El Presidente de EEUU, ante el Rubicón. Por Alain Touraine. Sociólogo francés

 

Washington no debería atacar a Irak, porque puede ganar esa batalla, pero perder la guerra del creciente antiamericanismo mundial

 

                                                                                                TRADUCCIóN DE XAVIER NERíN

Escribo desde Nueva York, al volver de la gran manifestación que se ha concentrado en los alrededores de la sede de la ONU. Esta manifestación ha comportado la aparición en televisión de algunos adversarios de la guerra y, en primer lugar, de artistas como Susan Sarandon. ¡Qué cambio en pocos días! Los dirigentes norteamericanos empiezan a reconocer el precio que ya han tenido que pagar por su política: la ruptura de la OTAN y las manifestaciones de hostilidad.
Lo notable es que cada día se amplía más la brecha que separa el discurso oficial --siempre tan duro, tan despreciativo con respecto a la ONU y que prepara y anuncia una guerra muy próxima, evidente y sin peligro-- y de una opinión pública que sigue siendo patriota y sigue estando agrupada en torno a su presidente, sin duda alguna, pero que, en su gran mayoría, piensa que hay que postergar la decisión de hacer la guerra, pues las informaciones facilitadas por los expertos y difundidas por el secretario de Estado no son suficientemente convincentes. La idea de que esta guerra sería un paseo militar, como la Tormenta del desierto, ya no convence, mientras que aumenta el miedo a las represalias que pueda tomar Bin Laden.

A FALTA de un verdadero debate en el Parlamento y en la prensa, resulta difícil definir el estado de la opinión, pero se puede apreciar la rapidez con que la duda se instala en los espíritus.
¿Cómo definir el estado de la opinión? La idea de que se trata de una guerra por el petróleo es la que suele escucharse en todas partes, pero es raro que sea considerada explicación suficiente. Para comprender a la opinión pública hay que remontarse al 11-S y reconocer el traumatismo sufrido por un país que nunca había sido atacado directamente en su territorio y que, bruscamente, se ha sentido vulnerable como si ya no estuviera protegido por una coraza. La imagen tranquilizadora de un mundo globalizado, organizado y dirigido por las grandes redes financieras de las empresas transnacionales y el poder hegemónico de EEUU se ha disuelto en pocos meses. Ya no se habla de economía, sino de guerra; ya nadie se refiere a un mundo material integrado, sino a unos enemigos invisibles, minúsculos pero capaces de sembrar el terror sacrificando su propia vida simultáneamente a la de sus víctimas.
El presidente ha seguido la misma evolución, pero en sentido contrario. Su campaña no había sido particularmente agresiva; pero de pronto su tono ha cambiado; ha apelado al Dios que protege a EEUU, a la necesidad de la guerra y a la urgencia de impedir que Irak ataque a Norteamérica. El discurso que pronunció en el Consejo de Seguridad el secretario de Estado, Colin Powell, considerado una paloma, se aproximaba más al de los halcones. Todo sucede como si el Gobierno estuviera ya irrevocablemente comprometido en un proyecto de guerra, mientras que la opinión pública se aleja de él porque teme cada vez más las consecuencias concretas.
La gente más informada se inquieta por la ruptura con Europa, aunque ésta no tenga ejército y no pueda proponer una mediación. La condena unánime, tanto en EEUU como en Europa, de Sadam Husein no impide que la opinión se inquiete por su seguridad y tema que una victoria militar, aunque fácil, tenga que pagarse con ataques terroristas tan temibles como los que destruyeron las torres del World Trade Center.

MÁS QUE nada, este cambio de clima, podríamos decir de siglo, es lo que impresiona a la Norteamérica de Bush, guerrera y religiosa, que da la espalda a la de Clinton, embriagada por su potencia económica y, al tiempo, atenta a las alianzas, confiada en su hegemonía pero todavía liberal en el sentido europeo más que norteamericano del término. Se hace difícil prever cómo podría salir EEUU de una política que apela a las creencias más que a los intereses, a la guerra más que a la dominación económica, sintiéndose, a la vez, demasiado poderoso para no aplastar a sus adversarios y demasiado vulnerable para no temer terribles represalias. El Gobierno de EEUU combate directamente el creciente antiamericanismo que se percibe en el mundo, pero ya no se siente apoyado por una opinión pública cada vez más inquieta. La unanimidad estupefaciente del establishment empieza a descomponerse con el aumento de la resistencia a la guerra.
El presidente Bush puede, hoy o mañana, salir de esta crisis que lo debilita llevando a su país a la guerra. Pero una parte en rápido aumento de la opinión pública piensa que esta guerra, de victoria en victoria, conducirá al debilitamiento brutal de la posición de EEUU en el mundo e infligirá graves heridas a los propios norteamericanos. Que Dios aconseje a Bush, quien tan a menudo apela a Él, que no pase el Rubicón.


Fuente: EL PERIóDICO
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