra prosperidad y nuestros principios”, o sea, para la seguridad, prosperidad y principios de los EE.UU.10.

Inspirado por Dick Cheney, Donald Rumsfeld, Paul Wolfwitz y otros participantes del proyecto The New American Century, el presidente George W. Bush pretende redefinir el cuadro estratégico de Oriente Medio, lo que implica el control de las reservas de petróleo, evitando que la OPEP, en las transacciones internacionales, abandone el padrón dólar y adopte el padrón euro, cambio ya efectuado por Saddam Hussein, en noviembre de 2000, cuando el euro valía cerca de 80 centavos de dólar, no sufriendo, por lo tanto, perjuicios con la devaluación de la moneda americana, del orden de 15% frente a la moneda común de la Unión Europea, en el año 2002.

Irak se convertiría entonces en un laboratorio, o mejor dicho, en cobaya, con la implantación de un simulacro de democracia, fácil de manipulación a través del proceso electoral, a ejemplo de lo que sucedió en Yugoslavia y en otros países, inclusive en América del Sur (Perú). El presidente George W. Bush imagina que ese país, democratizado y abierto al capitalismo americano, se tornará estable y próspero, con repercusión sobre todo en el mundo islámico. En efecto, después de Irak, será el turno de Siria y, en seguida, de Irán, de Libia, de Egipto, en los cuales los EE.UU. se disponen a intervenir, con el pretexto de combatir el terrorismo, a fin de consolidar su predominancia en el mundo islámico entero y dar mayor seguridad a Israel.

Ese objetivo lo puso de manifiesto Paul Wolfowitz, uno de los teóricos del proyecto The New American Century, inmediatamente después del atentado del 11 de setiembre de 2001, al defender la tesis de que no bastaba con capturar y apresar a los talibanes, sino que era necesario remover los sistemas de apoyo, “ending states who sponsor terrorism”, señalando a Irak como el primer blanco de la campaña, con el argumento de que la campaña sería más fácil que en Afganistán11. Ilusión. El ex presidente Bill Clinton, en Madrid, comentó que hay tipos como Paul Wolfowitz que creen que después de la guerra contra Irak todo se resolverá en Oriente Medio. Y, calificando esa idea como naif, destacó que, en los últimos 50 años, todas las guerras que los EE.UU. promovieron o de las que participaron, fueron fracasos a corto, mediano y largo plazo12. En efecto, los EE.UU. no ganaron la guerra de Corea. Perdieron la guerra contra Cuba, sí, porque la invasión de la Bahía de Cochinos, en 1961, fue planeada y comandada por los americanos, que entrenaron a los exiliados cubanos y les suministraron las armas y todos los equipamientos para su realización. El bloqueo de Cuba no consiguió derrocar a Fidel Castro, que hace 44 años se mantiene en el poder. Y de Vietnam los americanos tuvieron que huir, derrotados, a pesar de toda su tecnología. Ni en la guerra del Golfo, en 1991/92, vencieron los EE.UU. Apenas expulsaron a las fuerzas de Irak que habían invadido Kuwait.

La ironía es que los medios del poderío militar de los EE.UU. crecieron, enormemente, pero por eso mismo se volvieron casi inútiles. Salvo en países insignificantes, como Granada, las fuerzas armadas americanas pueden apenas destruir, pero no alcanzan sus objetivos. Es lo que está sucediendo en Afganistán. La lucha continúa y, más tarde o más temprano, recrudecerá y los costos de la ocupación, en vidas y recursos financieros, aumentarán cada vez más. La guerra contra Irak puede tener resultados catastróficos, aunque los EE.UU. aniquilen el régimen de Saddan Hussein.

El diplomático francés Charles-Maurice de Talleyrand-Perigord (1754-1838), príncipe de Bénévent, que sirvió tanto a Luis XVI como a Napoleón Bonaparte y a Luis XVIII, dijo que “on peut tout faire avec les bayonnettes excepté s’y asseoir”. Los EE.UU. ya no usan bayonetas, porque pueden hacer todo con los misiles nucleares. Solo no pueden sentarse sobre ellos y convertirlos en el fundamento de un Estado moderno. Según advirtió el presidente de Egipto, Hosni Mubarak, la guerra contra Irak probablemente derivará en una situación de “desorden y caos” en los países árabes, desestabilizándolos, pues ningún gobernante estará en condiciones de reprimir el resentimiento popular.

No se puede descartar la hipótesis de una erupción revolucionaria contra el gobierno del general Pervez Musharraf, en Paquistán, y que su arsenal atómico quede bajo el control de los extremistas islámicos. Mientras tanto, convencidos de su poderío económico y militar, los gobernantes americanos casi siempre demostraron una enorme incapacidad de prever las consecuencias de sus políticas, a largo plazo, pues sólo percibieron sus intereses inmediatos. Como Henry Kissinger reconoció, fue la administración del presidente Ronald Reagan (1981-1989) que restauró las relaciones económicas y diplomáticas con Irak y alentó a los aliados de los EE.UU., en Europa, a suministrar equipamientos militares a Saddan Hussein, por considerar que Irán era la mayor amenaza a sus intereses13. Fue el propio Donald H. Rumsfeld, secretario de Defensa de George W. Bush, que durante el conflicto Irán-Irak (1980-88) fue a Bagdad (diciembre de 1983), donde promovió el entendimiento con Saddan Hussein, y el gobierno norteamericano, inclusive después que George H.W. Bush, padre, asumió la presidencia (1989-1993), autorizó la venta a Irak de numerosos productos con aplicación civil y militar, inclusive productos químicos venenosos y virus biológicos mortales, tales como el ántrax y la peste bubónica14. Veinte años después, en 2003, él es uno de los que más presionan, dentro de la administración de George W. Bush, a favor de la guerra contra Irak. Si Irak aún tiene las armas de destrucción masiva, armas bacteriológicas, son para las cuales los EE.UU. proveyeron los materiales.

La belicosidad, arrogancia, prepotencia, la coacción que el gobierno americano ejerce sobre los demás Estados, para que lo apoyen en la aventura, así como sobre el Consejo de Seguridad de la ONU, tratando de desmoralizarlo, como irrelevante, y amenazando actuar unilateralmente, en caso de que no se someta a su voluntad, produjeron, entretanto, efectos contrarios a sus objetivos. Una investigación llevada a cabo por el Instituto Gallup Internacional, entre julio y agosto de 2002, en 36 países de los cinco continentes, demostró el efecto negativo de la política exterior de los EE.UU.15. También un estudio realizado entre junio y setiembre de 2002 por el Pew Research Center for the People & the Press, sobre la ex secretaria de Estado, Madeleine Albright y en el que más de 38 mil personas fueron entrevistadas, en 44 países, reveló que el descontento con los EE.UU. creció y su imagen se deterioró en todos los continentes – entre sus aliados de la OTAN, en América Latina y en los países en desarrollo, así como en el Este Europeo y, de forma dramática, en los países musulmanes16. Y en enero de 2003, una investigación de la revista americana Time, entre sus lectores, reveló, que 67.4% consideraban a los EE.UU. como la mayor amenaza a la paz mundial, mientras que apenas el 21.0% le imputaban a Irak y el 11% a Corea del Norte. También el 71,9% de los lectores entendían que la guerra contra Irak apuntaba al control de las reservas de petróleo y, solamente el 6,4% aceptaba la versión de que el objetivo consistía en el desarme de Saddan Hussein17.

De esta manera se confirma la previsión de Henry Kissinger, según la cual no importa como los propios norteamericanos perciban sus objetivos, “una explícita insistencia en la predominancia unirá gradualmente el mundo contra los EE.UU. y los forzará a imposiciones que eventualmente los dejarán aislados y agotados”18.

Es lo que el presidente George W. Bush va a conseguir, convirtiendo a los EE.UU. en una superpotencia irresponsable, fuera de la ley, y enemistado con todo el resto del mundo, lo que la intensa propaganda comunista, centrada en el “imperialismo yanqui”, no logró, a lo largo de más de 40 años de Guerra Fría. Que el presidente George W. Bush, con su doctrina de guerra preventiva y recursos a las armas nucleares, no convierta a Hitler en santo y haga que los hechos del nazismo aparezcan como una obra humanitaria.

Traducido para LA ONDA DIGITAL por Cristina Iriarte

* Luiz Alberto Moniz Bandeira es doctor en ciencia política, profesor titular (catedrático) de historia de la política exterior de Brasil, en la Universidad de Brasilia, ahora jubilado, y autor de varias obras sobre las relaciones de los EE.UU. con Brasil y América Latina, entre las cuales Conflitos e integração na América do Sul: Brasil, Estados Unidos e Argentina (Da Tríplice Aliança ao Mercosul), De Marti a Fidel: a revolução cubana e a América Latina e Relações Brasil-EUA no contexto da globalização, 2 vols, conteniendo sus obras Presença dos Estados Unidos no Brasil e Rivalidade Emergente. Vive en Alemania.

1)Carta de Oswaldo Aranha a Getúlio Vargas, Washington, 02/12/52. Escrita há 50 anos passados, quando Oswaldo Aranha era embaixador do Brasil em Washington, sua frase tornou-se, na atualidade, mais do que nunca real.

2)Schirer, William L.. The rise and fall of the Third Reich. New York: Fawcett Crest, 1992, pp. 267-273.

3)Fest, Joachim C.. Hitler. London,: Pinguin Books, 1973, pp. 593-595. Fest, Joachim C.. The face of the Third Reich. London: Pinguin Books, 1979, p. 82.

4) Allen, Mike &DeYoung, Karen. Bush: U.S. Will Strike First at Enemies”, in The Washington Post, 02/06/2002.

5) Ibid.

6) Woodward, Bob. Bush at War New York: Simon & Shuster, 2002, p. 83.

7)Seria uma reprodução do afundamento do Maine, que possibilitou aos EUA declarar guerra à Espanha, em 1898, e intervir em Cuba.

8) “Sinto ter de dizer. Mas éramos uma democracia e penso que, quando Presidentes se iludem, pensando que podem arriscar vidas e conduzir tais operações arrogantes sem nada dizer ao povo americano, escondendo os fatos da população, é um comportamento disparatado” - declarou o ex-secretário de Estado, o general(reformado) Alexander Haig, que participara da Operation Mongoose contra Cuba e fora Secretário de Estado na Administração Reagan, ao revelar esses planos para a invasão de Cuba, durante uma reportagem apresentada no programa de televisão Nightline, da rede ABC nos EUA, por Aaron Brown, no dia 29. 1. 1998, sob o título “How to Star a War: The Bizarre Tale of Operation Mongoose”, O National Security Archives, da George Washington University, solicitou então a desclassificação do documento sobre a Operação Mongoose, com base no Freedom of Information Act (FOIA) e ele foi desclassificado em 2001, naturalmente antes do 11 de setembro. Department of Defense, [Operation Mongoose, Pretexts for Overt Invasion], c. March 1962, Top Secret, 7 pp. <http://www.gwu.edu/~nsarchiv/news/20010430/doc1.pdf>

9)Miller, Judith Keeping. “ U.S. No. 1: Is It Wise? Is It New?”. The New York Times, 26/10/2002

10) Eis a íntegra do texto de lançamento do The Project for the New American Century: “The Project for the New American Century is a non-profit educational organization dedicated to a few fundamental propositions: that American leadership is good both for America and for the world; that such leadership requires military strength, diplomatic energy and commitment to moral principle; and that too few political leaders today are making the case for global leadership.

The Project for the New American Century intends, through issue briefs, research papers, advocacy journalism, conferences, and seminars, to explain what American world leadership entails. It will also strive to rally support for a vigorous and principled policy of American international involvement and to stimulate useful public debate on foreign and defense policy and America's role in the world”. William Kristol, Chairman

State of Principles, June 3, 1997

American foreign and defense policy is adrift. Conservatives have criticized the incoherent policies of the Clinton Administration. They have also resisted isolationist impulses from within their own ranks. But conservatives have not confidently advanced a strategic vision of America's role in the world. They have not set forth guiding principles for American foreign policy. They have allowed differences over tactics to obscure potential agreement on strategic objectives. And they have not fought for a defense budget that would maintain American security and advance American interests in the new century.

We aim to change this. We aim to make the case and rally support for American global leadership.

As the 20th century draws to a close, the United States stands as the world's preeminent power. Having led the West to victory in the Cold War, America faces an opportunity and a challenge: Does the United States have the vision to build upon the achievements of past decades? Does the United States have the resolve to shape a new century favorable to American principles and interests?

We are in danger of squandering the opportunity and failing the challenge. We are living off the capital -- both the military investments and the foreign policy achievements -- built up by past administrations. Cuts in foreign affairs and defense spending, inattention to the tools of statecraft, and inconstant leadership are making it increasingly difficult to sustain American influence around the world. And the promise of short-term commercial benefits threatens to override strategic considerations. As a consequence, we are jeopardizing the nation's ability to meet present threats and to deal with potentially greater challenges that lie ahead.
We seem to have forgotten the essential elements of the Reagan Administration's success: a military that is strong and ready to meet both present and future challenges; a foreign policy that boldly and purposefully promotes American principles abroad; and national leadership that accepts the United States' global responsibilities.

Of course, the United States must be prudent in how it exercises its power. But we cannot safely avoid the responsibilities of global leadership or the costs that are associated with its exercise. America has a vital role in maintaining peace and security in Europe, Asia, and the Middle East. If we shirk our responsibilities, we invite challenges to our fundamental interests. The history of the 20th century should have taught us that it is important to shape circumstances before crises emerge, and to meet threats before they become dire. The history of this century should have taught us to embrace the cause of American leadership.

Our aim is to remind Americans of these lessons and to draw their consequences for today. Here are four consequences:

• we need to increase defense spending significantly if we are to carry out our global
responsibilities today and modernize our armed forces for the future;

• we need to strengthen our ties to democratic allies and to challenge regimes hostile to our interests and values;

• we need to promote the cause of political and economic freedom abroad;

• we need to accept responsibility for America's unique role in preserving and extending an international order friendly to our security, our prosperity, and our principles.

Such a Reaganite policy of military strength and moral clarity may not be fashionable today. But it is necessary if the United States is to build on the successes of this past century and to ensure our security and our greatness in the next.

Elliott Abrams, Gary Bauer, William J. Bennett, Jeb Bush, Dick Cheney, Eliot A. Cohen, Midge Decter, Paula Dobriansky, Steve Forbes, Aaron Friedberg, Francis Fukuyama, Frank Gaffney, Fred C. Ikle, Donald Kagan, Zalmay Khalilzad, I. Lewis Libby, Norman Podhoretz, Dan Quayle, Peter W. Rodman, Stephen P. Rosen, Henry S. Rowen, Donald Rumsfeld, Vin Weber, George Weigel, Paul Wolfowitz

11)Woodward, Bob. Bush at War New York: Simon & Shuster, 2002, p. 60.

12)El País , Madrid, 28-01-2003.

13)Kissinger, Henry. Does América need a Foreign Policy?. New York: Simon & Shuster, 2001, p. 304.

14) Dobbs, Michael.U.S. Had Key Role in Iraq Buildup - Trade in Chemical Arms Allowed Despite Their Use on Iranians, Kurds”, The Washington Post December 30, 2002; Page A01.

15) “Rechazo a la política exterior de EE.UU”. La Nacion, Buenos Aires, 15/09/2002.

Sotero, Paulo. “Imagem dos EUA se deteriora, mostra pesquisa - Opinião no exterior sobre americanos é mais negativa do que há dois anos”. O Estado de São Paulo, 05/12/ 2002. Brian Knowlton Fuerte deterioro de la imagen de los EE.UU. en el mundo (International Herald Tribune) in La Nacion, Buenos Aires, 05/12/2002. “Estados unidos contra los Estados Unidos” La Nación, Buenos Aires, 08/12/2002

16) Time 09/01/.2003.

17) Kissinger, Henry. Does América need a Foreign Policy?. New York: Simon & Shuster, 2001, p. 468.

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