Propuestas para hacer posible la paz, por Vicenç Fisas (director de la Escuela de Cultura de Paz de la UAB)

Hace algo más de una década, la guerra del Golfo nos obligó a pensar no sólo en los trasfondos del conflicto y las inercias e intereses políticos o económicos vinculados al mismo, sino también en la necesidad de hacer planteamientos regionales o globales que a medio plazo garantizaran una solución duradera al propio conflicto y a cuantas cosas iban asociadas a él. Lamentablemente, no aprendimos de las muchas lecciones que nos brindó aquella guerra, por lo que ahora vuelven a repetirse y a estar presentes algunos de los factores que no solucionamos entonces. La cuestión es que no tenemos un único y exclusivo problema (Sadam Husein), sino varios a la vez, de diferente naturaleza pero interconectados en gran medida, de manera que quizás habrá que actuar sobre el conjunto de las cuestiones para lograr objetivos parciales. Resumo a continuación algunas propuestas de actuación que entiendo deberían ponerse en marcha de manera simultánea:

Concertar un acuerdo regional para convertir a Oriente Próximo en una Zona Libre de Armas de Destrucción Masiva. En el pasado, el régimen de Sadam Husein utilizó armas químicas contra el pueblo kurdo, con la irresponsable complicidad de muchos países occidentales. Israel dispone desde hace años de varias armas nucleares e Irán tiene un programa nuclear que preocupa a otros países. No es concebible, por ello, que se presione exclusivamente para el desarme de unos y se permita que otros accedan o mantengan armas de destrucción masiva. El planteamiento que debería hacerse ha de ser regional, mediante un paquete por el que Israel renuncia a sus armas nucleares, todos firman el Tratado de No Proliferación Nuclear, la Convención sobre Armas Biológicas y Toxínicas, y la Convención sobre Armas Químicas, todos permiten las inspecciones de la AIEA y de otros funcionarios de Naciones Unidas, y todos acceden a declarar Oriente Próximo como una Zona Libre de Armas de D! estrucción Masiva, que incluye al material nuclear, químico y bacteriológico. Podría pensarse, incluso, en formar una comisión de control y verificación sobre determinados arsenales que posteriormente serían destruidos, similar a la que se estableció para el desarme del IRA.

Compromiso de las potencias nucleares para reducir significativamente sus arsenales. Según el artículo 26 de la Carta de las Naciones Unidas, los países que forman el Consejo de Seguridad tienen la responsabilidad de elaborar los planes para el establecimiento de un sistema de regulación de armamentos, con la mínima desviación de recursos económicos y humanos hacia el armamento. Por tanto, no es razonable ni coherente con este artículo de la Carta que los miembros permanentes del Consejo de Seguridad sean también las potencias nucleares, los que tienen gastos militares más elevados, y que después de tantos años no hayan sido capaces de dar ejemplo y reducir a la mínima expresión sus arsenales, sin sobrepasar lo que se denomina la "disuasión mínima". Estados Unidos y Rusia deberían proponerse eliminar a corto plazo el 90% de las casi 16.000 cabezas nucleares que poseen, yendo más allá de la declaración conjunta firmada en Helsinki en marzo de 1997, y el resto de países del Co! nsejo de Seguridad con capacidad nuclear (Reino Unido, China y Francia) podrían comprometerse a reducir en un 70% su capacidad actual (más de 900 cabezas). India y Pakistán, finalmente, acordarían eliminar totalmente su arsenal, para no autodestruirse y para no desviar recursos que necesitan imperiosamente para su desarrollo. Estos compromisos permitirían cambiar con la cínica situación actual, por la que Estados Unidos, Francia y Reino Unido votan negativamente la mayoría de las propuestas de desarme nuclear que se plantean a votación en la Asamblea General, dando un pésimo ejemplo hacia el resto de países. Curiosamente, Estados Unidos votó negativamente en 8 de las 9 resoluciones sobre desarme nuclear sometidas a votación, mientras que Corea del Norte e Irán (países del "eje del mal") no lo hicieron sobre ninguna de ellas.

Reenfocar el conflicto entre Israel y Palestina. Aunque pueda tratarse de un conflicto completamente independiente del de Irak, es evidente que la no resolución de uno afecta muy directamente al otro, por las cargas simbólicas que arrastran los dos. Una actuación todavía más intensa de la diplomacia del Cuarteto Diplomático (Naciones Unidas, EE UU, Rusia y la Unión Europea) sobre los actores del conflicto, y la retirada de cualquier tipo de apoyo económico sobre ellos hasta que no acuerden un cese de hostilidades, ayudaría a que el enquistamiento del conflicto entre Israel y la A. N. palestina no sirva más de argumento legitimador para enfrentamientos que se producen en otros contextos.

Someter los delitos de terrorismo vinculados con el 11 de septiembre a la jurisdicción de un Tribunal Internacional. El enfoque militarista dado a la lucha contra el terrorismo, lejos de reducir los riesgos de su propagación, pone las semillas para que se multipliquen este tipo de actos en el futuro, desde el momento que la venganza y el recorte de libertades sustituyen a la justicia como instrumento de lucha contra este fenómeno. Por el carácter transnacional del terrorismo asociado al 11-S, sería mucho más efectivo y legítimo que su persecución estuviera en manos de un tribunal internacional creado para tal efecto, lo que facilitaría una mejor colaboración de muchos países.

Revitalizar unas Naciones Unidas sin políticas de doble rasero. No es admisible que algunas resoluciones del Consejo de Seguridad sean tan decisivas para legitimar ataques militares, y otras muchas puedan ser violadas sistemáticamente sin que ocurra nada. Desde 1968, Israel ha incumplido 32 resoluciones sobre el status de Jerusalén, la situación en Líbano, el control nuclear de la AIEA, las deportaciones o la situación en los territorios ocupados; Turquía ha desoído al menos 24 resoluciones sobre la situación en Chipre; Marruecos, 16 resoluciones sobre el Sáhara, y, en menor medida, Croacia, Indonesia, Sudán, Rusia, India y Pakistán alguna vez han hecho oídos sordos al texto de alguna resolución. Las políticas de doble rasero han restado mucha legitimidad a Naciones Unidas, que debería tener establecido un mecanismo más serio y eficaz para que todas las resoluciones tuvieran la misma validez.

Promover una nueva cultura sobre el petróleo. Urge terminar con la adicción de muchas sociedades sobre este producto y romper con la maldición que pesa sobre varios países productores, ya que las pugnas por acceder al control de este recurso energético supone conflictos, trastornos ecológicos y pobreza para muchos de sus habitantes. Al igual que reclamamos una nueva cultura sobre el agua, deberíamos hacer otro tanto para reducir nuestra dependencia del petróleo. En este sentido, quizás convendría establecer un código de conducta internacional para que mientras no entremos en la era del hidrógeno, el petróleo sea un bien manejado de tal forma que pueda ayudar al desarrollo y la prosperidad del conjunto del planeta, y no sólo de las industrias petroleras.

Compromiso global con los objetivos de la Declaración del Milenio. En septiembre del año 2000, 189 Estados adoptaron la Declaración del Milenio, que resume los grandes retos mundiales para conseguir un desarrollo de toda la humanidad. Si hay que hacer una guerra, que sea para conseguir cada uno de los ocho objetivos de la Declaración, es decir, guerra para erradicar la pobreza extrema y el hambre; guerra para lograr la enseñanza primaria universal; guerra para promover la igualdad entre sexos y la autonomía de las mujeres, guerra para reducir la mortalidad infantil; guerra para mejorar la salud materna; guerra para combatir el sida, el paludismo y otras enfermedades; guerra para garantizar la sostenibilidad del medio ambiente, y guerra para fomentar una asociación mundial para el desarrollo. Para esas otras guerras sí hay que destinar recursos humanos, económicos y tecnológicos, pero no para las políticas y dinámicas destructivas, que nos empobrecen y nos dividen. En este se! ntido, no es muy tranquilizante ni razonable en cuanto a prioridades que el gasto militar anual de Estados Unidos supere ya a todo el gasto público mundial en enseñanza universitaria y sea cuarenta veces superior a lo que este país destina a Ayuda Oficial para el Desarrollo.

Si nada de ello se hiciere porque algunos estados poderosos han optado por la guerra, el doble rasero, el mal ejemplo, la unilateralidad, la adicción, el derecho de conquista y el desprecio sobre las necesidades básicas del planeta, la única propuesta adicional que cabría plantear en el momento actual es la de un boicot directo y universal sobre los productos que provienen de aquellos estados. Si desde el ámbito político no hay capacidad para activar diplomacias de paz, la ciudadanía ha de utilizar el disuasivo instrumento del boicot comercial hacia quienes han hecho de la defensa a ultranza de sus intereses económicos la norma de conducta universal, para su propio provecho y para desgracia de los demás.


Fuente: EL PAÍS
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